Revista

L
a Revista de la Pátria Grande


ENTREVISTA / ENTREVISTA

Las culturas juveniles
Rossana Reguillo


Doctora en ciencias sociales con especialidad en antropología social. Profesora-investigadora en el Departamento de Estudios Socioculturales, ITESO, México. Investigadora Nacional. Realiza investigación en diversos países de América Latina.

Doutora em Ciências Sociais com especialização em Antropologia Social. Professora-pesquisadora do Departamento de Estudos Sócio-Culturais, ITESO, México. Pesquisadora Nacional. Faz pesquisas em diversos países da América Latina.


Fotos João Ripper
NA
- Hoy se habla mucho de culturas juveniles. Qué dirías que son las culturas juveniles y cómo se configuran.

Rossana Reguillo
- En el contexto de los cambios sociales derivados de la llamada crisis de la modernidad, que de manera sintética puede entenderse como el quiebre o desdibujamiento de la institucionalidad y de los relatos que han dado cohesión y sentido al pacto social, la pregunta por los jóvenes se vuelve cada vez más compleja en la medida en que “ser joven” no es un descriptor universal ni homogéneo, tampoco un dato dado que se agota en la acumulación biológica de años. “Ser joven” es fundamentalmente una clasificación social y como toda clasificación supone el establecimiento de un sistema (complejo) de diferencias. La articulación de esas diferencias es lo que otorga características precisas, contenidos, límites y sentido al continente “ser joven”.

Así las “culturas juveniles” son un conjunto heterogéneo de expresiones y prácticas socioculturales cuya especificidad se define por la adscripción que los propios jóvenes hacen a una cierta corriente cultural (por ejemplo el hippismo, que puede considerarse un precursor de estos procesos) cuyos componentes básicos son la ideología, el estilo (o dramatización de la identidad) y los consumos culturales (música, literatura, cine, etc.). Ha sido un concepto clave para los estudiosos del campo de lo juvenil en la medida en que ha permitido romper con ciertas concepciones generalizadoras y acercarse a los territorios en los que los jóvenes construyen su identidad. Es importante enfatizar que aunque el concepto y lo que este trata de nombrar han estado presentes por lo menos desde la segunda mitad del siglo XX, en Latinoamérica es hasta mediados de la década de los ochenta (cuando el quiebre estructural en nuestras sociedades se hizo evidente) cuando los propios jóvenes fueron produciendo espacios de acuerpamiento social, de agregación, de sentido. Las bandas juveniles, los punks y posteriormente los anarcopunks, los góticos, los ravers o electrónicos, los metaleros, se hicieron visibles trayendo consigo una pregunta incómoda, la del sentido en torno a las instituciones tradicionales (escuela, iglesia, familia) que perdieron en credibilidad y fueron siendo menos capaces de acompañar a los jóvenes en sus procesos de incorporación social y fueron crecientemente impugnadas por estas expresiones culturales que ya no se mostraban interesadas en transformar la sociedad sino en hacer evidente su fracaso.

Las canciones, el no a la política, el (aparente) desentendimiento del mundo, el instante que se fuga, el uso del cuerpo, no pueden dejar de expresar performativamente una posición con respecto a la sociedad en la que se habita. Las culturas juveniles expresan un malestar profundo, una crítica ensordecedora, un dolor disfrazado de ironía indiferente, una angustia afásica travestida de gozo.

NA - ¿Qué expectativa tienen las instituciones iglesia, familia, estado, escuela, medios de comunicación en relación a los jóvenes? ¿Cómo miras tú a estas instituciones?

Rossana Reguillo - Mi perspectiva es sumamente crítica, y quizá pesimista. Para empezar yo no colocaría la pregunta en torno a las expectativas al rededor de las instituciones que honestamente tienen muy poco que ofrecer, en su forma actual, a las nuevas generaciones. El cansancio y el desencanto juvenil frente a las instituciones, desborda el problema “cuantitativo” de la carencia de espacios. Pensar a los jóvenes y sus problemas exclusivamente como un problema de exclusión o marginación de carácter económico, estructural, al margen del análisis cultural, pospone o aleja la posibilidad de someter a crítica reflexiva un “proyecto” que no parece capaz de resistir más tiempo. Considero que colocar el asunto en estos términos es equivalente a pensar que más policía, más armamento y mayores controles son suficientes para contrarrestar la inseguridad y la violencia crecientes en nuestras sociedades o, en otro plano, que más estaciones de televisión y radio garantizan más información, o aún, asumir que más partidos políticos representan más democracia.

Hay una fuerte tendencia a apartar la culpa de las instituciones y desplazarla hacia los actores sociales, en este caso hacia los jóvenes, a los que se culpa, se estigmatiza e incluso se demoniza haciéndoles pagar la factura de un modelo en crisis.

En el caso de América Latina cuya población menor de 24 años representa alrededor del 30%, la pregunta fundamental, creo, es cuál es la “articulación” que ha dado el Estado en los años del aceleramiento de la crisis a la clasificación “ser joven”. Se habla con bastante tranquilidad del “bono demográfico” de la región, expresión que siempre consigue ponerme nerviosa en tanto indica que los jóvenes son considerados como una especie de “premio extra”, cuya fuerza está disponible para los momentos de mayor oscuridad productiva. Lo que resulta paradójico es que esta conceptualización no logre expresarse en las políticas cotidianas y que lo que sea posible de retener en el transcurso de los tres últimos lustros sea la contradicción más flagrante entre los cuerpos jóvenes como “bono” y esos cuerpos como enemigos o, peor, como cuerpos prescindibles. La retórica de la inclusión sigue elevando a slogan publicitario “su amor por los jóvenes” que puede resumirse en “jóvenes más educados para mejores trabajos”, pero por la vía de los hechos, avanza el cierre de espacios, y de manera más preocupante, el aumento de la brecha entre las ofertas (infinitas) y las posibilidades reales de acceso y elección para millones de jóvenes en la región.

Fotos João Ripper

Sabemos que el significado más acabado de disciplina es el de la optimización de las capacidades del cuerpo en función de un proyecto y, seguimos, parece, trabajando a favor de un mayor disciplinamiento del cuerpo joven en aras de un Estado cada vez más debilitado en el ámbito de la legitimidad -pero no en el ámbito del control- que pretende salvarse a sí mismo escapando de su responsabilidad como garante de la sociailidad: la sociedad estructurándose.

Y el mercado por su parte, travestido de gozo y de inconciencia feliz, avanza, arrasando a su paso los más elementales sentidos de socialidad – la sociedad haciéndose –, escondido en la fascinante y poderosa sensación de independencia que los consumidores de estilos y de “looks” creen conquistar con su performatividad alternativa. Circuitos “undergrounds”, piratería, resistencia pasiva o desentendimiento del mundo que sucede, nada ni nadie está a salvo del control panóptico de un mercado que ha descubierto en el “bono demográfico” un espacio inagotable de opciones: manantial de la juventud, eterna fuente para perpetuarse en el giro que se presume desdramatizado. El nómada feliz y a veces enojado de las narrativas que hacemos venir para pensar, que todavía, es posible mantener al margen.

Los jóvenes desafían a las instituciones. Ni héroes alternativos ni villanos, los jóvenes narran – todavía – el declive de una sociedad que a la manera de Mathieu Kassovitz[1], director de La Haine (El Odio), hace decir a uno de los protagonistas, en tono de burla frente una sociedad que se precipita hacia abajo y que ante la caída sólo puede recitar “hasta aquí todo va bien” anticipando “juguetonamente” – lo que no significa, sin dolor ni miedo – el colapso final. Romper el estribillo de “Jusqu’ ici à tout va bien” que pronuncia para tranquilizarse el suicida que va cayendo pisos abajo de un rascacielos y que sabe que, inexorablemente, se estrellará contra el piso, es quizás el desafío por venir.

No todo va bien y llegados a esta orilla de la historia es importante entender que las culturas juveniles no pueden ser contenidas en la univocidad de una interpretación, sus múltiples repercusiones se despliegan y se expanden en un mundo cada vez más agotado y más perplejo. Instalarse ahí, en el territorio de sus prácticas, afinar la escucha y doblegar el impulso a la respuesta y explicación anticipada, puede ayudar, tal vez, a ubicar por qué, pese a sí mismos, los jóvenes operan como signos de lo político y, a veces, de la política.

Lo ha dicho de manera inmejorable Ulrich Beck “los jóvenes practican una denegación de la política altamente política”. Lo que quiero enfatizar entonces es que no considero que las instituciones actuales sean capaces de estar a la altura de los desafíos, si no asumen seriamente la tarea de su autocrítica.

NA - ¿Qué desafíos los jóvenes ofrecen hoy para los educadores?

Rossana Reguillo - Hace algún tiempo Savater escribía en El País un artículo titulado “domesticar o educar”, a propósito del proyecto civilizatorio de la modernidad y el papel que en ese proceso ha jugado la cultura escrita. Un párrafo me resultó especialmente fuerte y debo confesar que me conmovió en un doble sentido: en lo que tiene que ver con esa emoción que sacude por dentro y de manera especial, en su sentido de agitación violenta que se experimenta no frente al otro, sino junto al otro, con el otro. Decía Savater “En el parque humano restalla el látigo, pero no es el maestro quien lo empuña. A diferencia del arrogante y atrevido domador, el maestro sabe que debe dejarse devorar para que las fieras inocentes se conviertan en ciudadanos conscientes. Muchos están dispuestos a este sacrificio sobre el que reposa el autosostenimiento de la civilización, pero probablemente no son bastantes. Se sienten solos, desconcertados por un dogmatismo imbécil que celebra el pintoresquismo de lo irreductible y desdeña la racionalidad común”.

Dos frases en esta cita, me resultaron especialmente poderosas. En medio de la banalización, de un exacerbado individualismo que considera de “mal gusto” o, mejor, “cursi”, cualquier palabra o gesto puente hacia los demás; en una atmósfera de disoluciones y de crisis estructurales, cómo “socializar” a los nuevos ciudadanos; cómo ser un maestro “dispuesto a dejarse devorar”, para darles paso franco a las nuevas generaciones y sobre todo, cómo hacer del ejercicio de la docencia un encuentro de racionalidades y de sensibilidades que no se transforme en domesticación pero que tampoco acepte el dócil simulacro de una transferencia pragmática de conocimientos y habilidades.

Fotos João Ripper

Hoy un malestar recorre las aulas universitarias, las públicas, las privadas, las mexicanas, las latinoamericanas y en una cosa se equivoca Savater y, tiene, al mismo tiempo, una incontrovertible razón: muchos maestros se sienten solos y desconcertados, pero no frente a lo irreductible (el mundo como fatalidad), ni ante la falta de una racionalidad común (versus el insularismo, la fragmentación y la intolerancia), o por lo menos, no únicamente. La soledad y el desconcierto se experimentan cuerpo a cuerpo, paradójicamente en el bullicio de las aulas, frente a los rostros inquietos y al mismo tiempo tan desencantados de esos jóvenes que raramente se asumen “fieras inocentes, en vías de transformación” y han optado por eludir sentirse “culpables” de casi nada. Es decir, hacen de su desencanto y su reclamo un pragmatismo que golpea y deja sin respuestas; quieren amores posibles y los quieren ahora, quieren saber cómo una idea o un dato es convertible en valor de cambio, instantáneo, objetivo; hacen de su dolor, una fiesta y, de su goce, un mensaje sobre el fracaso de esa “racionalidad común”; desnudan con sus gestos y preguntas o con silencio condescendiente, la historia, para luego escapar, juguetonamente, hacia un territorio en el que son intocables; ahí, donde las palabras retumban con un eco solitario y en las paredes se proyecta, multiplicada, la imagen de un cronos que trata de devorar a sus hijos y estos, en vez de huir despavoridos o de dejarse tragar ritualmente, lo contemplan con rostro indiferente y a veces con ironía juguetona, la del que observa los esfuerzos inútiles de alguien de antemano condenado al fracaso.

En el fondo y quizás, estamos ante un cambio de época, que no se deja ya decir con las imágenes y lenguajes de un periodo en el que las palabras, la racionalidad común, el proyecto conjunto, fueron una manera de atajar la incertidumbre. Decía Savater: “el elemento humanizador por excelencia...es el semejante que se ofrece cuerpo a cuerpo a la devoradora curiosidad juvenil en busca de un alma”. Tal vez, sea momento de preguntar, sinceramente, si estas metáforas siguen siendo pertinentes, es decir, si esos ciudadanos en formación visualizan, como un componente fundamental, “devorar al otro” para afirmar la continuidad de la vida. Quizá, el desconcierto, el malestar, la soledad proviene de dos tiempos que chocan, de dos formas de escucha, de dos palabras diferentes, del espectáculo de un sacrificio estéril.

Hay que confiar pese a todo, contra todo pronóstico, contra nosotros mismos, que esos argonautas del futuro, en medio del enardecido mar de imágenes, de libros, de datos, de acumulación de errores, encontrarán la manera de cuidarse unos a otros y la manera, ¿su manera? de arribar a su “vellocino de oro”. Como quiera que sea, siempre y en cualquier hipótesis será mejor esperar, activamente, a que se produzca el ritual sacrificial en el que los nuevos ciudadanos ocupen sus lugares, que levantar el látigo domesticador en aras de cualquier proyecto, llámese como se llame.

NA - Los jóvenes, ¿cómo se ven ellos?

Rossana Reguillo - ¿Cuáles jóvenes? ¿los más de dos millones que según la CEPAL no estudian y no trabajan en la región? ¿los que representan en Honduras el 70% de los jóvenes urbanos que viven en situación de pobreza, en Ecuador el 58%, en Bolivia, el 53%, en México el 50%? ¿En Argentina y Costa Rica, el 20%, en Brasil el 33% y en República Dominicana el 37%? ¿O tal vez los más de 566.297 jóvenes de 15 a 19 años que provenían de algún país de América Latina, o los 944.891 jóvenes latinoamericanos y caribeños de 20 a 24 años, que habían migrado a los Estados Unidos en busca de una opción de futuro en 1990? ¿O quizás el 6% de los jóvenes mexicanos que sí tienen acceso a internet desde sus propias casas?

La pregunta no es sencilla de despejar, requiere colocarse en un territorio particular. Sin embargo y pese al riesgo de la generalización, puedo detectar en lo general que hoy los jóvenes se caracterizan por: 1) Haber crecido en un contexto de crisis económicas recurrentes; 2)Haber asistido al quiebre estructural del modelo sociopolítico y económico de A.L; 3)Haber sido testigos y en muchos casos protagonistas de los acelerados cambios culturales derivados de la globalización y de la mundialización de la cultura; 4)Representar una generación fundamentalmente urbana; 5)Haber padecido en carne propia y de maneras diversas, el declive de las políticas sociales; 6)En el vocabulario de la gran mayoría de estos jóvenes no existe la palabra “oportunidades” y no entienden lo que significa “Estado de bienestar”; 7)Por su fuerza numérica se han convertido en importante botín electorero. Nombrados, perseguidos, “representados” en las coyunturas electorales como parte fundamental del “desarrollo nacional”.

Estas “características” configuran un horizonte de desesperanza y de falta de confianza en el futuro. Pero creo que lo que he intentado en mi libro Las estrategias del desencanto. Emergencia de culturas juveniles (Ed. Norma, Buenos Aires, 2000), es precisamente dar cuenta de los “efectos” que en el terreno de las identidades juveniles tienen estos procesos. Me parece que es sólo desde los arraigos empíricos (en la “realidad real”) donde adquieren su verdadero sentido las evidencias de la diversidad de formas que organizan, contienen, agrupan a los jóvenes que se confrontan con la multiplicidad de avatares cotidianos, que experimentan los diferentes grupos de jóvenes en su lucha por la sobrevivencia, por la incorporación social, por la conquista de su autonomía en condiciones dignas para la vida.

NA- ¿Quisieras añadir algo más?

Rossana Reguillo - Si, quisiera enfatizar uno de los tres temas que a mi juicio constituye el eje sobre el que se redefinirá en los años por venir los horizontes juveniles: la violencia (los otros dos son la migración y el narcotráfico).

Hoy día uno de los “indicadores” más discutidos para señalar la debilidad del Estado y su incapacidad para contener (en la doble acepción del término) la crisis derivada del neoliberalismo globalizador, es el binomio inseguridad-violencia. La fuerza de este imaginario se ha instalado en el centro de los principales debates liderados por los medios masivos de comunicación que se erigen en la voz acusadora de la implosión del “orden” que cede ante la expansión de un caos incontenible.

La hipótesis que quiero proponer es que ante la pérdida de su capacidad rectora, impugnado por diversos actores de distintas tendencias políticas, desbordado por la capacidad de acción del crimen organizado y, especialmente, debilitado por el embate de las políticas económicas neoliberales de carácter supranacional, el Estado ha encontrado en el combate a la (pequeña) delincuencia un instrumento de ratificación de su poder, un ámbito que concita – lamentablemente – acuerdos y en el plano político-partidista genera votos, además de que “retrata” bien para los medios. Efecto “placebo”[2] que de un lado tranquiliza a una gran mayoría de la población y de otro lado, procede sobre los más vulnerables. De otro modo, resulta difícil entender y explicar el conjunto de “operativos” y constantes violaciones a los derechos humanos de jóvenes y grupos vulnerables a lo largo de la región.

Los “chavos expiatorios[3]” se han convertido en el blanco de estas políticas efectistas y sobre ellos pesa la leyenda negra de una violencia expandida de la que se les pasa la factura, pero sin atender que, aunque efectivamente los jóvenes son hoy las principales víctimas y victimarios de una espiral de violencias que atraviesa la sociedad en su conjunto, el problema tiene dimensiones más amplias y de carácter estructural.

En mi propia investigación (en México, en Argentina, en Puerto Rico, en Venezuela, en Colombia), aparece como un dato recurrente el “temor instalado” entre los jóvenes a las instituciones punitivas del Estado y la experiencia constante de ser víctimas más que victimarios en una sociedad que parece haberles decretado la guerra.

La legitimación de un pensamiento dominante que hoy se fortalece a través de los medios de comunicación y que construye la imagen de los jóvenes de dos formas básicas: como incompetentes y como peligrosos, consolida un imaginario que tiende a justificar la represión que se ejerce contra los jóvenes. La precariedad del estado de derecho que provoca miedo frente a los abusos de poder y desconfianza frente a las instituciones, aísla a los jóvenes y los deja inermes frente a la des-institucionalidad.

Fotos João Ripper

Los jóvenes han contribuido a la expansión del relato terrorífico y disciplinante que pesa sobre la sociedad. Culpabilizados, por la histeria social del deterioro y de la crisis por la que atravesamos. Interlocutores difusos del Estado, sujetos de políticas públicas al tiempo que operadores del mal, las y los jóvenes, configuran la galería de monstruos que la atemorizada América Latina del siglo XXI, produce para contener el miedo que le genera la autocrítica. (NA)


[1] La Haine/Hate. Francia 1995. 95 min. Director: Mathieu Kassovitz. Elenco: Vincent Cassel, Hubert Kounde, Saïd Taghmaoui. Productor: Christophe Rossignon. Guión: MathieuKassovitz Cámara: Pierre Aïm. Editor: Mathieu Kassovitz & Scott Stevenson.
[2] Dice el diccionario que un placebo es una sustancia que “careciendo de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si este la recibe convencido de su acción curativa”.
[3] Debo esta formulación a Carlos Monsiváis.
NA - Hoje se fala muito em culturas juvenis. O que diria que são as culturas juvenis e como se configuram?

Rossana Reguillo
- No contexto das mudanças sociais derivadas das chamadas crises da modernidade – que, de maneira sintética, podem ser entendidas como a ruptura e o desgaste da institucionalidade - e dos relatos que deram coesão e sentido ao pacto social, a pergunta a respeito dos jovens se torna cada vez mais complexa, na medida em que "ser jovem" não é um descritor universal homogêneo, nem um dado que se esgote na acumulação biológica de anos. "Ser jovem" é fundamentalmente uma classificação social e, como toda classificação, supõe o estabelecimento de um sistema (complexo) de diferenças. A articulação dessas diferenças é que confere características precisas, conteúdos, limites e sentido ao continente "ser jovem".

Assim, as "culturas juvenis" são um conjunto heterogêneo de expressões e práticas sócio-culturais cuja especificidade é definida pela atribuição que os próprios jovens fazem a uma certa corrente cultural (por exemplo, o movimento hippie, que pode ser considerado como um precursor destes processos) cujos componentes básicos são a ideologia, o estilo (ou dramatização da identidade) e os consumos culturais (música, literatura, cinema, etc.). Tem sido um conceito chave para os pesquisadores do campo da juventude, na medida em que permitiu que houvesse uma ruptura com certas concepções generalizadoras e uma aproximação dos territórios em que os jovens constróem a sua identidade. É importante enfatizar que, embora o conceito e o que ele tenta denominar tenham estado presente pelo menos desde a segunda metade do séc. XX, foi só até meados da década dos oitenta (quando a ruptura estrutural nas nossas sociedades tornou-se evidente) que os próprios jovens produziram espaços de agrupamento social, de agregação e de sentido na América Latina. As gangues juvenis, os punks e posteriormente os anarcopunks, os góticos, os ravers ou eletrônicos, os metaleiros adquiriram visibilidade ao carregarem consigo uma pergunta incômoda: a do sentido das instituições tradicionais (escola, igreja, família), que foram perdendo credibilidade, tornaram-se menos capazes de acompanhar os jovens em seus processos de incorporação social, e foram impugnadas de forma crescente por essas expressões culturais que já não se mostravam interessadas em transformar a sociedade, mas em evidenciar o seu fracasso.

As canções, o "não" à política, o (aparente) desinteresse pelo mundo, o instante fugaz, o uso do corpo, não podem deixar de exprimir performaticamente uma posição de respeito à sociedade em que se habita. As culturas juvenis expressam um mal-estar profundo, uma crítica ensurdecedora, uma dor mascarada de ironia indiferente, uma angústia afásica travestida de gozo.

Fotos João Ripper
NA
- Que expectativa têm as instituições igreja, família, estado, escola, meios de comunicação em relação aos jovens? Como a Sra. vê estas instituições?

Rossana Reguillo - A minha perspectiva é extremamente crítica (e talvez pessimista). Para começar, eu não perguntaria sobre as expectativas de instituições que, honestamente, têm muito pouco a oferecer, na sua forma atual, às novas gerações. O cansaço e o desencanto juvenis diante das instituições vai além do problema "quantitativo" da carência de espaços. Pensar os jovens e os seus problemas exclusivamente como um problema de exclusão ou marginalização de caráter econômico, estrutural, à margem da análise cultural, pressupõe ou afasta a possibilidade de submeter à crítica reflexiva um "projeto" que não parece capaz de resistir mais tempo. Considero que colocar o assunto nestes termos equivale a pensar que mais polícia, mais armamento e maiores controles sejam suficientes para se opor à insegurança e à violência crescente nas nossas sociedades ou, em outro plano, que mais estações de televisão e rádio garantam mais informação, ou ainda, supor que mais partidos políticos representem mais democracia.

Existe uma forte tendência a afastar a culpa das instituições e transferi-la aos atores sociais: neste caso, os jovens, que são culpados, estigmatizados e inclusive, demonizados e obrigados a pagar a conta de um modelo em crise.

No caso da América Latina, cuja população menor de 24 anos representa ao redor de 30%, a pergunta fundamental seria, a meu ver: qual é a "articulação" que o Estado tem dado à classificação "ser jovem" nos anos de aceleração da crise? Fala-se com bastante tranqüilidade do "bônus demográfico" da região, expressão que sempre consegue me deixar nervosa, na medida em que indica que os jovens são considerados como uma espécie de "prêmio extra", cuja força está disponível para os momentos mais sombrios da produção. O paradoxo é que este conceito não consegue se expressar nas políticas cotidianas, e que aquilo que é possível reter destes três últimos lustros é a contradição mais flagrante entre os corpos jovens como "bônus" e esses corpos como inimigos, ou pior, como corpos descartáveis. A retórica da inclusão continua colocando como slogan publicitário a expressão "seu amor pelos jovens", que pode ser resumida como "jovens com mais formação para melhores trabalhos"; no concreto, contudo, os espaços se fecham cada vez mais e, da maneira mais preocupante, aumenta o abismo entre as ofertas (infinitas) e as possibilidades reais de acesso e escolha para milhões de jovens na região.

Sabemos que o significado mais acabado de disciplina é a otimização das capacidades do corpo em função de um projeto e, pelo visto, continuamos trabalhando, a favor de uma maior disciplina do corpo jovem em nome de um Estado cada vez mais enfrequecido no âmbito da legitimidade (mas não no do controle), que pretende se salvar a si próprio fugindo da sua responsabilidade de garantir a sociabilidade: a sociedade se estruturando.

E o mercado, por sua vez, travestido de gozo e de inconsciência feliz, avança, arrasando à sua passagem os sentidos mais essenciais de socialidade (a sociedade se fazendo), escondido na fascinante (e poderosa) sensação de independência que os consumidores de estilos e de "looks" crêem conquistar com sua performatividade alternativa. Circuitos "undergrounds", pirataria, resistência passiva ou desinteresse do mundo que acontece, nada nem ninguém está salvo do controle panóptico de um mercado que descobriu no "bônus demográfico" um espaço inesgotável de opções: fonte da juventude, eterna fonte para se perpetuar no giro que se supõe desdramatizado. O nômade feliz e às vezes zangado com as narrativas que trazemos à baila para pensar que ainda é possível manter-se à margem.

Os jovens desafiam às instituições. Nem heróis alternativos nem vilões. Os jovens narram - ainda - o declínio da sociedade à maneira de Mathieu Kassovitz[1], diretor de La Haine (O Ódio), que diz a um dos seus protagonistas, em tom de burla, à sociedade que despenca e que, diante da queda, só consegue dizer: "até aqui, está tudo bem", antecipando de forma "brincalhona" - o que significa, sem dor nem medo -, o colapso final. O desafio futuro talvez seja romper com o refrão "Jusqu' ici à tout va bien" pronunciado, para se tranqüilizar, pelo suicida que vai caindo do arranha-céu e que sabe que, inexoravelmente, baterá contra o chão.

Nem tudo está bem e, chegados a esta borda da história, é importante entender que as culturas juvenis não podem ser contidas por uma interpretação unívoca. Suas múltiplas repercussões desdobram-se e se expandem num mundo cada vez mais esgotado e perplexo. Instalar-se aí, no território de suas práticas, apurar a escuta e vencer o impulso à resposta e à explicação antecipadas talvez possa ajudar a compreender por que, apesar de si mesmos, os jovens funcionam como signos do político e, às vezes, da política.

Ulrich Beck disse-o de forma insuperável: "os jovens praticam uma negação da política que é altamente política". O que quero enfatizar, então, é que não acho que as instituições atuais serão capazes de se colocar à altura dos desafios enquanto não assumirem seriamente a tarefa de sua auto-crítica.

NA - Que desafios os jovens hoje lançam aos educadores?

Rossana Reguillo - Faz algum tempo, Savater escreveu em El País um artigo intitulado "Domesticar ou educar", a respeito do projeto civilizador da modernidade e do papel que a cultura escrita representou nesse processo. Achei um parágrafo especialmente forte, e devo confessar que me comoveu em dois sentidos: com essa emoção que sacode por dentro e de maneira especial, com o sentido de agitação violenta que se experimenta não de frente para o outro, mas junto ao outro, com o outro. Dizia Savater: "No parque humano estala o chicote, mas não é o professor quem o empunha. Ao contrário do arrogante e atrevido domador, o professor sabe que deve deixar-se devorar para que as feras inocentes se tornem cidadãos conscientes. Muitos estão dispostos a este sacrifício, no qual repousa o auto-sentimento da civilização, mas provavelmente não são bastantes. Sentem-se sós, desconcertados por um dogmatismo imbecil que celebra o irredutível pitoresco e desdenha a racionalidade comum".

Fotos João Ripper

Duas frases nesta citação me parecem especialmente poderosas. Em meio à banalização de um exacerbado individualismo que considera de "mau gosto" ou, melhor, um "clichê", qualquer palavra ou gesto-ponte em direção aos outros; numa atmosfera de dissoluções e de crises estruturais, como "socializar" os novos cidadãos? Como ser um professor "disposto a se deixar devorar", para abrir passagem para as novas gerações? E, sobretudo, como fazer do exercício da docência um encontro de racionalidades e de sensibilidades que não se transforme em domesticação nem aceite o dócil simulacro de uma transferência pragmática de conhecimentos e habilidades?

Hoje, um mal-estar percorre as salas de aula das universidades – públicas, privadas, mexicanas, latino-americanas –, e numa coisa Savater se engana e, ao mesmo tempo, tem indiscutível razão: muitos professores sentem-se sós e desconcertados
, mas não diante do irredutível (o mundo como fatalidade), nem da falta de uma racionalidade comum (versus o insularismo, a fragmentação e a intolerância), ou pelo menos, não unicamente. A solidão e o desconcerto se experimentam corpo a corpo, paradoxalmente, no movimento das aulas, diante dos rostos inquietos e, ao mesmo tempo, tão desencantados desses jovens que raramente se assumem "feras inocentes, em vias de transformação" e optaram por eludir, sentirem-se "culpados" de quase nada. Quer dizer, fazem do seu desencanto e de sua reivindicação um pragmatismo que golpeia e deixa sem respostas (querem amores possíveis, e os querem agora). Querem saber como uma idéia ou um dado são transformáveis em valor de troca, instantâneo, objetivo. Fazem da sua dor uma festa e do seu gozo, uma mensagem sobre o fracasso dessa "racionalidade comum"; desnudam com seus gestos e perguntas, ou com silêncio condescendente, a história para depois - de forma brincalhona -, naquele território em que são intocáveis, ali onde as palavras retumbam com eco solitário e nas paredes se projeta, multiplicada, a imagem de um Cronos que tenta devorar seus filhos, em vez de fugir apavorados ou deixar-se engolir ritualmente, contemplam-no com rosto indiferente e, às vezes, ironia brincalhona, a de quem observa os esforços inúteis de alguém de antemão condenado ao fracasso.

Talvez no fundo nos encontremos diante de uma mudança de época que já não se deixa mais expressar pelas imagens e linguagens de um período em que as palavras, a racionalidade comum e o projeto conjunto foram uma maneira de deter a incerteza. Dizia Savater: "O elemento de humanização por excelência... é o semelhante que se oferece corpo a corpo à devoradora curiosidade juvenil na procura de uma alma." Talvez seja o momento de perguntar, sinceramente, se estas metáforas continuam sendo pertinentes, quer dizer, se esses cidadãos em formação visualizam como um componente fundamental o "devorar o outro" para afirmar a continuidade da vida. Talvez o desconcerto, o mal-estar e a solidão provenham de dois tempos que se chocam, de duas formas de escuta, de duas palavras diferentes, do espetáculo de um sacrifício estéril.

Temos que confiar, apesar de tudo, contra todo prognóstico e contra nós mesmos, em que esses arrogantes do futuro, em meio ao exacerbado mar de imagens, de livros, de dados, de acumulação de erros, encontrarão a maneira de cuidar uns dos outros e a maneira - sua maneira? - de chegar ao "velocino de ouro". Seja como for, empre e em qualquer hipótese, será melhor esperar, ativamente, que aconteça o ritual de sacrifício em que os novos cidadãos ocuparão seus lugares, do que levantar o chicote que domestica em nome de qualquer projeto, seja este qual for.

Fotos Thiago Ripper

NA - E os jovens, como se vêem a si próprios?

Rossana Reguillo - Que jovens? Os mais de dois milhões que, segundo a CEPAL, nem estudam nem trabalham na região? Os que representam em Honduras 70% dos jovens urbanos que vivem em situação de pobreza? Ou os que representam 58% no Equador, 53% na Bolívia, 50% no México? Ou aqueles que representam 20% na Argentina e Costa Rica, 33% no Brasil e 37% na República Dominicana? Ou, talvez, os mais de 566.297 jovens entre 15 e 19 anos que vêm de algum país da América Latina; ou os 944.891 jovens latino-americanos e caribenhos entre 20 e 24 anos que migraram para os Estados Unidos em 1990 à procura de uma opção de futuro? Ou talvez aqueles 6% de jovens mexicanos que têm, sim, acesso à internet em suas próprias casas?

A pergunta não é simples de elucidar. Para tanto é preciso colocar-se num território particular. No entanto, apesar do risco da generalização, posso detectar, de maneira geral, que hoje os jovens se caracterizam por: 1) terem crescido num contexto de crises econômicas recorrentes; 2) terem assistido à ruptura estrutural do modelo sócio-político e econômico da América Latina.; 3) terem sido testemunhas - e em muitos casos protagonistas - das aceleradas mudanças culturais derivadas da globalização e da mundialização da cultura; 4) representarem uma geração fundamentalmente urbana; 5) padecerem na própria carne e de formas diversas o declínio das políticas sociais; 6) não existir, no vocabulário da grande maioria deles, a palavra "oportunidades" e não compreenderem o que significa "Estado de bem-estar"; 7) por terem se tornado, devido à sua força numérica, um importante botim eleitoral. São nomeados, perseguidos, "representados" nas conjunturas eleitorais como parte fundamental do "desenvolvimento nacional".

Essas "características" configuram um horizonte de desesperança e de falta de confiança no futuro. Mas acredito que o que tentei no meu livro, As estratégias do desencanto. Emergência de Culturas Juvenis (Ed. Norma, Buenos Aires, 2000), foi precisamente dar conta dos "efeitos" que esses processos têm no terreno das identidades juvenis. Parece-me que só a partir do enraizamento empírico (na "realidade real") que adquirem seu verdadeiro sentido as evidências da diversidade de formas que organizam, contêm, agrupam e os jovens que enfrentam inúmeras circunstâncias cotidianas vividos pelos diferentes grupos em sua luta pela sobrevivência, pela incorporação social, pela conquista da autonomia em condições dignas para a vida.

NA- Gostaria de acrescentar alguma outra coisa?

Rossana Reguillo - Sim, gostaria de enfatizar um dos três temas que, ao meu ver, constituem o eixo central em torno do qual se redefinirão, nos próximos anos, os horizontes juvenis: a violência (os outros dois temas são a migração e o narcotráfico).

Hoje em dia, um dos "indicadores" mais discutidos para assinalar a fraqueza do Estado e sua incapacidade de conter (na dupla acepção do termo) a crise derivada do neoliberalismo globalizador é o binômio insegurança-violência. A força deste imaginário instalou-se no centro dos principais debates liderados pelos meios de comunicação de massas, que se erigem na voz acusadora da implosão da "ordem" que cede diante da expansão de um caos sem contenção.

A hipótese que quero propor é que, diante da perda de sua capacidade de governar, impugnado por diversos atores de diversas tendências políticas, ultrapassado pela capacidade de ação do crime organizado e, especialmente, debilitado pelo embate das políticas econômicas neoliberais de caráter supra-nacional, o Estado encontrou no combate à (pequena) delinqüência um instrumento de ratificação de seu poder; trata-se de uma esfera que, infelizmente, suscita acordos e, no plano político partidário, gera votos, além de melhorar a "imagem" diante da mídia. Efeito "placebo"[2] que, por um lado, tranqüiliza uma grande maioria da população e, por outro, atua sobre os mais vulneráveis. É difícil entender e explicar de outro maneira o conjunto de "operações" e constantes violações dos direitos humanos de jovens e grupos vulneráveis em toda a região.

Os "bodes expiatórios"[3] tornaram-se alvo dessas políticas de resultados, e sobre eles pesa a lenda sombria de uma violência ampliada da qual recebem a conta, mas sem entender que, embora os jovens hoje de fato sejam as principais vítimas e algozes de uma espiral de violência que atravessa o conjunto da sociedade, o problema tem dimensões mais amplas e de caráter estrutural.

Na minha pesquisa (que cobre México, Argentina, Porto Rico, Venezuela, Colômbia), aparece como um dado recorrente o "temor instalado", que vai dos jovens às instituições punitivas do Estado, e a experiência constante de ser vítimas mais do que algozes, numa sociedade que parece ter-lhes declarado guerra.

A legitimação de um pensamento dominante que hoje se fortalece através da mídia e que constrói a imagem dos jovens de duas formas básicas - como incompetentes e como perigosos - consolida um imaginário que tende a justificar a repressão exercida contra os jovens. A precariedade do estado de direito, que provoca medo diante dos abusos de poder e desconfiança diante das instituições, isola os jovens e os deixa impotentes diante da desinstitucionalidade.

Os jovens contribuíram para a expansão do relato do terror e da disciplina que pesa sobre a sociedade. Culpados pela histeria social da deterioração e pela crise que atravessamos, interlocutores difusos do Estado, sujeitos de políticas públicas e, ao mesmo tempo, operadores do mal, as e os jovens configuram a galeria de monstros que a atemorizada América Latina do século XXI produz para conter o medo que lhe causa a auto-crítica. (NA)


[1] La Haine/Hate, França, 1995, 95 mins. Diretor: Mathieu Kassovitz. Cast: Vincent Cassel, Hubert Kounde, Saïd Taghmaoui. Producer: Christophe Rossignon. Scrip: Mathieu Kassovitz. Camera: Pierre Aïm. Editor: Mathieu Kassovitz & Scott Stevenson.
[2] Diz o dicionário que um "placebo" é uma substância que "carecendo de ação terapêutica, produz algum efeito curativo no doente, quando este a recebe convencido de sua ação curativa".
[3] Devo esta informação a Carlos Monsiváis.

(A expressão popular original é "chivo expiatorio" e a mesma equivaleria em português, à expressão "pivô". A autora está fazendo um jogo de palavras entre "chivo" – o "carneiro" do sacrifício – e "chavo", termo utilizado no México para denominar aos jovens).

NOVAMERICA
Rua Dezenove de Fevereiro, 160 - Botafogo
22280-030 -
Rio de Janeiro - RJ
Brasil
Tel. (fax): (55) (21) 2542-6244

e-mail: novamerica@novamerica.org.br
CENTRO NOVAMERICA DE EDUCAÇÃO POPULAR
Praça Santos Dumont, 14 - Centro
25880-000 -
Sapucaia - RJ
Brasil
Tel. (fax): (55) (24) 2271-2004
e-mail: centronovamerica@uol.com.br
2003/2010 Novamerica - www.novamerica.org.br - Todos os direitos resevados.