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a Revista de la Pátria Grande

EDITORIAL

LA DEMOCRACIA: ¿teoría o innúmeras prácticas?

Foto: João Ripper

La muerte reciente de Jean Baudrillard -el más escéptico de los pensadores contemporáneos, incrédulo en cuanto a la viabilidad de transformar un mundo cuya lógica de espectáculo es impermeable a las crisis y revoluciones- trae a tona el tema de la democracia como una de las "meganarrativas" que el ideario posmoderno (no obstante sus resistencias a los rótulos) repudia.

¿Estaremos todavía a tiempo de evitar que la democracia sea ese término tan retumbante como hueco en su capacidad de fijar el estado actual de las cosas, al que acostumbran recurrir las ideologías políticas de los más diferentes matices, y restituirle la legitimidad de su sentido original, que implica fuertes vínculos populares, alta densidad social, compromiso amplio de la ciudadanía? Si la pregunta apunta, más allá de la mera interrogación, hacia una dirección de respuesta, esta es observar lo que ocurre en el contexto social, sobre todo las actitudes y opiniones, aspiraciones y anhelos, los movimientos y el comportamiento que se verifican en los sectores populares de cara a la 'democracia real' y sus instituciones.

Una concepción democrática con una perspectiva multidimensional deberá necesariamente involucrar experiencias otras, no solo a las instituciones partidarias y electorales. Es lo que permitirá, por ejemplo, que se descubran los espacios vacíos dejados por las organizaciones políticas tradicionales, por los partidos, por los sindicatos, por los órganos legislativos, por los mecanismos 'regulares' de disputa electoral dentro del modelo político convencional; que se capten de forma más fidedigna los problemas que afligen a las poblaciones; que se evidencien actividades e iniciativas en ejecución que indiquen transformaciones en curso; y que se suministren, en fin, los elementos impresindibles para una intervención eficaz y para una auténtica participación política.

A pesar de todo el escepticismo que hoy cerca a los ideales humanistas en general, y a la historia de las doctrinas en particular, el debate sobre la democracia se revitaliza justamente gracias a los adjetivos -'burguesa', 'popular', 'socialista', 'de baja intensidad', participativa, etc- que le son atribuidos. Son esos adjetivos, en última instancia, los que al calificar los procesos democráticos, acaban demoliendo el status de fórmula definitiva y única para la buena y justa convivencia humana que se le otorgó a la democracia. Son ellos los que la arrancan de la 'era de los absolutos' y recuperan el mosaico de intereses de sociedades que, cada vez más complejas, se muestran también cada vez más homogéneas en sus aspiraciones de poder y representación. Solamente un esquema de valores libre de los vicios de la democracia no paticipativa y autoritaria será capaz de proporcionarle al sujeto y al o los grupos a que se integra, a los pueblos y a las naciones - en el plano de las relaciones internacionales -, las opciones de participación social innovadoras. Vivimos un momento en el que la democracia se reconfigura. En el ámbito del continente surgen nuevas experiencias que no pueden encuadrarse en los esquemas tradicionales. Estamos todos, ciudadanos y ciudadanas de diferentes orígenes y culturas, llamados a ser constructores de una democracia en la que todos/as se sientan sujetos y actores sociales, en la que la participación sea la tónica y en la que la construcción de sociedades justas y sustentables sea el horizonte.

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