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Maestros
de primera
Beatriz Sarlo
Escritora y ensayista
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La
escuela puede salvar un destino o sellar una condena
temprana. En esta disyuntiva juega, ante todo,
la calidad de la formación de los docentes. |
En enero, muchos lectores de esta columna me criticaron
porque entendieron que yo, a mi vez, criticaba los
regalos de Reyes que repartía la Fundación Eva Perón.
No les gustó que yo comparara aquellos regalos (muñecas
y pelotas de fútbol) con los juegos más didácticos
que recibían los hijos de la pequeña burguesía ilustrada.
La diferencia entre los regalos anunciaba el futuro
de quienes los recibían, decía yo.
Los lectores se enojaron. El debate sobre educación
es una buena ocasión para volver al tema por otro
camino.
A comienzos del siglo XX, en una escuela de Parque
de los Patricios, que entonces era un confín de Buenos
Aires, una maestra, Estefanía Filgueiras, decidió
abandonar el puntero con el que señalaba el pizarrón
y también castigaba a los revoltosos. En un aula donde
los alumnos jugaban con cuchillos, la herramienta
cotidiana en un barrio donde abundaban los obreros
del matadero, Estefanía enseñó a leer y a escribir
sin el puntero, porque así lo había aprendido en la
Escuela Normal. En esta decisión jugó el orgullo
y el prestigio de su cargo. Hasta los años cincuenta
no se pensaba inevitablemente que la divisoria entre
buena y mala educación pasaba por la línea que separaba
a ricos de pobres. La cuestión estaba en quién llegaba
a la escuela secundaria o a la universidad y la selección
se producía no tanto por la diferencia de saberes
en el final de la enseñanza básica, sino por posibilidades
y expectativas de clase social.
Hoy, en la Argentina, hay escuelas para ricos y escuelas
para pobres, que no coinciden exactamente con escuelas
públicas y escuelas privadas, sino con escuelas para
familias que poseen medios culturales, y escuelas
para familias que no los tienen. Estas segundas pueden
incluso ser familias ricas desde el punto de vista
económico, porque la incultura de muchos privilegiados
no es una novedad. Ir a una escuela para pobres marca
como una condena temprana. Los chicos de la burguesía
que van a malas escuelas, dispondrán de tiempo, dinero
para nuevas experiencias educativas y conexiones familiares
para ubicarse. Los pobres, por supuesto, no tienen
instrumentos de compensación. Para los pobres, la
escuela decide la vida. Pero ¿qué es una escuela para
pobres? No necesariamente una escuela donde no hay
computadoras. Por cierto, en las escuelas para ricos
es más habitual que haya computadoras, pero la diferencia
no está allí, o no está solamente allí.
Podría existir una escuela donde se enseñaran los
más sofisticados problemas matemáticos o de lengua
sin una computadora, y donde se entrenara a los chicos
en la búsqueda de información en dos enciclopedias
que son tan difíciles o tan fáciles de manejar como
Internet. Podría existir una escuela donde los chicos
leyeran cinco libros por año, actividad que los prepararía
mucho mejor para navegar en cualquier dimensión del
mundo de la información virtual, las de hoy y las
del futuro.
Los chicos leen fotocopias en las escuelas para pobres,
porque no pueden comprar libros, los maestros no siempre
saben dónde ir a buscarlos, ni el Estado los proporciona
en cantidad suficiente, y también leen fotocopias
en las escuelas privadas mediocres, porque los padres
no corren a comprarlos, los chicos prefieren gastar
en otra cosa y los docentes se adaptan a la desidia
de la familia y la institución.
Cuando se leen libros, no hay problemas en leer también
fotocopias. Pero algo misterioso sucede cuando sólo
se leen fotocopias: de ellas no se pasa fácilmente
a los libros.
En estas hipotéticas escuelas con libros verdaderos
y sin computadora, lo que habría seguramente es maestros
con un entrenamiento de primera. Y aquí está uno de
los nudos de la cuestión: es más difícil entrenar
maestros que comprar computadoras. Incluso puede ser
más caro y necesariamente ocupa más tiempo y exige
más constancia. De todos modos, no parece necesario
optar entre buenos docentes y computadoras. Simplemente
señalo el punto porque las computadoras, sin buenos
docentes, se pueden convertir en un cyber pagado por
el presupuesto educativo.
Fonte: http://ar.groups.yahoo.com/group/ComunidadEducativa.
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