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Sociedad
Civil y Mercado
Juan
Marí Lois
Bolivia
Doctor
en Ciencias Filosóficas (PHD),
Coordinador de la Maestría en Derechos Humanos
de la Universidad Mayor de San Simón,
Cochabamba, Bolivia.
Miembro del Consejo Consultivo
Internacional de Novamerica.

Frente aos dois agentes sociais, Estado e empresa
privada, a sociedade civil deve realizar uma função
de controle e regulação para que a própria sociedade
política não seja impedida de continuar funcionando.
Entretanto, a sociedade civil não pode exercer um
controle direto sobre a empresa privada se não for
através do Estado, Estado este que não está cumprindo
com seu papel regulador, declinando a responsabilidade
que tem perante os cidadãos.
La Revista Novamerica ha formulado una interesante
pregunta: En este momento y dada la situación del
capitalismo actual, ¿es posible que la sociedad civil
y el Estado regulen/controlen el mercado?
El problema de la posibilidad de que el Estado y la
sociedad civil puedan regular el mercado debe verse
en dos planos: el de la racionalidad instrumental
y el de la razonabilidad ética.
En principio es conveniente definir qué entendemos
por "sociedad civil". En las comprensiones más amplias
el término apunta a fijar las características de todo
lo que no es la sociedad política y aquí se incluiría
entonces el conjunto de asociaciones humanas, las
relaciones que establecen entre ellas, las diversas
organizaciones productivas, esto es, la empresa privada
y el propio mercado.
A partir de aquí surgiría el obstáculo lógico y práctico
de un organismo, "la sociedad civil", que esté en
posibilidad o no de autoregularse.
En la medida en que este es un tema que exigiría de
por sí un análisis particular partiremos de la idea
de considerar "sociedad civil" al conjunto de organizaciones
humanas que ocupan un lugar independiente del Estado
y de la propiedad privada; así comprendida estaría
formada por: las asociaciones creadas para los más
diversos motivos sobre la base de los intereses y
aspiraciones de sus miembros, las Organizaciones No
Gubernamentales (ONGs), las comunidades vecinales,
todas aquellas que no formen parte del Estado ni de
la empresa privada.

En el funcionamiento de la sociedad contemporánea
en Nuestra América la lógica predominante es, sin
dudas, la de la propiedad privada y el mercado con
su corolario de que el funcionamiento del sistema
económico debe garantizar la máxima ganancia posible
al menor costo y en el menor tiempo posible.
La filosofía neoliberal, que anima esa lógica de funcionamiento,
está siendo desde hace años desvirtuada por sus propios
defensores de antaño. El Club de Roma, bajo cuyo auspicio
se editó en 1991 el informe "La Revolución Global",
señaló claramente en este que: "Evidentemente problemas
globales no se pueden solucionar sólo por una economía
de mercado, si estos exigen un enfoque a largo plazo
o si se trata de problemas de distribución. Además
aquellos problemas donde se trata de energía, medio
ambiente, investigación básica o el trato equivalente,
no pueden ser solucionados únicamente por el mercado.
Estos problemas solamente pueden ser enfrentados por
la intervención del Estado, que se basa en procesos
políticos y que usa muchas veces tanto mecanismos
de mercado como instrumentos de planificación estatal."
"Las fuerzas que operan en el mercado pueden tener
efectos colaterales peligrosos, por el hecho de que
no se basan en el interés de todos".
Es precisamente esta, la del mercado como regulador
de todo, la que se opone a la otra lógica probable
de funcionamiento de la sociedad: la del respeto a
los Derechos Humanos.
Si aceptamos que los DDHH constituyen hoy el proyecto
de dignificación humana más integral y factible de
realizar que conocemos, y si lo vemos al calor de
la doctrina en su interdependencia e indivisibilidad,
llegamos a la conclusión que mientras el estado es,
histórica y efectivamente, el principal violador de
los derechos civiles y políticos, la empresa privada
se erige como la fuente determinante que impide el
disfrute efectivo de los derechos económicos, sociales
y culturales (DESC).
Frente a estos dos agentes sociales, Estado y empresa
privada, la sociedad civil debe realizar una función
de control y regulación so pena de que la propia sociedad
política se vea impedida de continuar funcionando;
el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD) al cual difícilmente pudiéramos ubicar en el
bando de los subversores del sistema, se ha encargado
en sus informes anuales de alertar a los poderosos
sobre el hecho incuestionable de que no es posible
esperar que los pobres del planeta continúen aceptando
una situación que los denigra y que cada vez se hace
más crítica; que las abismales diferencias entre países
y entre grupos humanos al interior de un mismo país,
que el experimento neoliberal ha creado, son hoy insostenibles.

La solución sigue estando en una lógica de funcionamiento
social que, aún aceptando las diferencias en el disfrute
de los bienes de consumo, garantice que esa diferencia
no lo sea hasta el punto en que millones de personas
mueran de hambre mientras se gastan millones en alimentos
para mascotas; que no sigan muriendo niños por enfermedades
cuya previsión costarían centavos o por no poder pagar
la atención médica.
No se trata de suprimir la propiedad privada, ideal
difícilmente aceptable después de la experiencia socialista,
sino de hacer a esta "razonable", aceptar su desarrollo
siempre que cumpla una función social.
Desde esta razonabilidad ética es que se fundamenta
la regulación de la sociedad civil sobre el mercado.
Pero, ¿cuál sería la posibilidad tecnológica, la racionalidad
instrumental de hacerlo?
La sociedad civil no puede ejercer un control directo
sobre la empresa privada si no es a través del estado.
Independientemente de que han surgido y se han consolidado
experiencias productivas que rechazan la esencia inhumana
del sistema y buscan una mejor distribución del producto
entre todos los integrantes de la organización, el
camino más prometedor para realizar ese control está
en la presión ejercida por la sociedad civil sobre
el estado el cual está interesado en mantener los
vínculos más armónicos posibles con esta, para evitar
su sanción y deslegitimación por medio de las elecciones,
ritual democrático pero esencial para los políticos
de profesión.
Y el problema principal aquí es que el Estado no está
cumpliendo su papel de regulador de la sociedad, está
declinando la responsabilidad que tiene ante sus ciudadanos.
La sociedad civil debe exigir al estado la aplicación
de las "hermosas y humanas" leyes que caracterizan
a la mayoría de las legislaciones latinoamericanas
y que "consagran" el derecho a la huelga (siempre
que no se haga contra la empresa privada),
el de asociación (siempre que no sea en la
empresa privada), la no discriminación (aunque muchas
empresas exijan a la mujer un certificado médico que
garantice que no está embarazada como condición para
firmar un contrato), al trabajo (durante los meses
que el empresario considere conveniente), a la libertad
de expresión (siempre que lo expresado no esté en
contra de los intereses de los dueños de los medios),
a la educación inclusive la superior (aunque cada
año se destine menos presupuesto al sector educativo
fiscal), al conjunto de los DESC que son constantemente
vulnerados al calor de las leyes neoliberales que
son las que realmente funcionan.
El Estado no puede seguir delegando su función de
controlador del mercado y que ni siquiera al ser considerados
"consumidores" sus ciudadanos se vean desprovistos
de derechos.
Existen numerosas experiencias en nuestros países
sobre la forma de ejercer este control.

En los últimos años en diferentes lugares se han creado
"observatorios" destinados a monitorear las acciones
gubernamentales en variados campos, si bien estos
se han centrado en los derechos civiles y políticos
y, por lo tanto en las acciones directas del estado,
la enseñanza es válida para las acciones posibles
en el campo de los DESC frente al mercado, que como
ha quedado expresado es el principal factor de obstáculo
a su ejercicio.
Entre estos campos encontramos los "derechos del consumidor",
palabra clave cuando nos relacionamos con las fuerzas
del mercado.
Las iniciativas de acción ciudadana son otro mecanismo
para ejercer este control, para ello es necesario
utilizar las propias leyes locales las cuales ofrecen
posibilidades para ello o insistir en reformular aquellas
entre las que existan contradicciones.
Las Organizaciones No Gubernamentales u otras de la
sociedad civil pueden apoyar a los ciudadanos o actuar
bajo su personalidad jurídica y monitorear campos
tan sensibles como la acción del mercado en temas
tales como: el medio ambiente, atención de salud,
calidad educativa de las escuelas privadas, seguridad
ciudadana, obras y urbanismo, transporte público,
exigibilidad a nivel local o del ámbito de la organización
de los derechos amparados en el campo de los DESC.
Lo anterior, sin evadir el tradicional control que
han ejercido estas organizaciones sobre la acción
del Estado.
La figura del "Defensor del Pueblo" aparece como una
estructura cardinal en este esfuerzo. La concepción
de este es que debe proteger a la ciudadanía de las
acciones en que tanto la empresa pública como la privada
vulneren sus derechos; por desgracia las atribuciones
de los "defensores" se ve limitada en la propia legislación
en muchos casos a recabar informes y expedir "recomendaciones",
la mayoría de las cuales caen en saco roto en sociedades
en las que, a veces, ni los fallos legales se cumplen.
Para todo lo anterior la labor de educación de los
ciudadanos en el conocimiento y alcances de sus derechos
es fundamental, pero esto sería tema de otra respuesta.
Vista de la forma planteada la acción de regulación
por la sociedad civil a través del Estado se erige
en una necesidad para la transformación de un sistema
cuyo funcionamiento está provocando tensiones sociales
de incalculable alcance y cuyos efectos son imprevisibles
no sólo para la realización de la dignidad de la persona
en ellas sino para su propia perdurabilidad. (NA)
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