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La Revista de la Pátria
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IDÉIAS
EM REDE / IDEAS EN RED
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Prácticas
intelectuales latinoamericanas en cultura y poder
la
problemática entrada en América Latina de la idea de
“estudios culturales”[1]
Daniel Mato
Universidad Central de Venezuela
dmato@reacciun.ve

Ao
analisar a associação “automática” da idéia de “intelectual”
com as de investigação e/ou de escrita ensaística, o
artigo reflete acerca da importância da variedade de
formas que assumem as “práticas intelectuais”. Isto
nos leva a valorizar o caráter intelectual de outras
práticas sociais que incluem componentes analítico-interpretativos
e que não necessariamente estão orientadas a produzir
escritos, mas outras formas de ação. Esse amplo e diverso
campo de práticas intelectuais em cultura e poder inclui,
tanto as práticas que se desenvolvem em meios universitários
e na produção de “estudos”, como as que se desenvolvem
no marco de diversos movimentos sociais, “as artes”,
algumas organizações governamentais, sindicatos, organizações
populares e de organizações e iniciativas de diversos
setores de população.
Este texto descansa en tres líneas de reflexión.
La primera gira en torno a la idea de “prácticas intelectuales”.
La segunda refiere al par “cultura y poder”, con el
cual quiero destacar la importancia social del conjunto
de prácticas intelectuales que se articulan en torno
a los aspectos culturales (simbólico- sociales) de lo
político y a los aspectos de poder en lo cultural. La
tercera línea de reflexión está orientada a comentar
algunos problemas y oportunidades que plantea la entrada
de la idea de “Estudios Culturales” en América Latina.
SOBRE LA IDEA DE “PRÁCTICAS INTELECTUALES”
La idea de “prácticas intelectuales” resulta útil para
cuestionar el “sentido común” resultante de la hegemonía
que la institucionalidad académica y las industrias
editoriales han venido ejerciendo sobre la representación
de la idea de “intelectual”, así como para destacar
la importancia de la amplia diversidad de formas que
asumen las “prácticas intelectuales”. En este sentido
es necesario analizar críticamente la asociación “automática”
de la idea de “intelectual” con las de investigación
y/o de escritura ensayística, para poder reflexionar
acerca de la importancia de la variedad de formas que
asumen las “prácticas intelectuales”, es decir todo
aquello que los intelectuales hacemos. Esto nos permite
valorar el carácter intelectual de otras prácticas sociales
que también incluyen componentes analítico interpretativos
pero que no necesariamente están orientadas a producir
escritos, sino a otras formas de acción.

Estas otras prácticas intelectuales incluyen por ejemplo
las que tienen lugar en el ámbito docente (no siempre
asociadas a la investigación), o bien en la creación
codificada en las diversas “artes” y/o en las llamadas
“industrias culturales”, así como algunas que se desarrollan
en el marco de organizaciones y movimientos sociales
(feministas, afro-latinoamericanos, indígenas, de derechos
humanos, de trabajadores, de desempleados, de campesinos,
etc.) y en agencias gubernamentales y organizaciones
no-gubernamentales. Diferentes tipos de prácticas
intelectuales responden a intereses particulares y condiciones
contextuales específicas.
El problema que las concepciones academicistas no
han logrado comprender es que tanto las propias preguntas
de investigación, como los modos de producción de las
investigaciones (lo que usualmente se llama métodos),
dependen en última instancia de opciones epistemológicas,
las cuales están asociadas a posiciones éticas y políticas
que dependen entre otros factores del tipo de relaciones
que se sostiene o se aspira a sostener con actores sociales
extra académicos. Las posiciones éticas y políticas
son constitutivas del piso epistemológico y de las perspectivas
teóricas de nuestras investigaciones; y así también
de las preguntas y de los métodos. De este modo lo son
también de los resultados de las investigaciones, y
ello tanto respecto de su contenido, como de su forma:
publicaciones de textos dirigidos a los colegas, impresos
en tinta y papel, o últimamente también en formato digital-electrónico,
aunque conservando todas las características propias
de los impresos en tinta y papel. De las respuestas
a preguntas del tipo ¿para qué y para quién/es investigar?
depende qué investigar, cómo, con quiénes, en el marco
de cuáles relaciones, con cuáles propósitos. De
tales respuestas también dependen decisiones tales como
si la investigación en cuestión acabará en una publicación
en tinta y papel o qué “cosa” (un video, un cassette
de audio, un programa de acción comunicativa, educativa
o de organización social, etc.), y cómo pensamos que
tales “cosas” deberían o podrían circular y/o ser útiles,
a quiénes, qué importancia tendrían los resultados y
cuáles los procesos.
Lo mismo que otras prácticas sociales, las prácticas
intelectuales no tienen formas congeladas en el tiempo,
sino que se transforman permanentemente. Respecto de
las prácticas intelectuales que denomino “en cultura
y poder” actualmente juegan combinadamente varias fuerzas
contrapuestas. Por un lado tenemos el avance de algunos
desarrollos transgresores de las fronteras disciplinarias
(entre otros los así llamados “estudios culturales”
y algunas corrientes “postmodernistas”) pero que muchas
veces acaban naturalizando las fronteras entre las prácticas
intelectuales que se desarrollan “dentro” y “fuera”
de la academia. Por otro lado, tenemos que esta división
es crecientemente reforzada a través de ciertos discursos
y políticas públicas “modernizadores”, productivistas
y profesionalizantes, para los ámbitos educativo y de
ciencia y tecnología. Por otro tenemos las innovaciones
que emergen en el seno de diversos sectores y movimientos
sociales, así como las críticas que desde éstos se formulan
a la academia. A todo esto se añaden los intercambios
que con mayores o menores conflictos se realizan desde
estos diversos ámbitos.
HACIA
UNA MAYOR VISIBILIZACIÓN DEL CAMPO DE PRÁCTICAS INTELECTUALES
EN CULTURA Y PODER
Las tendencias antes descriptas no operan en el vacío.
En América Latina, como en otras regiones del mundo,
no sólo actúan estas fuerzas, sino que existen importantes
tradiciones de prácticas intelectuales que entran en
relaciones de intercambio, negociación y/o conflicto
con ellas. Existe un campo amplio y diverso de prácticas
intelectuales en cultura y poder, el cual no sólo
incluye las prácticas que se desarrollan en medios universitarios
y la producción de “estudiosos” que asumen la forma
de publicaciones académicas, sino también otros tipos
de prácticas que también poseen carácter reflexivo y
analítico interpretativo. Estas últimas se despliegan,
por ejemplo, en el marco de diversos movimientos sociales
(por ej.: feminista, indígena, afrolatinoamericano,
de derechos humanos, etc.), “las artes” (este texto
no es apropiado para discutir esta denominación que
adopto aquí sólo a los fines prácticos), e incluso en
el de algunas organizaciones gubernamentales (de diversos
niveles, municipales, provinciales, regionales, nacionales),
sindicatos, organizaciones populares y una amplia variedad
de organizaciones e iniciativas de diversos sectores
de población.
Respecto de aquellas prácticas en cultura y poder que
sí producen estudios, quizás un elemento característico
de muchas de ellas es que las iniciativas de investigación
no se relacionan simplemente con preguntas del tipo
¿Qué investigo? Sino también con las del tipo ¿Para
qué investigo? O también acerca de si investigo “sobre”
ciertos actores o grupos sociales, o “con” esos actores
o grupos sociales. Estas dos últimas preguntas son de
carácter ético y político, y ellas condicionan de entrada
las preguntas de investigación, la aproximación epistemológica,
la elaboración teórica y los planteos de método. Las
prácticas intelectuales que aquí estoy llamando “otras
prácticas” no necesariamente producen investigaciones,
sino que se expresan a través de otras formas con componentes
reflexivos, o de producción de conocimiento. Ejemplos
de estas son las que involucran trabajo con diversos
grupos sociales en experiencias de autoconocimiento,
fortalecimiento y organización, las de educación popular,
las de promoción cultural, las de creadores en diversas
artes, entre otras.
Las prácticas intelectuales en cultura y poder en
América Latina frecuentemente muestran vínculos entre
lo que ocurre en el ámbito académico y lo que ocurre
fuera de él (esto también ocurre en otras latitudes
pero este texto se centra en la experiencia latinoamericana).
Dejando de lado antecedentes históricos más antiguos,
si nos limitamos a las últimas décadas, resulta inevitable
hacer referencia a la experiencia de Paulo Freire y
de quienes se han apropiado de sus ideas y las han aplicado
no sólo en el ámbito pedagógico, o a las del sociólogo
colombiano Orlando Fals Borda y de quienes trabajan
en la perspectiva conocida como Investigación Acción
Participativa. También son importantes las experiencias
y aportes desde diversos movimientos teatrales, como
por ejemplo los casos de Augusto Boal desde Brasil y
Eduardo Pavlovsky desde Argentina, o más reciente el
Grupo Olodum desde Bahía, Brasil y los del movimiento
de teatro de calle. Otro tanto puede decirse respecto
de otras artes, como música y canción, humorismo gráfico,
cine y video, entre otros. También han sido importantes
las experiencias y aportes de los intelectuales participantes
en diversos movimientos sociales en casi todos los países
de la región, por ejemplo en los movimientos feminista
y de mujeres, indígena, afrolatinoamericano, de derechos
humanos. El hecho que las prácticas de buena parte de
los intelectuales latinoamericanos se desarrollen “fuera”,
o al menos “más allá”, o “afuera” y “adentro”, del ámbito
académico no sólo resulta significativo desde un punto
de vista político, sino también por su poder para estimular
desarrollos teóricos innovadores. Esto incide no sólo
en la elección de temas, sino también en la reflexión
ética y epistemológica que condiciona las preguntas
y modos de investigación o de producción de otros tipos
de prácticas y discursos. Un asunto importante respecto
de los intelectuales de los movimientos sociales, en
especial de los movimientos indígenas y de afrodescendientes,
es la importancia relativa de la oralidad respecto de
la escritura.
En medios intelectuales latinoamericanos es común
hacer explícitos los intereses de intervención en el
diseño de políticas de diversos actores sociales.
No sólo respecto de las de los gobiernos nacionales
y sus agencias, sino también en las de organismos internacionales,
así como en las de organizaciones de derechos humanos,
indígenas, afrolatinoamericanas, feministas, de educación
popular, de animación sociocultural y de diversos movimientos
sociales. Si procuramos definir el campo con referencia
a las experiencias en América Latina resulta necesario
comenzar por cuestionar la hegemonía de las ideas de
“estudios” y de “investigación”, al menos como excluyentes,
para abrir lugar a la idea de “Prácticas Intelectuales
en Cultura y Poder”. La idea de “prácticas intelectuales”
incluye a las ideas de “investigación” y de “estudios”.
Realizar “investigación” o “estudios” constituye un
cierto tipo de práctica intelectual. Pero estas formas
no agotan el campo de las “prácticas intelectuales”,
también existen “otros” tipos de prácticas intelectuales.
No hay oposición entre las ideas de “estudios” e “investigación”
y la de “prácticas intelectuales”.
LA ENTRADA E INSTITUCIONALIZACIÓN EN AMÉRICA LATINA
DE LA IDEA DE “ESTUDIOS CULTURALES”
Desde hace alrededor de una década en América Latina
asistimos a un proceso de institucionalización de lo
que algunos colegas llaman “Estudios Culturales”, como
resultado de la traducción de la idea de “Cultural Studies”.
Esta última identifica a una interesante y renovadora
corriente intelectual originada en Birmingham, Inglaterra,
a finales de la década de 1950, que más recientemente
ha sido resignificada y proactivamente exportada desde
la academia estadounidense. Esta idea ha comenzado a
ser adoptada de diversas formas por académicos latinoamericanos,
algunos lo han hecho de formas un tanto auto-subordinantes,
otros de maneras más creativas y auto-referidas. De
uno u otro modo, la traducción literal y adopción de
esta idea resulta problemática. Porque si bien esta
corriente tiende a cuestionar algunas estrecheces disciplinarias
y fronteras inter-disciplinarias y a politizar algunos
quehaceres disciplinarios dentro del ámbito académico
(sobre todo en literatura, más que en las llamadas ciencias
sociales), también tiene consecuencias que considero
indeseables. Entre estas últimas, por ejemplo, la adopción
de jergas y costumbres academicistas que refuerzan las
fronteras entre las prácticas académicas y otras prácticas
intelectuales; la invisibilización de significativas
prácticas intelectuales latinoamericanas que desde la
camisa de fuerza de los “Cultural Studies” (se traduzca
la idea o no) simplemente “no se ven”; el reforzamiento
de relaciones con la academia de habla inglesa, a través
de revistas especializadas, traducciones, postgrados
y eventos internacionales, a costa del debilitamiento
de relaciones con colegas y otros actores sociales locales
o latinoamericanos; el reforzamiento de la importancia
de las publicaciones y con ello del lugar de la escritura
respecto de la oralidad, así como de las publicaciones
en inglés por sobre las en español y portugués; y la
ilusión de una cierta politicidad muchas veces bastante
retórica que desplaza a asentadas tradiciones de politización
efectivamente promotora de relaciones con actores sociales
extra-académicos.
Este proceso de institucionalización es parte de la
configuración mundial de este campo, y resulta significativo
para el establecimiento del sistema de valores y de
supuestos éticos, políticos y epistemológicos en que
se asienta, para el sistema de categorías de análisis,
preguntas y modos de investigación que se consideran
parte del mismo y los que no, para el sistema de autores
que se consideran referencias ineludibles, etc. El proceso
transnacional de institucionalización de los así llamados
“Cultural Studies” se da a escala mundial, en un contexto
histórico en el cual existen significativas relaciones
de poder entre instituciones académicas e individuos
de diferentes áreas del mundo, en el cual la publicación
de ideas en inglés ejerce particular influencia en la
configuración de los paradigmas fundamentales del campo.
Esto se debe tanto a la preexistencia de relaciones
de poder inter-sociedades asociadas a procesos históricos
de larga data, como a diferencias contemporáneas relativas
a recursos accesibles a universidades y editoriales
y de magnitud de los mercados profesionales y lectores
entre diversas áreas del mundo. No sólo el uso del inglés
vs. el castellano o el portugués marca diferencias en
el poder de definición del campo y sus paradigmas, también
las marca el uso de estas lenguas coloniales (hoy oficiales
de los estados latinoamericanos) vs. la expresión en
lenguas indígenas que caracteriza las prácticas de no
pocos intelectuales indígenas en varias sociedades latinoamericanas.
Las diferencias de poder también se relacionan con el
hecho que las prácticas basadas en la academia tienen
a la escritura como principal medio vs. otros medios
utilizados por intelectuales fuera de ella: la oralidad
presencial y/o la radio y diversos medios visuales y
audiovisuales. No es sólo el inglés vs. otras lenguas,
sino también la escritura vs. la oralidad y otros medios.
La preeminencia de la escritura respecto de la oralidad
y de otras prácticas se expresa en la hegemonía de la
idea de “Estudios” (“Studies”) para definir una corriente
intelectual cuyo carácter político ha sido enfatizado
tanto por quienes hoy se autoidentifican como partícipes
de ella, como por aquellos frecuentemente señalados
como sus “fundadores”. ¿Acaso un campo proclamadamente
político sólo da lugar a “Estudios”? ¿Qué sucede con
otras formas de práctica intelectual? ¿Dónde quedan
las prácticas no escritas en el seno de movimientos
sociales y en las “artes”?

La creciente importancia académica de los “Cultural
Studies” en Estados Unidos y Gran Bretaña se ha dado
combinadamente con una pérdida de importancia de la
condición política que se supone le era propia. Su carácter
político ha venido disolviéndose en una retórica de
los asuntos de poder que no permite ver las prácticas
de los actores sociales; mero asunto de análisis de
textos y discursos, puestos en contextos en los que
no se da cuenta de prácticas sociales específicas. Y
con esa marca se incorporan en América Latina. El problema
es que si los análisis no muestran las prácticas de
los actores sociales y las dinámicas de poder entre
estos, entonces estos análisis resultan de poca utilidad
a los actores sociales. Se convierten en mero conocimiento
erudito, de salón, afirmación de distinción social,
o incluso construcción de relaciones de poder a través
del conocimiento. Peor aún, muchas veces se trata de
conocimiento sobre grupos sociales en situaciones de
desventaja social y/o política que se vuelca por escrito
en publicaciones académicas que estos grupos no leerán,
sea por un asunto de diferencia de idiomas, o cuando
es el mismo idioma por el uso de jergas de especialistas.
El señalamiento del carácter importado de la idea de
“Cultural Studies” no obedece a ningún tipo de sentimiento
xenófobo, ni nativista. Por el contrario, creo imprescindible
reconocer que en su contexto de origen el nombre “Cultural
Studies” designa una tradición intelectual rica y renovadora,
con la cual es provechoso dialogar y de la cual —como
de otras— se puede aprender. Pero, para poder dialogar
y aprender de esta corriente es necesario comprender
la ineludible relación existente entre producción de
conocimientos y contextos sociales e institucionales
en que estos son producidos. Sólo así se puede aprovechar
lo que esta corriente puede aportarnos y por eso precisamente
no se trata de traducir literalmente su nombre, ni de
mimetizarnos y perder conciencia de nuestras especificidades,
significativas aun reconociendo nuestra propia diversidad.
A nadie se le escapa que los desafíos, condicionamientos
y tradiciones intelectuales que marcan las prácticas
de los intelectuales de Estados Unidos, que hacen sus
vidas en el marco de esa sociedad nacional, esa economía
nacional, ese mercado y ese Estado, son significativamente
diferentes de los que marcan nuestras prácticas. Tanto
como diferentes son las necesidades y demandas de diversos
grupos y movimientos sociales en aquel país y en los
nuestros. Tanto como diferentes son la inserción en
los procesos globales de esa sociedad nacional y su
Estado y la de nuestras sociedades y Estados. (NA)
E-mail do autor: dmato@reacciun.ve
[1] Este texto expone ideas que orientan el proyecto
Prácticas Intelectuales en Cultura y Poder del Programa
Globalización, Cultura y Transformaciones Sociales de
la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la
Universidad Central de Venezuela y las iniciativas y
publicaciones impulsadas desde el mismo. Entre las publicaciones
destaca el libro Estudios y Otras Prácticas Intelectuales
en Cultura y Poder, publicado por el Consejo Latinoamericano
de Ciencias Sociales (CLACSO) y Universidad Central
de Venezuela, Caracas, 2002; el cual además está disponible
en el sitio del Programa en Internet: <www.globalcult.org.ve/pub/CYP.htm>.
Este libro incluye más de treinta textos dedicados a
examinar algunos ejemplos de las prácticas intelectuales
acá comentadas y además ofrece una amplia bibliografía
sobre el tema que es imposible presentar acá. La Introducción
al mismo argumenta respecto de algunas ideas que por
limitaciones de espacio acá he debido presentar muy
brevemente. El sitio incluye además una sección de Entrevistas
a Intelectuales Indígenas.
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