Revista

L
a Revista de la Pátria Grande


MOSAICO CULTURAL / MOSAICO CULTURAL

Paloma de papel
Fabiola Luna
Perú


Foto arquivo Novamerica

Película dirigida y producida por un joven actor, Fabricio Aguilar, 30 años, comprometido con el cine alternativo. Se trata de un drama en 87 minutos comprometidos con las víctimas del terrorismo. La película está ambientada en la sierra peruana de los años ochenta, producción rodada en el Callejón de Huaylas (Huaraz). La trama muestra el sufrimiento de los campesinos peruanos que vivieron acosados entre el fuego cruzado de los rebeldes y los militares durante la cruenta guerra interna que dejó en Perú unos 70.000 muertos entre 1980 y el 2000.

Fabricio, la producción ganó un premio en CONACINE (Comisión Nacional de Cinematografía), ¿verdad? Sí, eso fue lo que dio luz verde para poder iniciar la búsqueda de financiamiento ya que el premio cubre el 35% del presupuesto, había que conseguir el otro 65%, pero digamos que fue el primer escalón para realizar la película.

La cinta narra la historia de Juan, un pequeño de once años raptado por el grupo terrorista Sendero Luminoso para adoctrinarlo en tácticas subversivas. El protagonista, vive una infancia pobre pero tranquila al lado de sus amigos Pacho y Rosita. La paz se termina cuando su padre es asesinado y el muchacho descubre que Fermín, su padrastro, está implicado en el crimen. Fermín entrega Juan a los terroristas, para garantizar su silencio.

Así empieza la tragedia de un niño que, como tantos otros, tiene su infancia robada y es obligado a integrar las huestes terroristas. Entrenado para matar sin piedad, Juan no se acostumbra a su nueva condición y huye, ya joven, a su pueblo, para alertar sobre la llegada de los asesinos. Nadie le cree, pues lo acusan de ser un señuelo. Domitila consigue esconder a Juan, pero pronto es descubierto. Cuando las huestes terroristas llegan al pueblo, preparan un “juicio popular”. Pacho y Rosita observan cómo Juan y Domitila son arrastrados hacia la plaza, junto a la autoridad y al padrastro, todos acusados de traición. Desesperados, los pequeños acuden en búsqueda de la ronda campesina (la misma que desoyó la advertencia de Juan) y, en el camino, Pacho cae herido, lo que deriva en una batalla campal de desiguales proporciones: los ronderos (sistema popular de vigilancia) blandiendo trinches, palos y granadas caseras, mientras los terroristas empuñan sus fusiles. La batalla es ganada por los campesinos, pero en la plaza yacen muertos y heridos. Cuando un camión del ejército llega al pueblo, comienza para Juan otra etapa dolorosa de su vida: la estancia en la cárcel. Años después, indultado, Juan regresa al pueblo. Llega en búsqueda de los recuerdos de una infancia que seguramente no fue feliz, pero que tuvo rostros y situaciones que la memoria guarda con devoción.

El director ha dicho que la cinta indaga “las repercusiones de la cruenta guerra interna, que no sólo produjo la muerte de miles de compatriotas, sino que dejó daños psicológicos irreparables entre sus familiares”. Aguilar afirma: “es una ficción basada en la realidad, que pretende alimentar la conciencia social. El tema coincide con la coyuntura de la Comisión de la Verdad, que trabaja para esclarecer lo ocurrido durante veinte años de violencia terrorista”. Tal y como se indica en el informe de la Comisión de la Verdad, el 75% de las víctimas fatales del conflicto tenía al quechua u otras lenguas nativas como idioma materno.

Aguilar propone en su filme una mirada a los niños reclutados por los bandos terroristas, así como a la vida de sus integrantes y la de los habitantes de los pueblos afectados. Mirada dura, por cierto, pero necesaria, principalmente en un país que otra vez vuelve a temer el regreso de la violencia.




Por una cultura democrática e igualitarista
Por Beatriz Sarlo

No existen culturas incontaminadas (o contaminadas sólo por la dominación de las elites) y sólo los viejos populistas podían ceer en la hipotética “pureza” de las culturas populares: por eso, la cuestión de las culturas populares y su siempre autonomia pasa por los elementos que entran en cada momento de la mezcla. Todo depende de las operaciones que los sectores populares estén en condiciones de hacer a partir de la mez-cla cultural, que es inevitable y que sólo puede ser estigmatizada desde una perspectiva tradicionalista arcaizante. Nadie es responsable de la pérdida de una pureza original que las culturas populares, desde la modernidad, no tuvieron jamás.

En consecuencia, la cultura popular no tiene un paradigma pasado al cual puede remitirse: es imposible la restauración de una autenticidad que sólo produciría manifestaciones de un Kitsch folklórico que no podrían interesar ni siquiera a sus protagonistas. Así como las culturas letradas no vuelven a sus clásicos sino a través de processos de transformación, deformación e ironía, las culturas populares no pueden pensar sus orígenes sino desde el presente. Y, de todas formas, presuponer esos orígenes ya es una complicación: ¿cuál fue el momento verdaderamente autóctono de una cultura que ya ha sido atravesada por los procesos de la modernidad? Ese momento es una utopía etnográfica que sólo una puesta en escena en el museo vuelve visible. Por fortuna, los sectores populares carecen de esa vocación etnográfica y hacen con su pasado lo que pueden.

Pero las condiciones de lo que pueden hacer sí son modificables y dependen de políticas culturales sobre las que los sectores populares deciden muy poco. Los neopopulistas de mercado, que se encandilan com el cruce entre los restos culturales populares y los mass-media, guiñan los ojos ante las desigualdades de acceso a los bienes simbólicos y, en consecuencia, prefieren no referirse a la dominación económica y cultural. Para estos neopopulistas, la única imposición cultural preocupante es la de las elites letradas que conservan un paradigma pedagógico opuesto al laissez faire y siguen sosteniendo, además, el caráter fundamental de la cultura de la letra dentro de la configuración cultural contemporánea. Del resto de los asuntos, es decir de lo más importante, nada tienen que decir.

Y lo más importante, precisamente, son los hilos con que los mass-media completan de trama desgarrada de las culturas populares. Sobre esto, una perspectiva cultural democrática e igualitarista debe pronunciarse. Si las políticas culturales quedan a cargo del mercado capitalista, los procesos de hibridación entre viejas tradiciones, experiencias cotidianas, nuevos saberes cada vez más complejos y productos audiovisuales, tendrán en el mercado su verdadero ministerio de planificación.


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