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Construindo
Caminhos convida você a entrar nessa seção para conhecer
alguns desafios e experiências que marcam a produção
cinematográfica latino-americana. Logo de início,
com as reflexões propostas por Roger Alan Koza, você
vai poder conhecer um pouco mais sobre o que está
acontecendo com o cinema argentino. Novo, popular
ou industrial, os filmes realizados na Argentina parecem
dar uma contribuição significativa, seja no campo
da ficção ou dos documentários, à filmografia latino-americana.
E a seção continua com a apresentação de uma experiência
bastante inovadora e ousada, e que, certamente vai
lhe surpreender. Com o seu Revelando os Brasis, Renata
Rocha revela como o cinema, além de criar histórias
pode transformar vidas e até mesmo cidades inteiras.
Concluindo a seção, Manuel Cornejo Chaparro apresenta
suas críticas à situação da cinematografia peruana,
ressaltando que ainda há muito por fazer para evitar
que os chamados blackbusters a sufoquem.
Construyendo Caminos lo invita a conocer algunos desafíos
y experiencias que marcan la producción cinematográfica
latinoamericana. Ya en el comienzo, a partir de las
reflexiones de Roger Alan Koza, podrá conocer un poco
más sobre lo que está ocurriendo en el cine argentino.
Nuevas, populares o industriales, las películas realizadas
en Argentina parecen contribuir con el cine latinoamericano
de forma significativa, sea en el campo de la ficción
o en el de los documentales. La sección continúa con
la presentación de una experiencia bastante innovadora
y osada que, seguramente, lo va a sorprender. En Revelando
os Brasis, Renata Rocha revela de qué manera el cine,
además de crear historias, puede transformar vidas
e, incluso, ciudades enteras. La sección termina con
Manuel Cornejo Chaparro, quien presenta un texto crítico
sobre la situación cinematográfica peruana, a la vez
que resalta que aún hay mucho camino para ser andado
para evitar que la misma sea sofocada por los llamados
blockbusters.
Ficciones
nacionales
Roger Alan Koza
Programador del Festival Internacional de Cine de Hamburgo,
Alemania y crítico de cine de La Voz del Interior, Córdoba
- Argentina.
ojosabiertos2003@hotmail.com

Entender a cinematografia argentina atual implica problematizar
a ficção, tanto do chamado Novo Cinema Argentino como
do cinema popular e industrial, cuja debilidade encontra-se
na sua impossibilidade de propor narrativas capazes
de incorporar o histórico e o político. O documentário,
por sua parte, é um gênero imprescindível e necessário,
mas na sociedade do espetáculo é um gênero menor, fugitivo
e periférico, apesar da sua maturidade estética e sua
bravura política.
Fue
antes de la catástrofe del 2001 -cuando el público aceptaba
ver películas argentinas de todo tipo y no solamente,
como ocurriría más tarde, las que estaban asociadas
al mundo televisivo-, que el llamado Nuevo Cine Argentino
comenzó a pavonearse, pues era reconocido en los festivales
extranjeros más importantes del mundo y en su propio
país dejaba de estar en los márgenes. Se veía cine argentino
porque "estaba bueno".
Pero pasó un tiempo y el público cerró los ojos. No
era que el cine había dejado de "estar bueno". Después
del 2002, hubo películas importantes en todos los géneros,
también películas de autor. Los directores rutilantes
que asomaron a final del siglo pasado: Lisandro Alonso,
Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Martín Rejtman, Albertina
Carri demostraron que eran cineastas y no jóvenes con
suerte.
Algunos realizadores de otras generaciones volvieron
con películas que cuestionaban y problematizaban el
orden simbólico y económico dominante en la década del
'90, orden que una supuesta multitud politizada había
derrocado a golpe de cacerolas. Así, los nuevos documentales
de Pino Solanas ya no invitaban a un levantamiento revolucionario,
como a fines de la década del '60, sino a una suerte
de purga simbólica en función de conjurar lo que él
ha denominado "colonialismo mental". El disciplinamiento
neoliberal secretamente piensa por nosotros. Quizás
Lugares comunes (2002), de Adolfo Aristarain, condensaba
el espíritu de época mejor que ninguna otra película,
una de las pocas películas de ficción que se propuso
interrogar el presente atravesado por la historia.
Y es aquí en donde hay que problematizar la ficción
tanto del Nuevo Cine Argentino como del cine popular
e industrial -esta última una categoría bastante equívoca,
si se la examina con cuidado. En efecto, en su reiterada
imposibilidad de proponer narrativas capaces de incorporar
lo histórico y lo político -no como un mero contexto
o fondo impreciso aludido a través de algunas imágenes
o iconografía reconocible, sino como aquello que constituye
y condiciona tanto la subjetividad de los personajes
y sus vínculos como sus modos de estar en el mundo-
subyace la debilidad de nuestra cinematografía.

Sin duda, los documentales parecieran desmarcarse de
este padecimiento paradigmático. Se supone que al estar
en búsqueda de una representación más "real", habría
un deber metodológico, de lo que se predica un mayor
rigor sociológico. Pero no siempre es así y hay ejemplos
numerosos de cómo muchos documentales se agotan en el
ejercicio descriptivo. Teóricamente pusilánimes y políticamente
pasivos a la hora de desoír el sentido común y hacer
hablar, entonces, al tenue pero operativo discurso dominante,
ese que naturaliza el status quo, los documentales,
también padecen de una discreta pereza formal.
Es ostensible: el documental es un género imprescindible,
pero en nuestra sociedad del espectáculo es un género
menor, fugitivo, periférico aunque necesario. Películas
como M (2007), de Nicolás Prividera, Trelew (2004),
de Mariana Arruti, o Corazón de fábrica (2008), de Ernesto
Ardito y Virna Molina, indican que hay madurez estética
y bravura política. Pero el público elige la ficción.
Dado que el mundo se ha convertido en un espectáculo
generalizado, es en la ficción en donde hay que combatir
la saturación inescrupulosa de imágenes que nada dicen
del mundo porque hacen de él un lugar sin alteridades
ni fisuras. Se trata de una operación paradójica por
la que la ficción cinematográfica desordena y subvierte
en sus propios términos los efectos no ficcionales de
toda ficción. Es un poder prodigioso del cine.
TRES PELÍCULAS, TRES MODALIDADES DE FICCIÓN
Salamandra (2008), de Pablo Agüero, es una película
que puede irritar pero también sorprender y, sin duda,
es un film que patentiza muy bien cómo la última dictadura
atravesó la subjetividad colectiva de los primeros años
de la democracia; es un film en donde se sugiere que
el misticismo y el neohippismo de la década de los '80,
representado por el éxodo juvenil a la localidad de
El Bolsón, fue un modo inconsciente (e ineficiente)
de protegerse ante lo insoportable de una realidad muy
dolorosa.
"Krishnamurti dice que vivir sin hogar es como vivir
sin cuerpo", dice una madre descentrada y desorientada,
interpretada por Dolores Fonzi, a un familiar que cuidó
de su hijo mientras estuvo presa en tiempos de militares.
Ha estudiado, está capacitada y quiere empezar de nuevo.
Su hijo no la reconoce, pero sabe que es su madre. Y
si bien es un niño, entiende casi todo. Restablecer
un vínculo también implica aquí buscar un nuevo lugar
en donde vivir.
Los primeros minutos de Salamandra son alborotados y
confusos. Hay urgencia y desorientación y eso se traduce
en la puesta en escena. Todo se mueve, no hay serenidad,
es la percepción de un estado de conciencia y Agüero
elige un dispositivo formal en consecuencia. Fonzi dispara
sus palabras como si tuviera diarrea y la mierda le
saliera de la boca. Es un sujeto sufriente que no habla
para comunicarse sino para sobrevivir.
Película personal y catártica, Salamandra molesta por
su esmero en suspender indeterminadamente toda posibilidad
de reconciliación. Es un film gritón, de puños contenidos,
de delirio colectivo y definitivamente sin padres, es
decir, sin ley. En Salamandra los límites son inexistentes.
Se anda ligeros de ropa, acaso se trate más bien de
un striptease ontológico generalizado, además de anatómico.
En un pasaje delicado, Fonzi, desnuda, dialoga con su
hijo sobre si debe o no estar con un nuevo amante. Están
en la ducha, y, aunque ella hable de Edipo, la referencia
es deconstruida por la desnudez de la madre.
En Salamandra, la generación de sobrevivientes de la
dictadura apela a conformar una suerte de identidad
holística y gestáltica en consonancia con un nuevo orden
cosmológico y una sociedad alternativa, más libre, menos
consumista, y, sin saber por qué, menos política. Agüero
parece conocer a fondo la paradoja y por eso hace de
la disyunción del discurso, respecto de la práctica,
su principal herramienta de denuncia: se podrá hablar
de una vida nueva, pero lo que se ve es pura decadencia.
Y esto se muestra, no se dice ni se explica. Se ve cómo
la Historia es lo Otro de ese deseo consciente de fundar
un nuevo orden.
La sangre brota (2008), de Pablo Fendrik, es dispersa
y abundante en personajes y recursos. En ningún momento
la película consigue disponer sus materiales en una
narración coherente. Hay algunas secuencias logradas
en las que Goetz, utilizando la totalidad de su cuerpo,
expresa la búsqueda sensorial de Fendrik, quien parece
querer filmar la violencia muda de la cotidianeidad
urbana, su ubicua distribución materializada en los
intercambios mínimos, un malestar que aquí se comprueba
hasta en la elección de subir o no a un taxi. Lo bueno
de La sangre brota se halla en sus momentos físicos,
allí cuando la alienación hace su aparición.
Goetz es un profesor de bridge pero trabaja como taxista.
Debe ser uno de los tantos hombres de clase media que
se prepararon para algo y culminaron sus vidas en taxis
o remises. Su mujer también es profesora. Viven en una
casa que sugiere un pasado económico distinto. Uno de
sus hijos vive en Houston pero desea volver. Su otro
hijo, interpretado por Nahuel Pérez Biscayart, está
a la deriva. Además hay otros personajes: una adolescente
que reparte folletos de un local de reparación de celulares,
la dueña de ese negocio y su bebé, y un empleado de
unos 40 años que parece estar enamorado de la teen.
Se suman a este elenco de desorientados dos clientes
fijos de Goetz, quienes quizás trafican droga o algo
por el estilo. Sin duda, la heterogeneidad se reúne
bajo un grupo social específico, devenido a menos, pauperizado.
Es la clase media decadente, diagnóstico que se completa
con la precedente denuncia sobre la educación pública
en su primera película, El asaltante.
Pero hay situaciones inverosímiles y gratuitas: un posible
abandono de una criatura, inexplicable respecto de la
lógica del mismo personaje; una suerte de envenenamiento
absurdo que solo aparece para justificar el título;
una paliza excesiva que también parece inapropiada y
refuerza el nombre de la película. En otras palabras,
La sangre brota se constituye de fragmentos que no llegan
a vincularse con fluidez y lucidez, pues carece de una
articulación política capaz de resignificar lo que sí
describe e intuye como síntoma social.
La León, de Santiago Otheguy, pretende explorar un estilo
de vida, el de los isleños, en ese Tigre que aquí se
muestra arcaico y salvaje, detenido en el tiempo y sin
atisbos de progreso alguno. Es un mundo feroz y opresivo,
una sociedad organizada por tareas impuestas por la
propia naturaleza, también amenazada por la llegada
de los otros del Norte, los misioneros, que vienen a
robar maderas mientras los originarios apilan juncos
y cada tanto festejan las proezas de su propio equipo
de fútbol.
Es este el escenario elegido por Otheguy para explorar
también una experiencia sobre la homosexualidad que
nada tiene que ver con lo gay, figura naturalizada en
nuestro imaginario colectivo. Así, la vida del junquero
Álvaro y la de uno de los líderes de esta comunidad,
el Turu -quien maneja una lancha de pasajeros llamada
El León- serán los protagonistas casi excluyentes de
un drama erótico.
Formalmente ambiciosa y conceptualmente difusa, La León
no siempre consigue equilibrar su voluntad poética con
su voluntad narrativa. Hay pasajes logrados. Otheguy,
por ejemplo, compone un único plano en profundidad de
campo, en el que se ve el cuerpo desnudo de Álvaro duchándose
tras un partido de fútbol mientras el Turu espía sutilmente
por el espejo. Sin decir nada, establece el deseo de
un personaje por otro y también indica el estado civil
de uno de ellos. Otra escena muestra poéticamente la
muerte de un viejo y evidencia el ostensible talento
del realizador.

El problema de La León es cómo aproximarse al otro inconmensurable.
No se trata de la dificultad de un director argentino
que vive en Francia, sino la de una generación de cineastas,
pertenecientes a una clase específica, cuyo conocimiento
sobre la clase trabajadora y la vida en los márgenes
no supera el sentido común. Es que para ahondar en las
raíces de la xenofobia, la homofobia y el racismo hace
falta una clarividencia sociológica que no se zanja
con buenas intenciones. Será por eso que el plano general
predomina en la película. La distancia revela tanto
respeto como lejanía. Probablemente, el síntoma de una
impotencia para imaginar la vida de los otros.
Salamandra, La sangre brota y La León constituyen tres
modelos de ficción que predominan en el cine argentino
contemporáneo. El film de Agüero patentiza lo histórico
y lo político a través de los comportamientos y los
vínculos. El film de Fendrik presiente lo histórico
y lo político como síntoma a través de las conductas
explosivas de sus personajes pero lo que empuja y hace
brotar la sangre no se enuncia. El film de Otheguy,
finalmente, describe e imagina un mundo, pero se aproxima
a este como si la historia estuviese suspendida y desprovista
de un trasfondo político. En otras palabras, la mayoría
de las películas argentinas, y estas tres constituirían
tres modelos posibles, oscilan entre lo analítico genealógico
(Salamandra), lo intuitivo crítico (La sangre brota)
y lo descriptivo acrítico (La León). Mientras tanto,
el gran éxito del cine argentino de este año se llama
Un novio para mi mujer. Una historia de amor que transcurre
literalmente en el limbo. (NA)
NI
FICCIÓN NI REALIDAD
Claudia
Villamayor
Jornalista, Membro do Conselho Consultivo da Revista
Novamerica - Argentina
cvillamayor@laufquen.com.ar
Millones de seres humanos pendientes de lo que sucede
en la pantalla televisiva, provoca la obsesión por una
pregunta: ¿Qué los atrapa? Un Reality Show. Es un género
televisivo creado en Holanda por Joop van den Ende y
John de Mol. Ambos tienen una productora llamada Endemol
que es la artífice del mundialmente conocido "Gran Hermano".
El primero de todas las creaciones similares en todo
el mundo.
Las miradas están atrapadas, embrujadas, por un género
que no es el de la ficción ni el de la realidad. El
código es otro. Un reality show es una hiperrealidad,
una metáfora virtual de lo que es y no es al mismo tiempo.
Se trata de un género en donde quienes participan son
personajes reales que no harán ficción pero tampoco
reproducirán una realidad que existe por fuera de la
pantalla.
Existen diferentes tipos de procesos de narrativa televisiva
creadas para este género: las cámaras, cual ojo que
espía por la ventana de una casa para mirar pasivamente
lo que sucede en la vida cotidiana de un grupo de personas
y todos lo saben -esto puede permanecer así durante
las 24 horas del día-; las cámaras que miran a personas
que ignoran que son filmadas a quienes se les hace caer
en situaciones ridículas para que todo el mundo se ría
y se entretenga con la broma que, inclusive, puede representar
un gran susto; y hay otros programas que organizan un
concurso para alcanzar un premio mediante la competencia
entre un grupo de personas que, además, tienen que convivir
mientras se desarrolla la travesía, y eso es lo que
se filma.
El más exitoso de todos es el primer caso de los mencionados
y su principal representante es Gran Hermano. El guión
de un programa como este es producido de un modo diferente
que el habitual en una ficción. En lugar de representar
o recrearla escribiendo un libreto de ficción, la historia
se crea en el mismo momento que sucede. 10 o 12 personas
viven en una casa grande y es allí donde acontecen los
dramas que produce la convivencia, los diálogos de la
vida cotidiana.
Las personas son elegidas mediante un proceso de selección
previa que va desde un examen médico, psicológico hasta
pruebas y análisis del currículo laboral. Vale decir,
las personas, devenidas personajes, son estudiadas previamente
para componer el grupo que vivirá y producirá in situ
la trama dramática. Según tipo de personalidad, historia
de vida, intereses, formas de ser, gustos, expectativas,
quehaceres, son convocados para la convivencia, mientras
son observados por millones de personas.
La presunta "espontaneidad" no existe. En primer lugar
-hay que decirlo- se hace necesario velar por un espectador
capturado. Por lo tanto, hay que respetar la gramática
cultural de la televisión y, en particular, la de esta
época. Ella consiste en la clásica economía de lenguaje,
la síntesis en la imagen que necesita cualquier teleteatro.
El guión surge de lo que acontece en el puro presente
del relato, pero también es guiado de acuerdo a la normativa
de la imagen televisiva.
La realidad, entonces, es una construcción televisiva
en base a personajes que hacen como si fuera real lo
que ellos mismo son. El presente puro y la hiperrealidad
creada. Se trata de otra ilusión inventada para el entretenimiento,
que se basa en la inagotable creatividad mercadológica
de una industria cultural que tiene por objetivo el
lucro, y no el beneficio de sus protagonistas en pantalla.
Valga la mención de que quienes participan de este tipo
de programas permanecen confinados tres meses en una
casa televisada para, al salir de allí, firmar autógrafos
y recibir una cantidad ínfima de dinero a cambio de
asistir a fiestas.
En esta ya no tan nueva invención de la realidad, se
disparan situaciones dramáticas buscadas. La narrativa
se teje a partir de la puesta escenográfica real pero
no realista, a partir de la cual se promueven circunstancias
inverosímiles, siempre con la mentada omnipresencia
de las cámaras de la tele.
Durante las emisiones en vivo, transcurre otra situación
generada de manera premeditada y que es de conocimiento
tanto de los personajes convocados como de los telespectadores:
el concurso y el premio. Para alcanzar el premio, se
procederá a un mecanismo de eliminación progresiva de
los participantes, para que así, exista un ganador.
Hasta los espectadores pueden votar, con lo cual se
crea un simulacro de democracia televisiva.
Productores y orientadores del guión que se arma, también
premeditan la competencia como incentivo fundamental
para el curso de la acción dramática en donde se generan
reacciones emotivas por parte de las personas que están
dentro de la casa. Lo esperable, desde el punto de vista
de la producción, es llevar al extremo las emociones
para aumentar la tensión y, de este modo, capturar la
atención al ojo del raiting. La espontaneidad no existe.
Esta suerte de hiperrealidad televisiva construye e
instituye una forma de narrativa que consiste en crear
lo real a partir de un móvil de no ficción y de no realidad.
Y con ello van tejidos valores iniciales ligados a un
motor: el de la competencia. Y con esta, las reglas
que la misma supone. Cada quien estará normado por el
deseo de conservar individualmente el voto de sus compañeros/as
y el de las personas telespectadoras. Salvarse el individuo.
En gran parte, el promedio de televidentes es el de
un público joven, cuya trama perceptiva es mucho más
acelerada que la del mundo adulto actual (aunque no
de todo el mundo adulto).
La trama de la percepción juvenil tiene otro tiempo
y otra gramática tecnológica. Es tridimensional y es
capaz de ver y seguir varios relatos al mismo tiempo.
Es otro alfabeto y de esto están muy bien informados
quienes producen los reality show.
La sociedad pretendidamente adultizada es lineal y,
por lo general, controladora de preadolescentes y jóvenes
que observan, atónitos, la antigüedad de la mirada televidente
de sus padres. Estos permanecen en la cultura cristalizada.
Creen que por la prohibición y/o la opinión negativa
sobre los cuerpos semidesnudos que aparecen en la pantalla
sus niños perderán la moral. Como se sabe, toda opinión
descalificadora o mojigata tarde o temprano será birlada
por los mismos jóvenes y, mucho antes que ellos, por
el mercado del talk show o reality show.
La hiperrealidad atrae, incomoda, pero no compromete
a nada. Puro entretenimiento, premeditación, constructor
de competencia y de individualismo. Son sus valores.
¿Serán los de la sociedad globalizada? He ahí la clave
de una hegemonía exitosa.
Por cierto, no está lejos este simulacro virtual llamando
Reality Show y la sociedad de consumo que lo genera
de aquella gesta de George Orwell en su libro llamado
"1984". El libro mencionaba de modo futurista que llegaría
el día en que iba a existir un impersonal con poder
de controlar cada palabra y cada movimiento de una de
las grandes naciones en que se hallara dividido el mundo.
En la era del puro presente, el dictador está entre
nosotros, tejido y legitimado. Se llama Mercado. Y tiene
sus propias narrativas televisivas.
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