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La
violencia contra las mujeres no se reduce al golpe
Ángeles López García
fatleon@prodigy.net.com.mx
Centro de Derechos Humanos Victoria Díez
México

A
partir das lutas de mulheres e do movimento feminista,
desde fevereiro de 2007 vigora no México a Lei Geral
de Acesso das mulheres a uma vida livre de violência,
que tem as mulheres como sujeito jurídico e político
e reconhece que a violência contra elas se dá na família,
no trabalho, na escola, na sociedade, nos meios de
comunicação, nas instituições e no Estado, provocando
danos psicológicos, físicos, econômicos, sexuais,
patrimonial, chegando à morte. Este avanço legal,
entretanto, não permitiu ainda o acesso das mulheres
à justiça, já que reduz o reconhecimento dos direitos
ao interior da família natural, sendo esta ainda uma
grande dívida do Estado mexicano.
La violencia contra las mujeres es el crimen
más generalizado y menos castigado porque se considera
natural. Es una grave violación a los derechos humanos
que tiene consecuencias para el desarrollo económico,
político, social y cultural de cualquier país.
En México, las mujeres vivimos una violencia estructural
ejercida por las instituciones y el sistema social
patriarcal. Las políticas de estado están centradas
en el mercado y no en las personas. Lo que importa
es el crecimiento económico a costa del bienestar
social, con lo cual se agrava el estado de pobreza,
de desigualdad social y la violación sistemática de
los derechos económicos, sociales y culturales de
la población, en general, y de las mujeres y de amplios
sectores empobrecidos, en particular.
Según cifras conservadoras, en México el 42% de la
población vive en estado de pobreza y casi el 14%
vive en la pobreza extrema.[1] Según el Banco Mundial,
la pobreza en México alcanza el 50%.[2] Y esta realidad
convive con Carlos Slim, el hombre más rico del mundo
que concentra alrededor del 8% del PIB del país.
Esta indignante desigualdad no es solo económica,
también se refleja en el goce y disfrute de todos
los derechos humanos, en especial de los más pobres.
Las mujeres constituimos la mayoría de esos pobres
económicos y sociales debido, entre otras causas,
a la discriminación que vivimos por género, etnia,
raza y opción sexual.
El sistema patriarcal reproduce creencias, prácticas
y valores basados en la relación de poder de los hombres
sobre las mujeres, lo que hace de la violencia contra
las mujeres una experiencia cotidiana que, en su expresión
extrema, ha terminado con la vida de muchas mujeres,
dando lugar a lo que se ha llamado feminicidio.
En febrero del 2007, y después de muchos años de activismo
de mujeres y del movimiento feminista mexicano, entró
en vigor la Ley General de Acceso de las mujeres a
una vida libre de violencia. Es una ley que recoge
una buena parte de los estándares internacionales
de derechos humanos; tiene como sujeto jurídico y
político a las mujeres y reconoce que la violencia
contra las mujeres se da en la familia, en el trabajo,
en la escuela, en la sociedad, en los medios de comunicación,
en las instituciones y en el Estado, y que puede causar
diversos daños: psicológico, físico, económico, sexual,
patrimonial e incluso la muerte.
Desgraciadamente, este avance legislativo no ha traído
un mejor acceso a la justicia para las mujeres. El
estado mexicano reduce el reconocimiento de los derechos
de las mujeres solo al interior de la "familia natural"
y aun en este espacio intenta transmitir la idea de
la familia armoniosa, respetuosa e igualitaria, ocultando
la otra cara de la maternidad, expresada en el abuso
sexual, en la falta de cuidado, en el maltrato físico,
emocional, económico y sexual.
Vivimos en una sociedad con un doble discurso, pues
por un lado se sacraliza la maternidad -incluso la
no querida- y por el otro lado la maternidad se ejerce
en un mundo patriarcal y en circunstancias hostiles
y adversas para las mujeres, al extremo de ser impuesta
a las niñas víctimas de violación. El Estado responsabiliza
a las mujeres por la maternidad, pero no las provee
de los recursos materiales para ejercerla.
El modelo actual de familia no es un hombre proveedor
y una mujer "que no trabaja" o "ama de casa". La realidad
que vivimos es el de un trabajador con trabajo temporal
y bajos ingresos acompañado de una mujer con triple
jornada. Aun en el trabajo asalariado las mujeres
enfrentan mayores obstáculos que los hombres, reciben
salarios menores por el mismo trabajo, están mayoritariamente
en el trabajo informal, tienen menos acceso al crédito,
la tierra, el tiempo y la educación. Siguen siendo
las responsables del trabajo de casa y viven con una
culpa emocional de que están "descuidando a la familia".
Deben someterse a una prueba de no embarazo si quieren
acceder al empleo y sufren despidos ilegales cuando
están embarazadas. Todo ello sin que el Estado tome
las medidas adecuadas para prevenir, sancionar y erradicar
esta práctica.
Los procesos de privatización de servicios y el abandono
por parte del Estado afectan de manera directa a las
mujeres, las cuales acaban sufriendo sobrecarga de
trabajo. Por lo que podemos decir que la ineficacia
del Estado la pagan las mujeres y niñas con su trabajo,
sin horas de descanso, durmiendo menos, cuidando a
los enfermos, cuidando a sus hermanos más pequeños,
caminando mucho para comprar más barato.
El Estado mexicano tiene una mirada instrumental de
las mujeres al conferirles un rol subsidiario al Estado
y al mercado. Transfiere responsabilidades públicas
al espacio privado y esto implica inevitablemente
nuevas y mayores responsabilidades para las mujeres
de todas las edades: abuelas cuidando a los nietos,
niñas sustituyendo a las madres y madres con intensas
cargas de trabajo remunerado y no remunerado.
Esta es una violencia institucional que lleva a las
mujeres a, individualmente, resolver esta realidad
de la que el Estado se autoexcluye.
También la falta de leyes, de políticas públicas y
de mecanismos que impulsen el respeto, la protección
y la garantía de los derechos de las mujeres constituyen
violencia de género contra las mujeres. Así como la
ausencia de políticas públicas para las tareas de
cuidado humano que no son reconocidas, subsidiadas
ni financiadas, y todo el trabajo de las abuelas,
las hermanas, las tías, las suegras y las comadres.
La forma extrema de violencia contra las mujeres lo
constituye el feminicidio que tiene su base en una
cultura que subordina y discrimina a las mujeres,
pero que es tolerada por el Estado y la sociedad.
Los asesinatos de mujeres cometidos por hombres son
consecuencia directa de políticas gubernamentales
que le niegan a las mujeres su calidad de sujetas
de derechos y que pretenden preservar el status aferrándose
a ideas conservadoras que le niegan la ciudadanía
a las mujeres, a pesar del amplio marco normativo
que consagra derechos y libertades para nosotras.
PARA CONCLUIR
La violencia que acaba con la vida de las mujeres
es una grave violación a los derechos humanos. Los
funcionarios del Estado mexicano no le dan la debida
atención porque comparten la idea de que las mujeres
son usables, no son personas con dignidad y derechos
y solo pueden ser miradas dentro del contexto de una
familia.
La violencia contra las mujeres no es un problema
personal y privado, es un problema jurídico, político
y estructural. Para que exista es necesario el silencio,
la omisión, la negligencia y la inacción de las autoridades
encargadas de prevenir, atender, sancionar y erradicar
esta realidad.
La violencia que viven las mujeres muchas veces no
se denuncia, porque cuando ellas denuncian no se les
cree. Pocas veces se investiga y se persigue y, cuando
se persigue, se hace de una manera poco profesional
por parte de los investigadores y de los jueces, ya
que estos desconocen los instrumentos internacionales
de derechos humanos y carecen del conocimiento fundamental
de la violencia de género contra las mujeres.
Las causas de los feminicidios no se encuentran en
las características "patológicas" de los agresores,
sino en el estatus social, en el marco normativo deficiente,
en la ineficacia de los servicios y en la dificultad
de las víctimas para tener acceso a la justicia.
En México existe la violencia de Estado contra las
mujeres porque las instituciones no les dan garantía
de vida ni seguridad. El Estado no ha sido capaz de
garantizar el derecho a la vida, a la integridad,
a la salud y ni siquiera el derecho a la reparación,
para aquellas mujeres que han sido víctimas de algún
tipo de violencia. Al no garantizarse estos derechos,
se genera violencia institucional.
Los feminicidios consisten en la muerte evitable
de mujeres que han ido padeciendo una larga cadena
de violencia física, emocional, sexual, económica,
patrimonial, no solo dentro de la familia, sino en
la sociedad, en el trabajo, en los medios de comunicación,
en la escuela y en las instituciones.
Si hubiera una adecuada intervención por parte de
las instituciones judiciales, para dar reparaciones
con justicia y con asistencia social, el proceso de
violencia acabaría sufriendo una ruptura y se evitaría
el feminicidio.
Es por eso que el Estado mexicano debe tomar en serio
el cumplimiento de sus responsabilidades de respeto,
protección y garantía de los derechos de las mujeres.
Afortunadamente, casos como el de Maria da Penha,
en Brasil, nos animan a seguir denunciando la responsabilidad
del Estado ante las graves violaciones a los derechos
humanos de las mujeres, así como a seguir promoviendo
el cambio cultural con justicia social y justicia
de género, para lograr la plena ciudadanía de las
mujeres y conseguir sociedades democráticas en lo
público y en lo privado. (NA)
[1] Comisión Nacional de Evaluación. CONEVAL. "Reporta
CONEVAL cifras actualizadas de pobreza por ingresos
2006" Comunicado Num 002/2007, 3 agosto de 2007. www.coneval.com.mx/coneval/
[2] Periódico La Jornada, "En situación de pobreza,
50% de mexicanos: Banco Mundial" Roberto González Amador.
Sección de Economía. 26 julio 2006. |