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a Revista de la Pátria Grande


IDÉIAS EM REDE / IDEAS EN RED

América Latina: esperanzas y desafíos
Helio Gallardo
Costa Rica



Foto João Ripper
Ideologicamente, o século XXI alçou um lema na América Latina que condensa ao mesmo tempo ilusão e impotência: “Outro mundo é possível”, embora não saibamos o que fazer porque estamos fragmentados, cooptados, burocratizados e, muitas vezes, confrontados mediante os brutais procedimentos da Segurança Nacional. O desafio é inadiável para as reais políticas e para os setores populares: ou integramos a América Latina e o Caribe ou desapareceremos como povos, culturas e pessoas, sob esse artificioso qualificativo de ‘América Latina’.



SEÑALES ANTE EL DESAFÍO

Si bien 'América Latina' es un nombre propio cómodo para designar una realidad diversificada, conflictiva y compleja, es también cierto que al iniciar el siglo XXI, el contenido de este nombre da muestras de querer recuperar la necesidad de consignar una realidad socio-política: la de la integración. No se trata aquí de la inevitable articulación con una economía mundial dominada por corporaciones transnacionales y flujos financieros, que periodistas y políticos ensalzan como "globalización" o "mercado libre", sino de la integración latinoamericana y caribeña mediante al menos dos movimientos: la articulación constructiva y original de las naciones y Estados del subcontinente, de modo de acreditarnos como un factor de fuerza internacional, y la integración social y política interna a partir de las necesidades y voluntades de nuestros pueblos. Este segundo proceso contiene la construcción de las diversas naciones (asunto largamente postergado) desde su fundamento socialplural y mayoritario (cuestión con frecuencia desdeñada) cuando no reprimida, para poder expresarnos significativamente como factor cultural, o sea irradiador de humanidad desde nuestras especificidades, en el contexto mundial.

El segundo movimiento, el clasista y sectorial interno, es decisivo en tanto se constituye como matriz del primero. Ambos darán presencia política y humana a América Latina y el Caribe durante el siglo XXI o, si no se materializan, contribuirán a volatilizarnos como "puntos de inversión privilegiada", "mano de obra barata" y "transferidores de riquezas" mediante procesos que tornarán todavía más precaria una realidad que ya lo ha sido y ferozmente durante el siglo pasado. Acentuarán nuestra fragilidad y explosividad los impactos de la última onda de tecnologías de punta, las derivadas de la ingeniería genética y la polarización social que, en la transición entre siglos, reventó como movilizaciones de "piqueteros" en Argentina, rebeliones de "forajidos" en Ecuador, turbias masacres y liquidaciones en Colombia, anomia en Guatemala y que también asumió la forma de la movilización y organización constantes, como testimonió el Movimiento de los Sin Tierra brasileño, o de gobiernos que necesitados de legitimación buscaron darse - con mayor o menor sinceridad - un revitalizador rostro popular, como los de Venezuela y Brasil. Ideológicamente, este precarizado siglo XXI levantó un lema que condensa a la vez ilusión e impotencia: "Otro mundo es posible...", solo que no sabemos cómo hacerlo porque estamos fragmentados, cooptados, burocratizados y, muchas veces, enfrentados mediante los procedimientos arteros y brutales de la Seguridad Nacional.

El desafío parece ahora inaplazable para las reales políticas reinantes y para nuestros sectores populares: o integramos América Latina y el Caribe o desaparecemos como pueblos y culturas y personas bajo ese artificioso calificativo de una 'América Latina' que deberá leerse: "Negocios transnacionalizados que se realizan contra territorios y poblaciones denominadas genéricamente con ese nombre".

El desafío actual cursa ya más de treinta años. Las señales de esperanza, en cambio, son todavía eso: embrionarias, no alcanzan a ser signos ni menos realidades. Pero hay en marcha procesos, la semilla de una Comunidad Sudamericana de Naciones (2004), la audaz actividad bolivariana, el reencuentro de pueblos originarios con una perspectiva de futuro, como los que residen en Ecuador, la abigarrada agitación nacional y popular en Bolivia, la constancia de la presencia ciudadana en México, la disciplina digna y pasional del MST brasileño, que pueden transformar las señales en signos y estos signos convocar y catalizar materializaciones de una nueva y plural cultura: la de los pueblos y naciones de América Latina y el Caribe.

Foto João Ripper

FUNDAMENTO DE LAS ESPERANZAS

Las esperanzas obviamente sólo pueden provenir de nuestra historia popular, tanto de la masiva y discriminada como de la minoritaria, pero heroica: la primera, hace de la resistencia y recurrencia una referencia antropológica latinoamericana y caribeña con frentes étnicos, sociales, políticos y culturales, todos ellos con sus iconos y mártires. La segunda, remite a hitos y procesos que condensan arrojo y sabiduría, derrotas y persistencias. Se inicia con una revolución de esclavos radicados en Haití, en una ya lejana transición entre los siglos XVIII y XIX. Los hombres y mujeres que seguían a Toussaint Louverture se querían sujetos plenos. Esta historia pasa por la fracasada revolución agraria popular mexicana, en el inicio del siglo XX. Se detiene morosamente, como esperanza, angustia y frustración, pero sobre todo como dignidad heroica, en el proceso revolucionario del pueblo de Cuba que recorre la segunda mitad del siglo XX y aun palpita, aunque sin poder avanzar en la construcción de una propuesta alternativa. Se le ha querido dejar solo.

Esta saga, que no es una historia de violencia sino de negada autoestima que puja por reconstituir tramas sociales descompuestas por las diversas formas de dominación, explotación y discriminación, gesta una sensibilidad que hace brotar a finales del siglo tanto una insurgencia zapatista (1994) como movilizaciones que prolongan una línea pastoral de la iglesia católica brasileña: el Grito de los Excluidos (1995). Excluido es quien es tratado como objeto por las lógicas económicas, sexuales, familiares, políticas, geopolíticas, culturales. La esperanza latinoamericana y caribeña se nutre de este sentimiento humano y social que rechaza el ser tratado como objeto y, en el mismo movimiento, promueve una cultura planetaria en la que nadie (niño, mujer, anciano, varón, laico o religioso, como tendencia) pueda ser tratado como objeto o desee -, por razones de comodidad o seguridad - ser considerado como tal. Se trata del núcleo ético y moral de otro mundo imaginado y que los latinoamericanos y caribeños populares desean construir. El reino de la esperanza latinoamericana, sus convocatorias, sus imágenes, sus sueños, no pertenecen a 'este' mundo, pero sí a la historia de la especie en la que debe materializarse el desafío de la experiencia de humanidad.

Foto João Ripper

EL DESAFÍO PARA LA ESPERANZA

Lo opuesto a la esperanza no es la desesperanza o desaliento, sino los desafíos que los colectivos y sus dirigentes no logran transformar políticamente en problemas. Los desafíos están presentes en situaciones que decantan y expresan tendencias y lógicas de sistemas: la miseria/pobreza, el patriarcado, por ejemplo, ambas formas del malmorir. Son, desde este punto de vista, cuestiones objetivas que, si ocasionan dolor y levantan resistencias radicales, se debe revolucionar. Un desafío se transforma en problema cuando existe una comunidad o empresa humana que asume el reto de cambiar las lógicas sistémicas (y sus instituciones) que ocasionan dolor, extrañamiento y resistencia, como una necesidad imperiosa y decisiva para la producción de identidad social y humana y, con ella, de autoestima legítima. Un problema social designa así la radical subjetividad gozosa de un testimonio político, de una fe antropológica, de formas organizadas de lucha, de combate, presencia y fiesta. Un problema es una forma de encuentro y de acompañamiento en la tarea genérica de producción humana autónoma, en este caso específicamente caribeña y latinoamericana. Pero se trata de un desafío mundial y universal.

Los desafíos son vigorosos y tenaces hasta el desvarío y la crueldad: se derivan hoy principalmente de la prepotente mundialización de la forma mercancía y de la constitución ajena de un mundo al que nuestros pueblos, como comunidades virtuales y como sociedades fragmentadas efectivas, agregan poco valor. Lo latinoamericano y caribeño no es un factor, excepto como debilidad que facilita la expropiación, del actual mercado y geopolítica planetarios. Seguimos siendo Tercer Mundo aun cuando éste ya no parece necesario ni obligatorio.

El problema consiste en que tampoco deberíamos querer ser del Primer Mundo, al menos no de 'este' Primer Mundo: el del presidio de Guantánamo o el de la cárcel de Abu Ghraib, el de la salvaje ejecución de chechenos, el que sacrifica a la Naturaleza por la ganancia codiciosa, el sexista-patriarcal, el que 'colorea' a las razas para rebajarlas a todas en nombre de una blancura inexistente, el que quiere internacionalizar la Amazonia pero, como escribe Cristobal Buarque, rechaza internacionalizar a los niños para tratarlos, sin importar su lugar de nacimiento, como un patrimonio universal que requiere del respeto y cuidado de todos. Parte del problema latinoamericano y caribeño en este siglo XXI consiste en rechazar con energía este mundo que se gratifica en el consumo, la violencia y la exclusión y no en el servicio, en la entrega, en el acompañamiento gratuito y gratificante por responsable.

No es solo que otro mundo sea deseable y, quizás, posible. Es que se requiere para construirlo de la emergencia en proceso de otra humanidad.

Como las transformaciones no caen del cielo, y no sería apropiado que ello ocurriese, el desafío para latinoamericanos y caribeños consiste en fortalecer y construir su capacidad para automovilizarse, mostrarse y acompañarse. ¿Qué nos desagrega?, y no "¿cuándo fue que nos jodimos?" es un discernimiento tan importante como identificar a quienes personifican estas desagregaciones y a sus instituciones. Las tareas están más acá y van más allá de las que imaginó hace cuatro décadas Paulo Freire. Se trata de asumir con pasión la necesidad de ser beligerante en primer lugar con o contra uno mismo y contra los contextos que nos parecen más familiares e inmediatos. En América Latina y el Caribe la esperanza es incompatible con las seguridades, las certezas y los equilibrios, en tanto ellos, todavía y quizás por mucho tiempo, son vacíos por momentáneos e individuales.

Foto João Ripper

Hasta hoy, no hemos sabido mostrar ni trabajar políticamente nuestras relacionalidades aunque todas ellas caben en la literatura de Juan Rulfo. Nos han dado la tierra como ilusión, un alma como tentación de la más alta autoestima, la de que no puede morir porque no ha construido justicia o no se la han hecho. Si nace la humanidad en el siglo XXI, y se trata de un evento imprescindible, se hará desde los latinoamericanos y caribeños que aprendan a vivir y a quererse desde Rulfo. Nos acompañarán en esa producción azarosa, beligerante y grata, todos quienes deseen ser nuestros semejantes. En el siglo XXI son los empobrecidos quienes invitan a los otros a encontrarse por vez primera y, definitivamente, con su humanidad. (NA)

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