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a Revista de la Pátria Grande


EM DEBATE / EN DEBATE

La formación: desafíos personales y comunitarios
Isabel Achard Uruguai



Uma formação adequada para os educadores supõe uma reestruturação dos sistemas educacionais que facilite a consecução dos verdadeiros objetivos da educação: a promoção das pessoas, seu desenvolvimento pleno, a transmissão de um conjunto de conhecimentos e, fundamentalmente, a melhoria da qualidade de vida dos educandos e da sociedade a qual pertencem. Implica, também, fortalecer a vocação e desenvolver o compromisso ético profissional; adquirir conhecimentos e uma atitude de formação permanente e criatividade curricular; supõe potencializar as relações interpessoais, a capacidade de diálogo e negociação e incorporar criticamente as novas tecnologias de informação.

Foto João Ripper

LOS CONDICIONAMIENTOS DEL ENTORNO O
¿CÓMO TRABAJAN LOS EDUCADORES HOY?

Es imposible contestar la pregunta del título con un alcance universal, pues está muy ligada a cada contexto particular. Además no se trata de una variable independiente; constatamos que la formación de los educadores no está separada de otras dimensiones de su desarrollo personal y profesional tales como: sus objetivos personales, las condiciones en las que desarrollan su trabajo, la organización y la cultura existente en los centros educativos [1]. Profundicemos en las condiciones en que desarrollan su trabajo los docentes, por ser el aspecto más general de los mencionados. La reflexión entonces la haremos desde nuestro contexto particular. Estamos refiriéndonos a un docente estándar que posee las siguientes características:

• Está expuesto a la reducción del poder adquisitivo de su salario. Por eso tiene necesidad de sobrecargarse de horas y desempeñarse en un multiempleo que lo lleva a pertenecer a tres o cuatro centros educativos diferentes en varios turnos para llegar a un sueldo medio [2] , trasladándose de uno a otro mayoritariamente en transporte colectivo. En el caso de primaria nos referimos a maestras que cumplen doble turno, es decir, que son docentes en una escuela por la mañana y otra en la tarde.

• Basta una simple ecuación de tiempo disponible y salario para darse cuenta que el margen para comprar libros y leerlos, concurrir a eventos culturales como cine, teatro, exposiciones y conferencias, resulta escaso. Del mismo modo, sus posibilidades de actualización a través de cursos y estudios sistemáticos sufren las mismas limitaciones.

• Se siente muy demandado por la sociedad en su conjunto y por las familias que piden a la escuela cada vez más contenidos y formación para sus hijos. Las necesidades que hay que satisfacer parecen casi ilimitadas: educación vial, sexualidad, prevención en el uso de drogas, formación ciudadana, educación en valores, acompañamiento psicológico, atención de dificultades específicas, idiomas, una formación tecnológica de avanzada, y actualizados y consolidados conocimientos que les habiliten para seguir niveles posteriores de aprendizaje sin dificultad.

• Es testigo del debilitamiento de la jerarquía social de su profesión. Ante las demandas crecientes, se agudizan las críticas y observaciones sobre el desempeño docente desde diversos agentes sociales: medios de comunicación, padres, políticos, los mismos educandos.

• Sus condiciones institucionales de trabajo empeoran. El número de alumnos por grupo sostenida y gradualmente va creciendo en número y dificultades, especialmente en la enseñanza oficial, pero los presupuestos de educación no aumentan, por consiguiente el personal, el mantenimiento edilicio y los materiales son escasos.

• La escasez de tiempo y la propia estructura de funcionamiento de los centros dificulta que la labor cotidiana se organice y desarrolle en equipos de trabajo. Por el contrario, tiende a reproducir esquemas de funcionamiento individuales y rutinarios.

• El alumnado con el que se trabaja tiene niveles deficitarios de socialización básica (hábitos, modales, disciplina) y escasos hábitos de estudio (rutinas de trabajo, tareas domiciliarias). Hay muchos alumnos y pocos estudiantes. El trabajo y el esfuerzo no forman parte de la cultura adolescente y son muy cuestionados en la actual sociedad posmoderna.

La carrera docente brinda como tal, pocos incentivos y posibilidades de progreso o desarrollo profesional, exceptuando los cargos de gestión (dirección de centro) que no son atractivos para todos. Las únicas opciones son, entonces, la formación de docentes o aspirar a ser inspector ( muy pocos cargos).

• Las tensiones cotidianas que experimenta repercuten en su salud, no es casual, que se hayan escrito libros sobre el “malestar docente” [3] y se mencione el estrés y el “burn out” como mecanismos que somatizan las preocupaciones de los educadores. Los problemas físicos repercuten en el estado de ánimo y vitalidad de los docentes. Estas dificultades de salud producen inasistencias y licencias médicas frecuentes, realmente significativas. Resulta difícil poder discriminar estas causales porcentualmente en los números totales de inasistencias.

• No se aplican prácticamente mecanismos de evaluación directa de la tarea desempeñada por cada docente a nivel de centro, lo que termina siendo una falta de estímulo y reconocimiento para quien se empeña en mejorar su labor.[4]

• El docente ha sentido en varias oportunidades el desconocimiento de sus competencias profesionales en oportunidad de la implementación de reformas del sistema educativo que se han aplicado sin su consulta.

• En la encuesta organizada en el marco del convenio entre la Administración Nacional de Educación Pública y el Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación de UNESCO se consultó a los propios docentes sobre los cambios posibles en sus condiciones laborales. El análisis concluye: “hubo prácticamente unanimidad respecto a la conveniencia de mejorar el salario de forma de remunerar las horas de trabajo fuera del aula (98.3%), ampliar el tiempo y las posibilidades de trabajo en equipo con otros colegas, tanto en el aula como fuera de ella (94.2 %) y favorecer la concentración horaria de los docentes en un solo establecimiento (92.1 %). A su vez, se recogió un alto nivel de acuerdo (tres de cada cuatro encuestados) respecto a que habría que diversificar la carrera docente creando otras funciones técnico-pedagógicas más allá de la división maestro-director-supervisor (77.4%)”.[5]

Foto João Ripper

EL CONCEPTO DE EDUCACIÓN

¿Por qué nos detenemos a realizar estas consideraciones preliminares?

Porque estamos convencidos de que una buena formación para los educadores supone una revisión profunda de la concepción misma de la educación, que conlleva una mejor y más justa organización social. Una reestructura de los sistemas educativos que facilite el logro de los verdaderos objetivos de la educación: la promoción de las personas, su desarrollo pleno, acompañando el proceso que supone no sólo trasmitir un conjunto de conocimientos sino, fundamentalmente, una mejora de la calidad de vida de cada educando y de la sociedad toda a la que pertenecen.

Con una mirada sincera, hoy debemos reconocer que, en muchos casos, la función de los centros de educación formal se limita a una contención social, asistencial, en la medida que se ha incluido la alimentación como “anzuelo” para la alfabetización, con una visión utilitaria y reduccionista de la misión educativa.

El Informe “La educación encierra un tesoro”, toma a la educación en su real magnitud: como un derecho de todos, afirmando que “la finalidad principal de la educación es el pleno desarrollo del ser humano en su dimensión social”. Y continúa: “una de las primeras funciones que incumben a la educación consiste en lograr que la humanidad pueda dirigir cabalmente su propio desarrollo. En efecto, deberá permitir que cada persona se responsabilice de su destino a fin de contribuir al progreso de la sociedad en la que vive.” “La educación – enfatiza - constituye un bien de carácter colectivo que no puede regularse mediante el simple funcionamiento del mercado”. Más adelante agrega: “una nueva concepción más amplia de educación debería llevar a cada persona a descubrir, despertar e incrementar sus posibilidades creativas, actualizando así el tesoro escondido en cada uno de nosotros, lo cual supone trascender una visión puramente instrumental de la educación, percibida como la vía obligada para obtener determinados resultados (experiencia práctica, adquisición de capacidades diversas, fines de carácter económico), para considerar su función en toda su plenitud, a saber, la realización de la persona que, toda ella, aprende a ser”. [6]

En consonancia con estas afirmaciones, queremos explicitar que para poder pensar en qué aspectos importa formar a un educador, estamos apelando a una propuesta que se ajuste a un modelo previo de lo que consideramos debe ser un docente, un modo de concebir la persona humana, un “tipo de persona” que definimos a través de su quehacer cotidiano, en relación directa con la misión que desempeña con sus educandos.

Foto João Ripper

UNA PROPUESTA ABIERTA, UNA INVITACIÓN A LA REFLEXIÓN

En momentos difíciles como los actuales, signados por rápidos cambios, es realmente aventurado señalar cuáles son los elementos esenciales en la formación de los educadores. Por qué decimos “aventurado”, porque el primer impulso nos lleva a enumerar un amplio listado de requisitos para quien quiera ser hoy docente, y luego buscar los mecanismos y contenidos necesarios para garantizar ese “producto final”.

Decididamente ya no se trata de pensar concienzudamente en la formación inicial ni solamente en la formación en servicio, debemos centrarnos en la formación permanente de los educadores, en ese “aprender a ser” diario, que involucra a la persona del educador.

Sin embargo, la experiencia nos impulsa a revisar ese listado prescriptivo, y concluir que más allá de los contenidos que podamos trasmitir, la verdadera formación del educador tiene otros ingredientes por demás significativos e importantes. Por eso pensamos en un conjunto de elementos que consideramos fundamentales y que involucran el desarrollo de cualidades éticas, intelectuales y afectivas.

El compromiso con el trabajo es la fuerza motriz de todos los demás elementos, el educador que quiere su labor y a sus educandos buscará siempre la forma más adecuada para lograr sus objetivos. La pregunta clave es: ¿cómo mejorar el espíritu, las ganas y el compromiso creativo con la labor, pese a las condiciones adversas que ya enumeramos?

Buscando mecanismos y estrategias compensatorias creativas para cada una de las dificultades señaladas, mientras se procuran los cambios estructurales necesarios para modificarlas de base.

Pensando y actuando en positivo, y basándonos en experiencias conocidas o propias, se nos ocurren los siguientes:


• Fortalecer la vocación y desarrollar el compromiso ético profesional.

Tanto en investigaciones nacionales como en estudios regionales, se constata el fuerte componente vocacional que expresan quienes se preparan como docentes y quienes se dedican a la tarea. Expresiones vinculadas a las nociones de servicio y realización personal son frecuentes y comunes a todos los casos. “Los docentes uruguayos encuentran su mayor fuente de satisfacción laboral en la actividad de enseñanza en sí misma y en el vínculo afectivo con los alumnos”[7].

Creemos, no obstante, que la práctica cotidiana refleja menos vocaciones que las encuestas y la diferencia podemos atribuirla fundamentalmente a las condiciones de trabajo. La colaboración y reflexión compartida en equipo de educadores contribuye a la seguridad y crecimiento de cada uno.

Fortalecer la vocación significa reencantarse con el llamado inicial que nos impulsó a la docencia, descubrir los motivos que nos acercaron a niños y adolescentes y acrecentarlos.

Para lograrlo debemos combatir la masificación que nos priva del sentimiento de cercanía y el deseo y la posibilidad de resultarles significativos
. El esfuerzo por personalizar debe darse dentro de los límites humanos. No podemos pedir a un educador que personalice a los 250 educandos que trata en la semana, en tiempos cortos y fraccionados, mientras corre de un grupo a otro. Su sentimiento será siempre de impotencia y superación. Pero sí podemos fijarnos un subgrupo, y coordinadamente con otros educadores distribuir el número de educandos para mejorar la calidad de nuestros encuentros y lograr que el sentimiento de influencia y comunicación personal sobreviva.

Foto João Ripper


• Adquirir conocimientos y actitud de formación permanente que permitan obtener y sostener la solvencia profesional.

La capacitación profesional específica es en definitiva la que nos permite desempeñar el rol de educadores. Hay que conocer la materia, (tomada en sentido amplio, cualquiera sea nuestra especialidad [8]) dominar sus contenidos, saber con propiedad sobre los temas que tratamos y además saber enseñarla, saber trasmitirla de forma amena y clara. La didáctica facilita al educando los aprendizajes volviéndolos accesibles, con maneras sencillas y amenas pero no por ello menos exigentes. Se trata de ser un buen comunicador, alguien que estimule el deseo de saber más y no de transformarse en un erudito inaccesible.

No estamos pensando solamente en una buena formación didáctica inicial. La actitud de un buen educador debe ser de búsqueda y aprendizaje permanente. Estamos hablando de la necesidad de incorporar la reflexión-acción como un ingrediente básico, constitutivo de la tarea educativa. Esta formación continua cuando surge como necesidad y se institucionaliza desde el propio centro educativo, proporciona motivación y seguridad a sus integrantes, estimula la creatividad y genera nuevas perspectivas de trabajo. Es importante estimular el desarrollo de proyectos de mejora autogestionados que favorecen esta actitud dinámica de búsqueda de alternativas provechosas para todos.


• Desarrollar capacidades para ser creadores de currículo.

Como mencionamos anteriormente, ni todos los educadores permanecen iguales con el correr de los años de ejercicio profesional ni todos los educandos son idénticos, ni las necesidades educativas de cada momento histórico son las mismas. Esta realidad ubica al educador en un rol necesariamente flexible, abierto a las innovaciones que lo cuentan como protagonista principal para los cambios.

Estamos hablando de desarrollar por ejemplo, la capacidad de evaluación y autoevaluación, identificando debilidades y fortalezas para generar propuestas y proyectos de mejoramiento que desarrollen nuestro ser profesional estimulando nuestra creatividad.

En este entorno que nos desafía, y frente a la necesidad de hacer propuestas educativas de peso, capacitarnos para ser agentes transformadores propositivos y no meramente espectadores críticos de la realidad. Es necesario promover la participación activa de todos los participantes del proceso educativo desde sus respectivos roles, creando currículo e involucrando a los educandos en su propia formación, sintiéndose todos protagonistas de la propia vida y formación.


• Potenciar las relaciones interpersonales, la capacidad de diálogo, exigencia y negociación: con los educandos, los colegas, las autoridades del centro y los padres.

En un mundo globalizado o que tiende a serlo, el respeto por la diversidad, la integración de habilidades y personas, el trabajo en equipo son ingredientes indiscutidos para quienes vivencian su propio ser en desarrollo.

¿Cómo puede un educador transmitir lo que no experimenta? Desde hace unos años en los ambientes educativos se escucha la siguiente afirmación: “sin coordinación no hay educación”. Cada vez es más claro que nadie educa solo, y que el enriquecimiento que brinda la diversidad no tiene sustituto.

El compromiso de crecimiento y desarrollo personal del educador pasa por un desafío consigo mismo en primer lugar, con sus educandos y con sus colegas, fomentando la consolidación de una comunidad que aprende. Para lograrlo es necesario potenciar el desarrollo de habilidades personales: elaboración de pensamiento crítico, observación del mundo, obtención de datos y análisis, resolución de situaciones; y habilidades colectivas como el trabajo en equipo, la negociación, las relaciones interpersonales, la capacidad de encuentro y la solidaridad.

El intercambio de ideas mejora las prácticas educativas generando a su vez un clima de compromiso recíproco y colectivo que lleva a valorar el esfuerzo de todos para conseguir objetivos comunes. Mejorar las capacidades de comunicación personales, grupales e institucionales, tanto escrita como oral, ahorraría muchos inconvenientes. Desarrollar capacidades para establecer con claridad adecuadas normas de convivencia y manejo de la disciplina, condiciones indispensables para crear un clima de trabajo ordenado y armónico.

Sólo los educadores a través de su actuación formativa y educativa pueden con una actitud dinámica de búsqueda constante encontrar los caminos y metodologías adecuadas para llegar a cada educando, sin perder el clima y trabajo conjunto.


• Incorporar críticamente las nuevas tecnologías de información.


No podemos quedar a un lado del camino del conocimiento. Se han incorporado nuevas tecnologías de manejo de información y comunicación y no existen dudas razonables que nos lleven a pensar que se trate de una moda pasajera.

Resulta inadmisible que un educador que se precie de acompañar en el crecimiento y desarrollo a sus educandos, se abstenga de incorporarse como usuario de estos nuevos mecanismos tecnológicos que facilitan el acceso a materiales actualizados, posibilidades de educación a distancia y capacitación o participación en foros, comunicación con colegas y/o educandos e inclusive la posibilidad de incorporarlos como recursos didácticos. Si bien tiene un costo, parecen ser más las ventajas que ofrece al salvar -en cierto modo- la complicada ecuación tiempo-salario de los educadores que señalamos al comienzo.

Cuando incluimos la palabra críticamente nos referimos al análisis que precede estos cambios. No se trata de sustituir clases por diskettes o hacer maravillosas presentaciones en Power Point. A esta altura pienso que todos hemos presenciado educadores totalmente “huérfanos” de argumentos cuando su computadora sufre alguna falla técnica. Las tecnologías son apoyos, recursos con los que podemos contar, de ningún modo pueden ser sustitutos de nuestra labor. Desconocer su valor y negarnos a incorporarlas como herramientas a nuestro servicio resulta tan inadmisible como entronizarlas y hacer de ellas nuestro único objetivo.

Foto João Ripper

EN CONCLUSIÓN

La pregunta inicial nos llevó a revisar nuestra concepción de la educación, nuestro compromiso vocacional, nuestras limitaciones y también nuestras posibilidades.

Encontramos un interesante y vasto campo de desafíos personales y comunitarios. No olvidemos que nuestro crecimiento y desarrollo son continuos como personas, como comunidad y como Humanidad.

Después de todo lo expuesto, surge con mayor fuerza la necesidad de reubicar como protagonistas principales de su propia formación a los educadores, facilitando el desarrollo de habilidades para autogestionar su formación permanente. (NA)


ABREO, Verónica. Ética de la docencia. Fichas de ética en una sociedad plural. Obsur Montevideo, 1999.

ALVAREZ, Manuel. El liderazgo de la calidad total. Editorial Praxis, Barcelona , 1998.

ANEP-UNESCO/IIPE Los docentes uruguayos y los desafíos de la profesionalización. Informe de difusión pública de resultados. Rosgal , Montevideo, 2003.

DELORS, Jacques. La educación encierra un tesoro. Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI. 1996.

ESTEVE, José Manuel – El malestar docente. Paidos 1997.

INSTITUCIÓN TERESIANA. Educar en tiempos difíciles. Propuesta socio-educativa de la Institución Teresiana en América Latina. Consejo de Cultura 2002.

MARCHESI, A. y Martín, E. Calidad de la enseñanza en tiempos de cambio. Alianza Editorial. Madrid 1998.

NAVARRO, Juan Carlos. ¿Quiénes son los maestros? Carreras e incentivos en América Latina. BID Washington D.C., 2002.

OEI - Organización de Estados Iberoamericanos. Una educación con calidad y equidad. Encuentro Internacional sobre formación de profesores de Educación Básica. Madrid 1998.

ROSSI, Jorge. El malestar docente. Hacia la reconstrucción de la fe perdida. Dobleclic Editora, Montevideo. 2001.

SOLER, Miguel. Dos visiones antagónicas de la educación desde la atalaya internacional. En Revista: Voces. Educación, política y sociedad. Asociación de Educadores de Latinoamérica y del Caribe Nº2 diciembre 1997.

VOLI, Franco. La autoestima del profesor. Manual de reflexión y acción educativa. PPC Editorial, Madrid, 1996.

[1] Marchesi y Martín, Calidad de la enseñanza en tiempo de cambios.
[2] Sólo el 25.4% de los profesores de liceo en Uruguay trabajan en un solo centro educativo, según datos del relevamiento realizado por convenio de ANEP con el IIPE-UNESCO en los años 2001 y 2002.
[3] Ver en la bibliografía: Esteve (1997) y Rossi (2001).
[4] Aunque formalmente existen los informes de dirección, en la mayoría de los casos la preocupación es más burocrática a la hora de completarlo, que su empleo como mecanismo de supervisión.
[5] ANEP-UNESCO/IIPE “Los docentes uruguayos y los desafíos de la profesionalización”. Pág.50.
[6] Delors, J. “La educación encierra un tesoro”. Págs. 55, 88, 185 y 96.
[7] ANEP-UNESCO/IIPE “Los docentes uruguayos y los desafíos de la profesionalización”. Pág. 46
[8] Incluso como padres, tenemos en primer lugar que informarnos sobre muchos temas que hacen al acompañamiento de las edades por las que van pasando nuestros hijos.

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