 |

La Revista de la Pátria
Grande |
|
|
|
Las
culturas juveniles
Rossana Reguillo
Doctora en ciencias sociales con especialidad en antropología
social. Profesora-investigadora en el Departamento de
Estudios Socioculturales, ITESO, México. Investigadora
Nacional. Realiza investigación en diversos países de
América Latina.
Doutora em Ciências Sociais com especialização em
Antropologia Social. Professora-pesquisadora do Departamento
de Estudos Sócio-Culturais, ITESO, México. Pesquisadora
Nacional. Faz pesquisas em diversos países da América
Latina.

NA - Hoy se habla mucho de culturas juveniles.
Qué dirías que son las culturas juveniles y cómo
se configuran.
Rossana Reguillo - En el contexto de los cambios
sociales derivados de la llamada crisis de la
modernidad, que de manera sintética puede entenderse
como el quiebre o desdibujamiento de la institucionalidad
y de los relatos que han dado cohesión y sentido
al pacto social, la pregunta por los jóvenes se
vuelve cada vez más compleja en la medida en que
“ser joven” no es un descriptor universal ni homogéneo,
tampoco un dato dado que se agota en la acumulación
biológica de años. “Ser joven” es fundamentalmente
una clasificación social y como toda clasificación
supone el establecimiento de un sistema (complejo)
de diferencias. La articulación de esas diferencias
es lo que otorga características precisas, contenidos,
límites y sentido al continente “ser joven”.
Así las “culturas juveniles” son un conjunto heterogéneo
de expresiones y prácticas socioculturales cuya
especificidad se define por la adscripción que
los propios jóvenes hacen a una cierta corriente
cultural (por ejemplo el hippismo, que puede considerarse
un precursor de estos procesos) cuyos componentes
básicos son la ideología, el estilo (o dramatización
de la identidad) y los consumos culturales (música,
literatura, cine, etc.). Ha sido un concepto clave
para los estudiosos del campo de lo juvenil en
la medida en que ha permitido romper con ciertas
concepciones generalizadoras y acercarse a los
territorios en los que los jóvenes construyen
su identidad. Es importante enfatizar que aunque
el concepto y lo que este trata de nombrar han
estado presentes por lo menos desde la segunda
mitad del siglo XX, en Latinoamérica es hasta
mediados de la década de los ochenta (cuando el
quiebre estructural en nuestras sociedades se
hizo evidente) cuando los propios jóvenes fueron
produciendo espacios de acuerpamiento social,
de agregación, de sentido. Las bandas juveniles,
los punks y posteriormente los anarcopunks, los
góticos, los ravers o electrónicos, los metaleros,
se hicieron visibles trayendo consigo una pregunta
incómoda, la del sentido en torno a las instituciones
tradicionales (escuela, iglesia, familia) que
perdieron en credibilidad y fueron siendo menos
capaces de acompañar a los jóvenes en sus procesos
de incorporación social y fueron crecientemente
impugnadas por estas expresiones culturales que
ya no se mostraban interesadas en transformar
la sociedad sino en hacer evidente su fracaso.
Las canciones, el no a la política, el (aparente)
desentendimiento del mundo, el instante que se
fuga, el uso del cuerpo, no pueden dejar de expresar
performativamente una posición con respecto a
la sociedad en la que se habita. Las culturas
juveniles expresan un malestar profundo, una crítica
ensordecedora, un dolor disfrazado de ironía indiferente,
una angustia afásica travestida de gozo.
NA - ¿Qué expectativa tienen las instituciones
iglesia, familia, estado, escuela, medios de comunicación
en relación a los jóvenes? ¿Cómo miras tú a estas
instituciones?
Rossana Reguillo - Mi perspectiva es
sumamente crítica, y quizá pesimista. Para empezar
yo no colocaría la pregunta en torno a las expectativas
al rededor de las instituciones que honestamente
tienen muy poco que ofrecer, en su forma actual,
a las nuevas generaciones. El cansancio y
el desencanto juvenil frente a las instituciones,
desborda el problema “cuantitativo” de la carencia
de espacios. Pensar a los jóvenes y sus problemas
exclusivamente como un problema de exclusión o
marginación de carácter económico, estructural,
al margen del análisis cultural, pospone o aleja
la posibilidad de someter a crítica reflexiva
un “proyecto” que no parece capaz de resistir
más tiempo. Considero que colocar el asunto en
estos términos es equivalente a pensar que más
policía, más armamento y mayores controles son
suficientes para contrarrestar la inseguridad
y la violencia crecientes en nuestras sociedades
o, en otro plano, que más estaciones de televisión
y radio garantizan más información, o aún, asumir
que más partidos políticos representan más democracia.
Hay una fuerte tendencia a apartar la culpa de
las instituciones y desplazarla hacia los actores
sociales, en este caso hacia los jóvenes, a los
que se culpa, se estigmatiza e incluso se demoniza
haciéndoles pagar la factura de un modelo en crisis.
En el caso de América Latina cuya población menor
de 24 años representa alrededor del 30%, la pregunta
fundamental, creo, es cuál es la “articulación”
que ha dado el Estado en los años del aceleramiento
de la crisis a la clasificación “ser joven”. Se
habla con bastante tranquilidad del “bono demográfico”
de la región, expresión que siempre consigue ponerme
nerviosa en tanto indica que los jóvenes son considerados
como una especie de “premio extra”, cuya fuerza
está disponible para los momentos de mayor oscuridad
productiva. Lo que resulta paradójico es que esta
conceptualización no logre expresarse en las políticas
cotidianas y que lo que sea posible de retener
en el transcurso de los tres últimos lustros sea
la contradicción más flagrante entre los cuerpos
jóvenes como “bono” y esos cuerpos como enemigos
o, peor, como cuerpos prescindibles. La retórica
de la inclusión sigue elevando a slogan publicitario
“su amor por los jóvenes” que puede resumirse
en “jóvenes más educados para mejores trabajos”,
pero por la vía de los hechos, avanza el cierre
de espacios, y de manera más preocupante, el aumento
de la brecha entre las ofertas (infinitas) y las
posibilidades reales de acceso y elección para
millones de jóvenes en la región.

Sabemos que el significado más acabado de disciplina
es el de la optimización de las capacidades del
cuerpo en función de un proyecto y, seguimos,
parece, trabajando a favor de un mayor disciplinamiento
del cuerpo joven en aras de un Estado cada vez
más debilitado en el ámbito de la legitimidad
-pero no en el ámbito del control- que pretende
salvarse a sí mismo escapando de su responsabilidad
como garante de la sociailidad: la sociedad estructurándose.
Y el mercado por su parte, travestido de gozo
y de inconciencia feliz, avanza, arrasando a su
paso los más elementales sentidos de socialidad
– la sociedad haciéndose –, escondido en la fascinante
y poderosa sensación de independencia que los
consumidores de estilos y de “looks” creen conquistar
con su performatividad alternativa. Circuitos
“undergrounds”, piratería, resistencia pasiva
o desentendimiento del mundo que sucede, nada
ni nadie está a salvo del control panóptico de
un mercado que ha descubierto en el “bono demográfico”
un espacio inagotable de opciones: manantial de
la juventud, eterna fuente para perpetuarse en
el giro que se presume desdramatizado. El nómada
feliz y a veces enojado de las narrativas que
hacemos venir para pensar, que todavía, es posible
mantener al margen.
Los jóvenes desafían a las instituciones. Ni héroes
alternativos ni villanos, los jóvenes narran –
todavía – el declive de una sociedad que a la
manera de Mathieu Kassovitz[1], director de La
Haine (El Odio), hace decir a uno de los protagonistas,
en tono de burla frente una sociedad que se precipita
hacia abajo y que ante la caída sólo puede recitar
“hasta aquí todo va bien” anticipando “juguetonamente”
– lo que no significa, sin dolor ni miedo – el
colapso final. Romper el estribillo de “Jusqu’
ici à tout va bien” que pronuncia para tranquilizarse
el suicida que va cayendo pisos abajo de un rascacielos
y que sabe que, inexorablemente, se estrellará
contra el piso, es quizás el desafío por venir.
No todo va bien y llegados a esta orilla de la
historia es importante entender que las culturas
juveniles no pueden ser contenidas en la univocidad
de una interpretación, sus múltiples repercusiones
se despliegan y se expanden en un mundo cada vez
más agotado y más perplejo. Instalarse ahí, en
el territorio de sus prácticas, afinar la escucha
y doblegar el impulso a la respuesta y explicación
anticipada, puede ayudar, tal vez, a ubicar por
qué, pese a sí mismos, los jóvenes operan como
signos de lo político y, a veces, de la política.
Lo ha dicho de manera inmejorable Ulrich Beck
“los jóvenes practican una denegación de la política
altamente política”. Lo que quiero enfatizar entonces
es que no considero que las instituciones actuales
sean capaces de estar a la altura de los desafíos,
si no asumen seriamente la tarea de su autocrítica.
NA - ¿Qué desafíos los jóvenes ofrecen
hoy para los educadores?
Rossana Reguillo - Hace algún tiempo Savater
escribía en El País un artículo titulado “domesticar
o educar”, a propósito del proyecto civilizatorio
de la modernidad y el papel que en ese proceso
ha jugado la cultura escrita. Un párrafo me resultó
especialmente fuerte y debo confesar que me conmovió
en un doble sentido: en lo que tiene que ver con
esa emoción que sacude por dentro y de manera
especial, en su sentido de agitación violenta
que se experimenta no frente al otro, sino junto
al otro, con el otro. Decía Savater “En el
parque humano restalla el látigo, pero no es el
maestro quien lo empuña. A diferencia del arrogante
y atrevido domador, el maestro sabe que debe dejarse
devorar para que las fieras inocentes se conviertan
en ciudadanos conscientes. Muchos están dispuestos
a este sacrificio sobre el que reposa el autosostenimiento
de la civilización, pero probablemente no son
bastantes. Se sienten solos, desconcertados por
un dogmatismo imbécil que celebra el pintoresquismo
de lo irreductible y desdeña la racionalidad común”.
Dos frases en esta cita, me resultaron especialmente
poderosas. En medio de la banalización, de un
exacerbado individualismo que considera de “mal
gusto” o, mejor, “cursi”, cualquier palabra o
gesto puente hacia los demás; en una atmósfera
de disoluciones y de crisis estructurales, cómo
“socializar” a los nuevos ciudadanos; cómo ser
un maestro “dispuesto a dejarse devorar”, para
darles paso franco a las nuevas generaciones y
sobre todo, cómo hacer del ejercicio de la docencia
un encuentro de racionalidades y de sensibilidades
que no se transforme en domesticación pero que
tampoco acepte el dócil simulacro de una transferencia
pragmática de conocimientos y habilidades.

Hoy un malestar recorre las aulas universitarias,
las públicas, las privadas, las mexicanas, las
latinoamericanas y en una cosa se equivoca Savater
y, tiene, al mismo tiempo, una incontrovertible
razón: muchos maestros se sienten solos y desconcertados,
pero no frente a lo irreductible (el mundo como
fatalidad), ni ante la falta de una racionalidad
común (versus el insularismo, la fragmentación
y la intolerancia), o por lo menos, no únicamente.
La soledad y el desconcierto se experimentan cuerpo
a cuerpo, paradójicamente en el bullicio de las
aulas, frente a los rostros inquietos y al mismo
tiempo tan desencantados de esos jóvenes que raramente
se asumen “fieras inocentes, en vías de transformación”
y han optado por eludir sentirse “culpables” de
casi nada. Es decir, hacen de su desencanto y
su reclamo un pragmatismo que golpea y deja sin
respuestas; quieren amores posibles y los quieren
ahora, quieren saber cómo una idea o un dato es
convertible en valor de cambio, instantáneo, objetivo;
hacen de su dolor, una fiesta y, de su goce, un
mensaje sobre el fracaso de esa “racionalidad
común”; desnudan con sus gestos y preguntas o
con silencio condescendiente, la historia, para
luego escapar, juguetonamente, hacia un territorio
en el que son intocables; ahí, donde las palabras
retumban con un eco solitario y en las paredes
se proyecta, multiplicada, la imagen de un cronos
que trata de devorar a sus hijos y estos, en vez
de huir despavoridos o de dejarse tragar ritualmente,
lo contemplan con rostro indiferente y a veces
con ironía juguetona, la del que observa los esfuerzos
inútiles de alguien de antemano condenado al fracaso.
En el fondo y quizás, estamos ante un cambio de
época, que no se deja ya decir con las imágenes
y lenguajes de un periodo en el que las palabras,
la racionalidad común, el proyecto conjunto, fueron
una manera de atajar la incertidumbre. Decía Savater:
“el elemento humanizador por excelencia...es el
semejante que se ofrece cuerpo a cuerpo a la devoradora
curiosidad juvenil en busca de un alma”. Tal vez,
sea momento de preguntar, sinceramente, si estas
metáforas siguen siendo pertinentes, es decir,
si esos ciudadanos en formación visualizan, como
un componente fundamental, “devorar al otro” para
afirmar la continuidad de la vida. Quizá, el desconcierto,
el malestar, la soledad proviene de dos tiempos
que chocan, de dos formas de escucha, de dos palabras
diferentes, del espectáculo de un sacrificio estéril.
Hay que confiar pese a todo, contra todo pronóstico,
contra nosotros mismos, que esos argonautas del
futuro, en medio del enardecido mar de imágenes,
de libros, de datos, de acumulación de errores,
encontrarán la manera de cuidarse unos a otros
y la manera, ¿su manera? de arribar a su “vellocino
de oro”. Como quiera que sea, siempre y en
cualquier hipótesis será mejor esperar, activamente,
a que se produzca el ritual sacrificial en el
que los nuevos ciudadanos ocupen sus lugares,
que levantar el látigo domesticador en aras de
cualquier proyecto, llámese como se llame.
NA - Los jóvenes, ¿cómo se ven ellos?
Rossana Reguillo - ¿Cuáles jóvenes? ¿los
más de dos millones que según la CEPAL no estudian
y no trabajan en la región? ¿los que representan
en Honduras el 70% de los jóvenes urbanos que
viven en situación de pobreza, en Ecuador el 58%,
en Bolivia, el 53%, en México el 50%? ¿En Argentina
y Costa Rica, el 20%, en Brasil el 33% y en República
Dominicana el 37%? ¿O tal vez los más de 566.297
jóvenes de 15 a 19 años que provenían de algún
país de América Latina, o los 944.891 jóvenes
latinoamericanos y caribeños de 20 a 24 años,
que habían migrado a los Estados Unidos en busca
de una opción de futuro en 1990? ¿O quizás el
6% de los jóvenes mexicanos que sí tienen acceso
a internet desde sus propias casas?
La pregunta no es sencilla de despejar, requiere
colocarse en un territorio particular. Sin embargo
y pese al riesgo de la generalización, puedo detectar
en lo general que hoy los jóvenes se caracterizan
por: 1) Haber crecido en un contexto de crisis
económicas recurrentes; 2)Haber asistido al quiebre
estructural del modelo sociopolítico y económico
de A.L; 3)Haber sido testigos y en muchos casos
protagonistas de los acelerados cambios culturales
derivados de la globalización y de la mundialización
de la cultura; 4)Representar una generación fundamentalmente
urbana; 5)Haber padecido en carne propia y de
maneras diversas, el declive de las políticas
sociales; 6)En el vocabulario de la gran mayoría
de estos jóvenes no existe la palabra “oportunidades”
y no entienden lo que significa “Estado de bienestar”;
7)Por su fuerza numérica se han convertido en
importante botín electorero. Nombrados, perseguidos,
“representados” en las coyunturas electorales
como parte fundamental del “desarrollo nacional”.
Estas “características” configuran un horizonte
de desesperanza y de falta de confianza en el
futuro. Pero creo que lo que he intentado en mi
libro Las estrategias del desencanto. Emergencia
de culturas juveniles (Ed. Norma, Buenos Aires,
2000), es precisamente dar cuenta de los “efectos”
que en el terreno de las identidades juveniles
tienen estos procesos. Me parece que es sólo desde
los arraigos empíricos (en la “realidad real”)
donde adquieren su verdadero sentido las evidencias
de la diversidad de formas que organizan, contienen,
agrupan a los jóvenes que se confrontan con la
multiplicidad de avatares cotidianos, que experimentan
los diferentes grupos de jóvenes en su lucha por
la sobrevivencia, por la incorporación social,
por la conquista de su autonomía en condiciones
dignas para la vida.
NA- ¿Quisieras añadir algo más?
Rossana Reguillo - Si, quisiera enfatizar
uno de los tres temas que a mi juicio constituye
el eje sobre el que se redefinirá en los años
por venir los horizontes juveniles: la violencia
(los otros dos son la migración y el narcotráfico).
Hoy día uno de los “indicadores” más discutidos
para señalar la debilidad del Estado y su incapacidad
para contener (en la doble acepción del término)
la crisis derivada del neoliberalismo globalizador,
es el binomio inseguridad-violencia. La fuerza
de este imaginario se ha instalado en el centro
de los principales debates liderados por los medios
masivos de comunicación que se erigen en la voz
acusadora de la implosión del “orden” que cede
ante la expansión de un caos incontenible.
La hipótesis que quiero proponer es que ante la
pérdida de su capacidad rectora, impugnado por
diversos actores de distintas tendencias políticas,
desbordado por la capacidad de acción del crimen
organizado y, especialmente, debilitado por el
embate de las políticas económicas neoliberales
de carácter supranacional, el Estado ha encontrado
en el combate a la (pequeña) delincuencia un instrumento
de ratificación de su poder, un ámbito que concita
– lamentablemente – acuerdos y en el plano político-partidista
genera votos, además de que “retrata” bien para
los medios. Efecto “placebo”[2] que de un lado
tranquiliza a una gran mayoría de la población
y de otro lado, procede sobre los más vulnerables.
De otro modo, resulta difícil entender y explicar
el conjunto de “operativos” y constantes violaciones
a los derechos humanos de jóvenes y grupos vulnerables
a lo largo de la región.
Los “chavos expiatorios[3]” se han convertido
en el blanco de estas políticas efectistas y sobre
ellos pesa la leyenda negra de una violencia expandida
de la que se les pasa la factura, pero sin atender
que, aunque efectivamente los jóvenes son hoy
las principales víctimas y victimarios de una
espiral de violencias que atraviesa la sociedad
en su conjunto, el problema tiene dimensiones
más amplias y de carácter estructural.
En mi propia investigación (en México, en Argentina,
en Puerto Rico, en Venezuela, en Colombia), aparece
como un dato recurrente el “temor instalado” entre
los jóvenes a las instituciones punitivas del
Estado y la experiencia constante de ser víctimas
más que victimarios en una sociedad que parece
haberles decretado la guerra.
La legitimación de un pensamiento dominante que
hoy se fortalece a través de los medios de comunicación
y que construye la imagen de los jóvenes de dos
formas básicas: como incompetentes y como peligrosos,
consolida un imaginario que tiende a justificar
la represión que se ejerce contra los jóvenes.
La precariedad del estado de derecho que provoca
miedo frente a los abusos de poder y desconfianza
frente a las instituciones, aísla a los jóvenes
y los deja inermes frente a la des-institucionalidad.
Los jóvenes han contribuido a la expansión del
relato terrorífico y disciplinante que pesa sobre
la sociedad. Culpabilizados, por la histeria social
del deterioro y de la crisis por la que atravesamos.
Interlocutores difusos del Estado, sujetos de
políticas públicas al tiempo que operadores del
mal, las y los jóvenes, configuran la galería
de monstruos que la atemorizada América Latina
del siglo XXI, produce para contener el miedo
que le genera la autocrítica. (NA)
[1] La Haine/Hate. Francia 1995. 95 min. Director:
Mathieu Kassovitz. Elenco: Vincent Cassel, Hubert
Kounde, Saïd Taghmaoui. Productor: Christophe
Rossignon. Guión: MathieuKassovitz Cámara: Pierre
Aïm. Editor: Mathieu Kassovitz & Scott Stevenson.
[2] Dice el diccionario que un placebo
es una sustancia que “careciendo de acción terapéutica,
produce algún efecto curativo en el enfermo, si
este la recibe convencido de su acción curativa”.
[3] Debo esta formulación a Carlos Monsiváis.
|
NA
- Hoje se fala muito em culturas juvenis. O que
diria que são as culturas juvenis e como se configuram?
Rossana Reguillo - No contexto das mudanças
sociais derivadas das chamadas crises da modernidade
– que, de maneira sintética, podem ser entendidas
como a ruptura e o desgaste da institucionalidade
- e dos relatos que deram coesão e sentido ao
pacto social, a pergunta a respeito dos jovens
se torna cada vez mais complexa, na medida em
que "ser jovem" não é um descritor universal homogêneo,
nem um dado que se esgote na acumulação biológica
de anos. "Ser jovem" é fundamentalmente uma classificação
social e, como toda classificação, supõe o estabelecimento
de um sistema (complexo) de diferenças. A articulação
dessas diferenças é que confere características
precisas, conteúdos, limites e sentido ao continente
"ser jovem".
Assim, as "culturas juvenis" são um conjunto heterogêneo
de expressões e práticas sócio-culturais cuja
especificidade é definida pela atribuição que
os próprios jovens fazem a uma certa corrente
cultural (por exemplo, o movimento hippie, que
pode ser considerado como um precursor destes
processos) cujos componentes básicos são a ideologia,
o estilo (ou dramatização da identidade) e os
consumos culturais (música, literatura, cinema,
etc.). Tem sido um conceito chave para os pesquisadores
do campo da juventude, na medida em que permitiu
que houvesse uma ruptura com certas concepções
generalizadoras e uma aproximação dos territórios
em que os jovens constróem a sua identidade. É
importante enfatizar que, embora o conceito e
o que ele tenta denominar tenham estado presente
pelo menos desde a segunda metade do séc. XX,
foi só até meados da década dos oitenta (quando
a ruptura estrutural nas nossas sociedades tornou-se
evidente) que os próprios jovens produziram espaços
de agrupamento social, de agregação e de sentido
na América Latina. As gangues juvenis, os punks
e posteriormente os anarcopunks, os góticos, os
ravers ou eletrônicos, os metaleiros adquiriram
visibilidade ao carregarem consigo uma pergunta
incômoda: a do sentido das instituições tradicionais
(escola, igreja, família), que foram perdendo
credibilidade, tornaram-se menos capazes de acompanhar
os jovens em seus processos de incorporação social,
e foram impugnadas de forma crescente por essas
expressões culturais que já não se mostravam interessadas
em transformar a sociedade, mas em evidenciar
o seu fracasso.
As canções, o "não" à política, o (aparente) desinteresse
pelo mundo, o instante fugaz, o uso do corpo,
não podem deixar de exprimir performaticamente
uma posição de respeito à sociedade em que se
habita. As culturas juvenis expressam um mal-estar
profundo, uma crítica ensurdecedora, uma dor mascarada
de ironia indiferente, uma angústia afásica travestida
de gozo.

NA - Que expectativa têm as instituições igreja,
família, estado, escola, meios de comunicação
em relação aos jovens? Como a Sra. vê estas instituições?
Rossana Reguillo - A minha perspectiva
é extremamente crítica (e talvez pessimista).
Para começar, eu não perguntaria sobre as expectativas
de instituições que, honestamente, têm muito pouco
a oferecer, na sua forma atual, às novas gerações.
O cansaço e o desencanto juvenis diante das instituições
vai além do problema "quantitativo" da carência
de espaços. Pensar os jovens e os seus problemas
exclusivamente como um problema de exclusão ou
marginalização de caráter econômico, estrutural,
à margem da análise cultural, pressupõe ou afasta
a possibilidade de submeter à crítica reflexiva
um "projeto" que não parece capaz de resistir
mais tempo. Considero que colocar o assunto nestes
termos equivale a pensar que mais polícia, mais
armamento e maiores controles sejam suficientes
para se opor à insegurança e à violência crescente
nas nossas sociedades ou, em outro plano, que
mais estações de televisão e rádio garantam mais
informação, ou ainda, supor que mais partidos
políticos representem mais democracia.
Existe uma forte tendência a afastar a culpa das
instituições e transferi-la aos atores sociais:
neste caso, os jovens, que são culpados, estigmatizados
e inclusive, demonizados e obrigados a pagar a
conta de um modelo em crise.
No caso da América Latina, cuja população menor
de 24 anos representa ao redor de 30%, a pergunta
fundamental seria, a meu ver: qual é a "articulação"
que o Estado tem dado à classificação "ser jovem"
nos anos de aceleração da crise? Fala-se com bastante
tranqüilidade do "bônus demográfico" da região,
expressão que sempre consegue me deixar nervosa,
na medida em que indica que os jovens são considerados
como uma espécie de "prêmio extra", cuja força
está disponível para os momentos mais sombrios
da produção. O paradoxo é que este conceito não
consegue se expressar nas políticas cotidianas,
e que aquilo que é possível reter destes três
últimos lustros é a contradição mais flagrante
entre os corpos jovens como "bônus" e esses corpos
como inimigos, ou pior, como corpos descartáveis.
A retórica da inclusão continua colocando como
slogan publicitário a expressão "seu amor pelos
jovens", que pode ser resumida como "jovens com
mais formação para melhores trabalhos"; no
concreto, contudo, os espaços se fecham cada vez
mais e, da maneira mais preocupante, aumenta o
abismo entre as ofertas (infinitas) e as possibilidades
reais de acesso e escolha para milhões de jovens
na região.
Sabemos que o significado mais acabado de disciplina
é a otimização das capacidades do corpo em função
de um projeto e, pelo visto, continuamos trabalhando,
a favor de uma maior disciplina do corpo jovem
em nome de um Estado cada vez mais enfrequecido
no âmbito da legitimidade (mas não no do controle),
que pretende se salvar a si próprio fugindo da
sua responsabilidade de garantir a sociabilidade:
a sociedade se estruturando.
E o mercado, por sua vez, travestido de gozo e
de inconsciência feliz, avança, arrasando à sua
passagem os sentidos mais essenciais de socialidade
(a sociedade se fazendo), escondido na fascinante
(e poderosa) sensação de independência que os
consumidores de estilos e de "looks" crêem conquistar
com sua performatividade alternativa. Circuitos
"undergrounds", pirataria, resistência passiva
ou desinteresse do mundo que acontece, nada nem
ninguém está salvo do controle panóptico de um
mercado que descobriu no "bônus demográfico" um
espaço inesgotável de opções: fonte da juventude,
eterna fonte para se perpetuar no giro que se
supõe desdramatizado. O nômade feliz e às vezes
zangado com as narrativas que trazemos à baila
para pensar que ainda é possível manter-se à margem.
Os jovens desafiam às instituições. Nem heróis
alternativos nem vilões. Os jovens narram - ainda
- o declínio da sociedade à maneira de Mathieu
Kassovitz[1], diretor de La Haine (O Ódio), que
diz a um dos seus protagonistas, em tom de burla,
à sociedade que despenca e que, diante da queda,
só consegue dizer: "até aqui, está tudo bem",
antecipando de forma "brincalhona" - o que significa,
sem dor nem medo -, o colapso final. O desafio
futuro talvez seja romper com o refrão "Jusqu'
ici à tout va bien" pronunciado, para se tranqüilizar,
pelo suicida que vai caindo do arranha-céu e que
sabe que, inexoravelmente, baterá contra o chão.
Nem tudo está bem e, chegados a esta borda da
história, é importante entender que as culturas
juvenis não podem ser contidas por uma interpretação
unívoca. Suas múltiplas repercussões desdobram-se
e se expandem num mundo cada vez mais esgotado
e perplexo. Instalar-se aí, no território de suas
práticas, apurar a escuta e vencer o impulso à
resposta e à explicação antecipadas talvez possa
ajudar a compreender por que, apesar de si mesmos,
os jovens funcionam como signos do político e,
às vezes, da política.
Ulrich Beck disse-o de forma insuperável: "os
jovens praticam uma negação da política que é
altamente política". O que quero enfatizar, então,
é que não acho que as instituições atuais serão
capazes de se colocar à altura dos desafios enquanto
não assumirem seriamente a tarefa de sua auto-crítica.
NA - Que desafios os jovens hoje lançam
aos educadores?
Rossana Reguillo - Faz algum tempo, Savater
escreveu em El País um artigo intitulado "Domesticar
ou educar", a respeito do projeto civilizador
da modernidade e do papel que a cultura escrita
representou nesse processo. Achei um parágrafo
especialmente forte, e devo confessar que me comoveu
em dois sentidos: com essa emoção que sacode por
dentro e de maneira especial, com o sentido de
agitação violenta que se experimenta não de frente
para o outro, mas junto ao outro, com o outro.
Dizia Savater: "No parque humano estala o chicote,
mas não é o professor quem o empunha. Ao contrário
do arrogante e atrevido domador, o professor sabe
que deve deixar-se devorar para que as feras inocentes
se tornem cidadãos conscientes. Muitos estão
dispostos a este sacrifício, no qual repousa o
auto-sentimento da civilização, mas provavelmente
não são bastantes. Sentem-se sós, desconcertados
por um dogmatismo imbecil que celebra o irredutível
pitoresco e desdenha a racionalidade comum".
Duas frases nesta citação me parecem especialmente
poderosas. Em meio à banalização de um exacerbado
individualismo que considera de "mau gosto" ou,
melhor, um "clichê", qualquer palavra ou gesto-ponte
em direção aos outros; numa atmosfera de dissoluções
e de crises estruturais, como "socializar" os
novos cidadãos? Como ser um professor "disposto
a se deixar devorar", para abrir passagem para
as novas gerações? E, sobretudo, como fazer do
exercício da docência um encontro de racionalidades
e de sensibilidades que não se transforme em domesticação
nem aceite o dócil simulacro de uma transferência
pragmática de conhecimentos e habilidades?
Hoje, um mal-estar percorre as salas de aula das
universidades – públicas, privadas, mexicanas,
latino-americanas –, e numa coisa Savater se engana
e, ao mesmo tempo, tem indiscutível razão: muitos
professores sentem-se sós e desconcertados,
mas não diante do irredutível (o mundo como fatalidade),
nem da falta de uma racionalidade comum (versus
o insularismo, a fragmentação e a intolerância),
ou pelo menos, não unicamente. A solidão e o desconcerto
se experimentam corpo a corpo, paradoxalmente,
no movimento das aulas, diante dos rostos inquietos
e, ao mesmo tempo, tão desencantados desses jovens
que raramente se assumem "feras inocentes, em
vias de transformação" e optaram por eludir, sentirem-se
"culpados" de quase nada. Quer dizer, fazem do
seu desencanto e de sua reivindicação um pragmatismo
que golpeia e deixa sem respostas (querem amores
possíveis, e os querem agora). Querem saber como
uma idéia ou um dado são transformáveis em valor
de troca, instantâneo, objetivo. Fazem da sua
dor uma festa e do seu gozo, uma mensagem sobre
o fracasso dessa "racionalidade comum"; desnudam
com seus gestos e perguntas, ou com silêncio condescendente,
a história para depois - de forma brincalhona
-, naquele território em que são intocáveis, ali
onde as palavras retumbam com eco solitário e
nas paredes se projeta, multiplicada, a imagem
de um Cronos que tenta devorar seus filhos, em
vez de fugir apavorados ou deixar-se engolir ritualmente,
contemplam-no com rosto indiferente e, às vezes,
ironia brincalhona, a de quem observa os esforços
inúteis de alguém de antemão condenado ao fracasso.
Talvez no fundo nos encontremos diante de uma
mudança de época que já não se deixa mais expressar
pelas imagens e linguagens de um período em que
as palavras, a racionalidade comum e o projeto
conjunto foram uma maneira de deter a incerteza.
Dizia Savater: "O elemento de humanização por
excelência... é o semelhante que se oferece corpo
a corpo à devoradora curiosidade juvenil na procura
de uma alma." Talvez seja o momento de perguntar,
sinceramente, se estas metáforas continuam sendo
pertinentes, quer dizer, se esses cidadãos em
formação visualizam como um componente fundamental
o "devorar o outro" para afirmar a continuidade
da vida. Talvez o desconcerto, o mal-estar e a
solidão provenham de dois tempos que se chocam,
de duas formas de escuta, de duas palavras diferentes,
do espetáculo de um sacrifício estéril.
Temos que confiar, apesar de tudo, contra todo
prognóstico e contra nós mesmos, em que esses
arrogantes do futuro, em meio ao exacerbado mar
de imagens, de livros, de dados, de acumulação
de erros, encontrarão a maneira de cuidar uns
dos outros e a maneira - sua maneira? - de chegar
ao "velocino de ouro". Seja como for, empre
e em qualquer hipótese, será melhor esperar, ativamente,
que aconteça o ritual de sacrifício em que os
novos cidadãos ocuparão seus lugares, do que levantar
o chicote que domestica em nome de qualquer projeto,
seja este qual for.

NA - E os jovens, como se vêem a si próprios?
Rossana Reguillo - Que jovens? Os mais
de dois milhões que, segundo a CEPAL, nem estudam
nem trabalham na região? Os que representam em
Honduras 70% dos jovens urbanos que vivem em situação
de pobreza? Ou os que representam 58% no Equador,
53% na Bolívia, 50% no México? Ou aqueles que
representam 20% na Argentina e Costa Rica, 33%
no Brasil e 37% na República Dominicana? Ou, talvez,
os mais de 566.297 jovens entre 15 e 19 anos que
vêm de algum país da América Latina; ou os 944.891
jovens latino-americanos e caribenhos entre 20
e 24 anos que migraram para os Estados Unidos
em 1990 à procura de uma opção de futuro? Ou talvez
aqueles 6% de jovens mexicanos que têm, sim, acesso
à internet em suas próprias casas?
A pergunta não é simples de elucidar. Para tanto
é preciso colocar-se num território particular.
No entanto, apesar do risco da generalização,
posso detectar, de maneira geral, que hoje os
jovens se caracterizam por: 1) terem crescido
num contexto de crises econômicas recorrentes;
2) terem assistido à ruptura estrutural do modelo
sócio-político e econômico da América Latina.;
3) terem sido testemunhas - e em muitos casos
protagonistas - das aceleradas mudanças culturais
derivadas da globalização e da mundialização da
cultura; 4) representarem uma geração fundamentalmente
urbana; 5) padecerem na própria carne e de formas
diversas o declínio das políticas sociais; 6)
não existir, no vocabulário da grande maioria
deles, a palavra "oportunidades" e não compreenderem
o que significa "Estado de bem-estar"; 7) por
terem se tornado, devido à sua força numérica,
um importante botim eleitoral. São nomeados, perseguidos,
"representados" nas conjunturas eleitorais como
parte fundamental do "desenvolvimento nacional".
Essas "características" configuram um horizonte
de desesperança e de falta de confiança no futuro.
Mas acredito que o que tentei no meu livro, As
estratégias do desencanto. Emergência de Culturas
Juvenis (Ed. Norma, Buenos Aires, 2000), foi precisamente
dar conta dos "efeitos" que esses processos têm
no terreno das identidades juvenis. Parece-me
que só a partir do enraizamento empírico (na "realidade
real") que adquirem seu verdadeiro sentido as
evidências da diversidade de formas que organizam,
contêm, agrupam e os jovens que enfrentam inúmeras
circunstâncias cotidianas vividos pelos diferentes
grupos em sua luta pela sobrevivência, pela incorporação
social, pela conquista da autonomia em condições
dignas para a vida.
NA- Gostaria de acrescentar alguma outra
coisa?
Rossana Reguillo - Sim, gostaria de enfatizar
um dos três temas que, ao meu ver, constituem
o eixo central em torno do qual se redefinirão,
nos próximos anos, os horizontes juvenis: a violência
(os outros dois temas são a migração e o narcotráfico).
Hoje em dia, um dos "indicadores" mais discutidos
para assinalar a fraqueza do Estado e sua incapacidade
de conter (na dupla acepção do termo) a crise
derivada do neoliberalismo globalizador é o binômio
insegurança-violência. A força deste imaginário
instalou-se no centro dos principais debates liderados
pelos meios de comunicação de massas, que se erigem
na voz acusadora da implosão da "ordem" que cede
diante da expansão de um caos sem contenção.
A hipótese que quero propor é que, diante da perda
de sua capacidade de governar, impugnado por diversos
atores de diversas tendências políticas, ultrapassado
pela capacidade de ação do crime organizado e,
especialmente, debilitado pelo embate das políticas
econômicas neoliberais de caráter supra-nacional,
o Estado encontrou no combate à (pequena) delinqüência
um instrumento de ratificação de seu poder; trata-se
de uma esfera que, infelizmente, suscita acordos
e, no plano político partidário, gera votos, além
de melhorar a "imagem" diante da mídia. Efeito
"placebo"[2] que, por um lado, tranqüiliza uma
grande maioria da população e, por outro, atua
sobre os mais vulneráveis. É difícil entender
e explicar de outro maneira o conjunto de "operações"
e constantes violações dos direitos humanos de
jovens e grupos vulneráveis em toda a região.
Os "bodes expiatórios"[3] tornaram-se alvo dessas
políticas de resultados, e sobre eles pesa a lenda
sombria de uma violência ampliada da qual recebem
a conta, mas sem entender que, embora os jovens
hoje de fato sejam as principais vítimas e algozes
de uma espiral de violência que atravessa o conjunto
da sociedade, o problema tem dimensões mais amplas
e de caráter estrutural.
Na minha pesquisa (que cobre México, Argentina,
Porto Rico, Venezuela, Colômbia), aparece como
um dado recorrente o "temor instalado", que vai
dos jovens às instituições punitivas do Estado,
e a experiência constante de ser vítimas mais
do que algozes, numa sociedade que parece ter-lhes
declarado guerra.
A legitimação de um pensamento dominante que hoje
se fortalece através da mídia e que constrói a
imagem dos jovens de duas formas básicas - como
incompetentes e como perigosos - consolida um
imaginário que tende a justificar a repressão
exercida contra os jovens. A precariedade do
estado de direito, que provoca medo diante dos
abusos de poder e desconfiança diante das instituições,
isola os jovens e os deixa impotentes diante da
desinstitucionalidade.
Os jovens contribuíram para a expansão do relato
do terror e da disciplina que pesa sobre a sociedade.
Culpados pela histeria social da deterioração
e pela crise que atravessamos, interlocutores
difusos do Estado, sujeitos de políticas públicas
e, ao mesmo tempo, operadores do mal, as e os
jovens configuram a galeria de monstros que a
atemorizada América Latina do século XXI produz
para conter o medo que lhe causa a auto-crítica.
(NA)
[1] La Haine/Hate, França, 1995, 95 mins. Diretor:
Mathieu Kassovitz. Cast: Vincent Cassel, Hubert
Kounde, Saïd Taghmaoui. Producer: Christophe Rossignon.
Scrip: Mathieu Kassovitz. Camera: Pierre Aïm.
Editor: Mathieu Kassovitz & Scott Stevenson.
[2] Diz o dicionário que um "placebo" é
uma substância que "carecendo de ação terapêutica,
produz algum efeito curativo no doente, quando
este a recebe convencido de sua ação curativa".
[3] Devo esta informação a Carlos Monsiváis.
(A expressão popular original é "chivo expiatorio"
e a mesma equivaleria em português, à expressão
"pivô". A autora está fazendo um jogo de palavras
entre "chivo" – o "carneiro" do sacrifício – e
"chavo", termo utilizado no México para denominar
aos jovens). |
|
|
|
NOVAMERICA
Rua Dezenove de Fevereiro, 160 - Botafogo
22280-030 - Rio
de Janeiro - RJ
Brasil
Tel. (fax): (55) (21) 2542-6244
e-mail: novamerica@novamerica.org.br
|
CENTRO
NOVAMERICA DE EDUCAÇÃO POPULAR
Praça Santos Dumont, 14 - Centro
25880-000 - Sapucaia
- RJ
Brasil
Tel. (fax): (55) (24) 2271-2004
e-mail: centronovamerica@uol.com.br
|
2003/2010
Novamerica - www.novamerica.org.br - Todos os direitos resevados.
|