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La Revista de la Pátria
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IDÉIAS
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Declaración
de Granada sobre la globalización
Publicado en el diario El País el 06-06-2005

A chamada globalização tem resultado no aumento de bem-estar
econômico e de riqueza cultural de grandes segmentos
da população mundial, mas, paralelamente, tem provocado
a exclusão de centenas de milhões de seres humanos.
Este novo sistema de relações econômicas, sociais e
culturais demanda uma ordem internacional nova, já que
o paradigma da democracia estatal tornou-se insuficiente
para controlá-lo. Intelectuais reunidos no XXII Congresso
Mundial de Filosofia Jurídica e Social, na cidade de
Granada, no mês de maio, fazem um chamado a governos,
instituições, organizações internacionais e cidadãos,
no sentido de fortalecer as instituições internacionais
vigentes para que submetam a globalização às exigências
da lei, em prol dos direitos humanos.
El
desarrollo de las relaciones económicas, políticas,
sociales y culturales ha adquirido en las últimas décadas
una dimensión que se eleva por encima de las fronteras
entre los Estados e ignora las divisiones administrativas
y políticas que se han establecido entre los pueblos.
Transportadas por los medios de comunicación, por las
nuevas tecnologías de la información, por las redes
económicas y los flujos de personas, las acciones y
decisiones de cada uno, por remotas que sean, pueden
llegar a afectar la vida y el destino de poblaciones
lejanas en cualquier lugar de la geografía del planeta.
Somos agentes activos y pasivos en el gran río de las
interacciones de la sociedad mundial.
Para expresar esa nueva realidad utilizamos genéricamente
el término "globalización", aunque no debemos olvidar
que se trata de un complejo entramado de creciente extensión
e intensidad que presenta multitud de caras y facetas.
Hay una globalización económica, que es ante todo globalización
de los mercados financieros y expansión del mercado
internacional de bienes, servicios y trabajadores. Estamos
evidentemente ante una economía transnacional que en
gran medida escapa al control de los poderes de los
Estados. Pero no se trata sólo de un fenómeno económico.
Hay una globalización de las pautas culturales, una
globalización de los efectos medioambientales, una globalización
de las comunicaciones, y también una globalización de
las inseguridades y las luchas.
Sabemos que esa compleja multiplicación de los intercambios
ha dado como resultado el incremento del bienestar económico
y la riqueza cultural en grandes segmentos de la población
mundial, pero somos también testigos de que, a su lado,
una pavorosa realidad de sufrimiento, incultura y marginación
atenaza a millones de seres humanos. La carencia de
alimentos, la falta de acceso al agua potable, las enfermedades
endémicas, el analfabetismo y las supersticiones conforman
el horizonte vital de pueblos enteros. Las relaciones
económicas globales entre países, grandes corporaciones
y agentes económicos de todo tipo van con frecuencia
escoltadas por la especulación financiera sin control,
la explotación inicua de los trabajadores, la persistencia
y el incremento de la ocupación de niños en labores
extenuantes, la discriminación de la mujer y el despojo
a pueblos enteros de parte de su riqueza natural mediante
corrupciones y sobornos a autoridades políticas ilegítimas.
También observamos crecientes amenazas al medio ambiente,
explotación irracional de los recursos naturales y un
consumo incontrolado del patrimonio irremplazable del
entorno natural.
La sociedad globalizada es, pues, una sociedad mal
estructurada y con efectos perversos sobre centenares
de millones de seres humanos. Puede, por ello, hablarse
también, siguiendo la terminología acuñada, de "injusticias
globales". Nadie puede dudar que son esas injusticias
y desajustes sociales los que dan lugar a flujos incesantes
de inmigrantes que, empujados por la extrema necesidad,
tratan de ingresar una y otra vez y contra toda esperanza
en países extraños y hostiles que, sin embargo, les
ofrecen una posibilidad remota de sobrevivir con dignidad.
La invasión imparable de mensajes y comunicaciones de
toda naturaleza a través de las redes informáticas,
con sus maravillosos logros culturales y científicos,
no puede ocultar tampoco que, enajenados ante una cultura
extraña, miles de seres humanos vuelven su rostro hacia
sus tradiciones y creencias en busca de un refugio que
se torna a veces en intolerancia étnica, nacionalismo
agresivo y fundamentalismo religioso, con el patente
incremento de la tensión en las relaciones internacionales
y la eventual aparición del terrorismo y la guerra.

El nuevo sistema de relaciones económicas, sociales
y culturales demanda un orden internacional nuevo. La
globalización es también un proceso social con falta
de control y regulación, conducido frecuentemente por
poderes de escasa o nula legitimidad democrática. Hasta
ahora los poderes de los Estados nacionales, al menos
los Estados desarrollados, habían logrado ciertos niveles
de justicia social. El desbordamiento de las fronteras
nacionales y la existencia de problemas humanos graves
que ya no pueden encontrar solución en el marco estatal
exigen una gobernanza y unos poderes más efectivos y,
sobre todo, más legítimos. La globalización es un fenómeno
nuevo que ha colocado otra vez a la sociedad internacional
en una especie de estado de naturaleza que necesita
ser sometido a regulación. El paradigma de la democracia
estatal se ha hecho insuficiente pese a que los Estados
siguen siendo protagonistas del orden internacional
y pueden todavía actuar eficazmente para frenar esos
efectos perversos del nuevo sistema de relaciones económicas,
políticas, sociales y culturales que se hacen realidad
más allá de las fronteras estatales. Las pautas de derecho
y justicia que son invocadas en las relaciones internacionales
aumentan cada día su complejidad y su diversidad, pero
no aciertan a incrementar su fuerza. Los organismos
internacionales que las animan son incapaces de imponerlas,
y sus discursos son cada vez más meras exhortaciones
mientras la realidad de los intercambios internacionales
tiende a hacerse imprevisible y anómica y crecen en
ella la injusticia y la desigualdad. Además, los poderes
e instituciones internacionales sufren de carencias
democráticas graves. Hay que fortalecer y dotar de mayor
legitimidad a las instituciones internacionales vigentes,
tanto las estrictamente políticas como las económicas,
y crear otras nuevas que sean capaces de aminorar las
debilidades de los Estados democráticos ante estas nuevas
situaciones sociales. Las organizaciones no gubernamentales
y los grupos e individuos que conforman la sociedad
civil global están cumpliendo un importante papel en
la denuncia de esta realidad, pero no pueden ir mucho
más allá.
Nos sentimos en el deber de hacer una llamada a nuestros
gobiernos y nuestros conciudadanos, a las organizaciones
internacionales y a las grandes instituciones globales,
en favor de una actitud nueva y decidida para incorporar
la libertad y la igualdad como valores básicos de los
seres humanos, y para que todas las dimensiones de la
globalización estén sometidas a las exigencias del imperio
de la ley, de una ley que sea cada vez más voluntad
general y no sólo voluntad de unos pocos. El gran
reto de este siglo XXI es configurar un orden mundial
nuevo en el que los derechos humanos constituyan realmente
la base del derecho y la política.
Firman esta declaración: Jürgen Habermas, Francisco
J. Laporta, Nicolás López Calera, Manuel Atienza, William
Twining, Robert Alexy, Luigi Ferrajoli, Elías Díaz,
Boaventura de Sousa Santos, Neil MacCormick, Paolo Comanducci,
Zhan Wenxian, Uma Narayan, Larry May y otros 200 participantes
en el XXII Congreso Mundial de Filosofía Jurídica y
Social, reunido en Granada entre el 24 y el 29 de mayo
para analizar los problemas del derecho y la justicia
en una sociedad global. (NA)
La
migración en México: los rostros de la desigualdad
y la polarización
Carlos Ernesto Simonelli
México
En
todas las regiones del mundo a fines del siglo XX, se
ha dado el contexto de un fuerte incremento de las migraciones;
dentro de este panorama, América Latina y el Caribe
presentan especificidades propias. Mientras que las
inmigraciones de ultramar han perdido relevancia, las
migraciones que se dirigen afuera de la región han adquirido
nueva fuerza en la dinámica de la movilidad en la región
(Villa y Martínez, 2001:25-29, citado en Castillo, 2002).[1]
En el caso de México, resulta llamativo tanto el incremento
como la tendencia que presenta dicho fenómeno. A pesar
de que la migración mexicana hacia los Estados Unidos
(en adelante, E.U.) tiene una larga tradición, en las
últimas décadas no sólo se ha incrementado la emigración
internacional a ese país, sino que una importante cantidad
de habitantes se han desplazado hacia las zonas fronterizas
con el fin de trabajar o de emigrar, y se han incorporado
nuevas regiones a los flujos que tradicionalmente integraban
los jornaleros agrícolas.
De ello da muestra el hecho de que el 98% de los emigrantes
mexicanos tiene como destino final los E.U. (Massey
y Durand, 2003).[2] A su vez, debido a que la mayoría
de los cruces se realiza a través de las ciudades fronterizas,
en la década 1990-2000, se incrementó el número de residentes
en las ciudades fronterizas, y también por la atracción
que ejercen, al menos hasta el año 2001, las posibilidades
de empleo urbano en la zonas fronterizas (Zamudio, 2002;
Simonelli, 2003).[3]
En general, entre 1990 y 2000 se mantienen como "expulsoras"
de población las entidades que presentan mayores índices
de rezago socioproductivo, de pobreza y de desigualdad
(las del sudeste del país), pero en esos diez años los
flujos migratorios no sólo se dirigen al centro del
país, que va perdiendo un poco su poder de "atracción",
sino también hacia las ciudades norteñas y a los E.U.
Desde este punto de vista, el incremento de las migraciones
internas, y de las que cruzan por el norte del país
hacia los E.U., han producido un patrón de distribución
de la población regionalmente desigual y polarizada,
en donde la zona norteña ha "ganado" población desde
otras regiones que han sido afectadas, sobre todo, por
los cambios en el modelo económico.
Adicionalmente, si bien se mantiene el éxodo rural en
todo el país, en la década pasada los migrantes urbanos
se incorporaron tanto en los flujos internos como en
los que se dirigen a los E.U., lo que indica cómo se
han propagado la pobreza y la desigualdad a otras regiones
del país, y lo insuficiente que han resultado las políticas
públicas, al menos, para retener a la población en sus
lugares de origen (Chávez, 1998).
Desde el aspecto sociodemográfico, y en resumida síntesis,
no se han logrado algunos de los supuestos de las llamadas
"reformas estructurales" en México, que intentaron acortar
la "brecha" en el desarrollo entre este país y la mayor
potencia del mundo, ni tampoco se cumplieron los criterios
que se sustentaron en su momento para firmar el Tratado
de Libre Comercio de América del Norte, en 1994.[4]
Por otra parte, es de esperar que, junto con el incremento
de la emigración urbana hacia los E.U., México esté
perdiendo una buena parte de sus recursos calificados,
sobre todo entre la población más joven, que se incorporará
a la fuerza laboral estadounidense en condiciones de
precariedad y de discriminación salarial, toda vez que
la política exterior estadounidense ha endurecido los
controles migratorios, y amenaza con quitar los pocos
derechos sociales que mantenía. Se hace necesario entonces
reformular medidas práctica y concretas, más allá del
ámbito de una integración comercial formal, para alcanzar
niveles de desarrollo y de empleos de calidad aceptables,
a la vez que se atienden las diferencias regionales
en el interior de México, para que este país no se consolide
como un exportador neto de mano de obra, y receptor
de las remesas que vienen a sustituir el desarrollo
sustentable tan ansiadamente reclamado.
[1]
Durante la última década del siglo XX, las migraciones
han aumentado considerablemente, y se espera un escenario
similar en el presente siglo: el número de migrantes
en el mundo se ha duplicado desde 1975 y actualmente
más de 175 millones de personas viven en un país distinto
al de su nacimiento (ONU, citado por Castillo, 2002).
[2] De acuerdo a su origen, de los 28.4 millones de
extranjeros residentes en los E.U. en el año 2000, 51%
eran Latinoamericanos, y cerca de dos tercios procedían
de México o de algún país centroamericano (U.S. Census
Bureau, 2001ª, citado por Castillo, 2002). Los inmigrantes
que se consideraron según su autoadscripción étnica
en el mismo año 2000 sumaban 35.3 millones de población
latina, y el 58.5% se declaró de origen mexicano (U.S.
Census Bureau, 2001b, citado por Castillo, 2002).
[3] Entre 1993 y 1999, las ciudades fronterizas pasaron
a ser receptoras del 65,7% de los flujos fronterizos
(STPS, 2002).
[4] El Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(TLCAN) entró en vigor en 1994, y las autoridades mexicanas
manifestaron la intención de inducir la modernización
de la estructura productiva mexicana, a partir de las
interacciones sociales recíprocas entre ambas economías,
y a largo plazo, inducir el acercamiento entre pautas
económicas, sociales, demográficas y culturales contrapuestas
entre ambos países.
CASTILLO, Manuel Ángel. Las consecuencias sociales
de las migraciones en el hemisferio y sus relaciones
con las políticas sociales. Ponencia presentada
en la Conferencia Hemisférica Sobre Migración Internacional:
Derechos Humanos y Trata de Personas en las Américas.
Santiago de Chile, CEPAL- OIM, 2002.
CHÁVEZ GALINDO, Ana María La nueva dinámica de la migración
interna en México de 1970 a 1990. UNAM-CRIM. Cuernavaca,
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DURAND, Jorge y MASSEY, Douglas, Clandestinos. Migración
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Tabulados Básicos.
INEGI; XII Censo de Población y Vivienda. Baja California.
Tabulados Básicos.
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