Revista

L
a Revista de la Pátria Grande


EM DESTAQUE / EN DESTAQUE

Un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla
Fabíola Luna
Lima - Perú


En el Perú, la Comisión de la Verdad fue creada durante el gobierno de Valentín Paniagua. El presidente Alejandro Toledo ratificó la Comisión el mismo año, ampliándola a Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR). Esta Comisión estuvo compuesta por 12 comisionados presididos por Salomón Lerner, Rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú. A ellos se les encargó investigar sobre los hechos de violencia ocurridos entre 1980 y 2000, el largo periodo que duró el conflicto armado interno, e identificar las responsabilidades tanto de quienes cometieron crímenes como de quienes los ordenaron o los permitieron. Pero, en realidad, fue la sociedad peruana la que conmocionada por las gravísimas consecuencias de la violencia vivida reclamó la conformación de esta Comisión. El 28 de agosto del 2003 se entregó el Informe Final.

Julio Cotler expresa el sentimiento de la mayoría de peruanos: “la labor de esta Comisión es un ajuste de cuentas con nuestro pasado inmediato, pero quiero creer que también sea una advertencia para el futuro”.

Bien dice Lerner que esta Comisión contó con el valioso recurso de la experiencia acumulada por diversas organizaciones similares alrededor del mundo, por ejemplo, las que actuaron en Latinoamérica.

En el Perú el “conflicto armado interno” (se prefirió llamarlo así aunque su sinónimo puede ser “guerra interna”) se dio en situación de democracia, no en un régimen militar. Eso fue posible “porque tuvo lugar principalmente en los márgenes rurales y urbanos de un Estado que en esos años expuso sus antiguas y profundas debilidades”[1] . Fue posible por la ausencia de una comunidad nacional democrática, por la extendida y creciente pobreza, la inequidad y toda clase de discriminaciones. La débil presencia del Estado peruano en varias partes del territorio nacional y la propensión a aceptar formas de manipulación vitalicia o formas autoritarias y militarizadas del ejercicio del poder explican la tendencia a resolver los conflictos en forma violenta.

David Scott Palmer, buen conocedor de la historia política peruana, desde tiempos atrás, presenta tres elementos fundamentales que iluminan bastante bien el por qué, si bien no se daban “las condiciones objetivas para una revolución armada”, se dio el conflicto armado en el Perú:

1. Una organización política universitaria y de la periferia con un liderazgo convencido de que había encontrado la verdad absoluta en su ideología maoísta y su estrategia aprendida en la Revolución Cultural China. Uno de los ejes de su visión ideológica era el voluntarismo, es decir, iniciar la guerra popular aun cuando no se daban las condiciones objetivas para crearlas con el tiempo a través de sus acciones.

2. La presencia y preparación durante dos décadas en una región del Perú marginada de la vida nacional, donde las reformas del gobierno militar, sobre todo la Reforma Agraria, no respondían a las realidades y necesidades locales y empeoraban la calidad de la vida de la mayoría.

3. Un gobierno que, aunque democráticamente elegido, no quería ver el momento histórico de su país; no quería ver ni quería creer lo que estaba pasando en la periferia y nunca armó una política coherente ni una estrategia global de respuesta, produciendo con el tiempo, y a través de sus múltiples errores, exactamente las condiciones que buscaba Sendero Luminoso: abandono, abusos, violencia generalizada y desgobierno[2].

Realmente el caldo de cultivo para el surgimiento de Sendero Luminoso, fue en mucho, la dinámica interna de profesores de una universidad provinciana así como su fuerte ideología. Profesores universitarios pobres en uno de los departamentos más pobres del país, Ayacucho. Pobreza, falta de alternativas y frustración. Las instituciones, privadas y públicas, no estaban cerca de la población necesitada; otros lo estuvieron inspirando temor y terror “con su verdad absoluta” y matando atrozmente a la población que decían defender y en realidad no tenían ningún respeto por la vida humana.

El presidente de la CVR del Perú empezó su lúcido discurso en la entrega del Informe final con graves palabras: “La historia del Perú registra más de un trance difícil, penoso, de auténtica postración nacional. Pero, con seguridad, ninguno de ellos merece estar marcado tan rotundamente con el sello de la vergüenza y el deshonor como el fragmento de historia que estamos obligados a contar en las páginas del informe que hoy entregamos a la Nación. Las dos décadas finales del siglo XX son — es forzoso decirlo sin rodeos — una marca de horror y de deshonra para el Estado y la sociedad peruanos”.

La CVR se ha acercado “a los sobrevivientes” de una violencia que arrancó de la vida a 69.280 peruanos que pertenecían a aquellos sectores históricamente más desprotegidos y marginados del país, personas de bajos recursos económicos, mayoritariamente indígenas y campesinos, que tenían una lengua nativa como el Quechua, Aymara o Asháninka. El 68 % tenía una capacitación educativa por debajo del promedio normal. Estas víctimas son las mismas víctimas del olvido del Estado, ignorados y despreciados por los peruanos de las ciudades. ¡Peruanos del “Perú profundo”, Perú que no se quiere reconocer! El número de muertos supera a los que fueron muertos en todas las guerras externas y guerras civiles en los 180 años de vida republicana del país.

Sendero Luminoso (SL) es el culpable del 54 % de las víctimas. Pero SL no fue el único responsable. También el Estado y sus agentes jugaron un papel en el problema. De acuerdo a las investigaciones, en ciertos casos, las Fuerzas Armadas incurrieron en una práctica sistemática o generalizada de violaciones a los derechos humanos. El Informe Final encontró fundamentos para señalar la comisión de delitos de lesa humanidad e infracciones al derecho internacional.

Lo que hizo la CVR es “desenterrar la verdad”, según palabras de Gustavo Gutierrez. Buscar la verdad entre “las numerosas fosas (lugares de entierro) en las que se amontonaban los cuerpos de tantas víctimas de la violencia, cuyo destino buscaba ocultarse”. Las investigaciones de la CVR revelaron la existencia de más de 4.000 sitios de entierro clandestino.

En el Perú la palabra “reconciliación” ha dado lugar a mucha controversia y mayoritariamente ha sido muy incomprendida. Pero “la reconciliación no se define como un acuerdo con los responsables de la violencia, sino como un proceso de recomposición de los vínculos entre todos los peruanos. La Comisión ha entendido, con toda razón, que la verdad y la reconciliación sólo son y serán posibles en una sociedad democrática si entre ellas se hace valer el principio de la justicia”3 .

En la conclusión 170 “la CVR propone que el gran horizonte de la reconciliación nacional es el de la ciudadanía plena para todos los peruanos y peruanas. A partir de su mandato de propiciar la reconciliación nacional y de sus investigaciones realizadas, la CVR interpreta la reconciliación como un nuevo pacto fundacional entre el Estado y la sociedad peruanos, y entre los miembros de la sociedad”.
(NA)


[1] Carlos Iván Degregori en el Seminario Internacional Procesos post Comisiones de la Verdad, “De la negación al reconocimiento”.
[2] David Scott Palmer en el Seminario Internacional Procesos post Comisiones de la Verdad, “De la negación al reconocimiento”.
[3] Pronunciamiento institucional de la Pontificia Universidad Católica del Perú sobre el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

NOVAMERICA
Rua Dezenove de Fevereiro, 160 - Botafogo
22280-030 -
Rio de Janeiro - RJ
Brasil
Tel. (fax): (55) (21) 2542-6244

e-mail: novamerica@novamerica.org.br
CENTRO NOVAMERICA DE EDUCAÇÃO POPULAR
Praça Santos Dumont, 14 - Centro
25880-000 -
Sapucaia - RJ
Brasil
Tel. (fax): (55) (24) 2271-2004
e-mail: centronovamerica@uol.com.br
2003/2010 Novamerica - www.novamerica.org.br - Todos os direitos resevados.