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La Revista de la Pátria
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IDÉIAS
EM REDE / IDEAS EN RED
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Adolescencia
y salud mental en los albores del siglo XXI
Ana María Echeberría y
Marcelo Lacaño
Uruguay
Pensar
a adolescência e agir diante das novas patologias emergentes
nesse período da vida implica uma compreensão abrangente
da questão e chama-nos a assumir a responsabilidade
enquanto cidadãos, pais, educadores e profissionais.
Significa entender como a moda, o papel do corpo, as
novas configurações familiares e as informações propaladas
pelas mídias colaboram no processo de construção da
identidade. Implica, também, considerar alguns elementos
de ordem social, como o consumo, os novos papéis assumidos
pelos pais, as atenuadas diferenças de gênero e as situações
de pobreza e marginação.
Sin duda tanto en el ámbito educativo como en la clínica,
o en la convivencia cotidiana, se nos van presentando
nuevas problemáticas en el área de la salud mental.
Básicamente portadas por los adolescentes, aparecen
manifestaciones que nos cuesta comprender y saber cómo
manejar. Es a partir de estas situaciones que educadores
y profesionales nos hemos abocado con preocupación a
pensar la cuestión de la adolescencia y las nuevas patologías
que emergen en nuestro horizonte de trabajo. Apostar
a una comprensión más abarcativa, nos permite entender
el sentido de esta emergencia de síntomas portados por
los adolescentes, que sin duda dan cuenta de malestares
que los trascienden en tanto grupo etario. Y claro está,
luego deberemos pensar qué nos corresponde en cuanto
a cómo aliviarlos de esta pesada carga de sufrimiento.
¿ACERCA DE QUÉ ADOLESCENTES?
La primer dificultad que se nos plantea es en relación
a la imposibilidad de dar una versión única de “los/las
adolescentes”. En estos tiempos, signados por el desarrollo
de las comunicaciones, todos los modelos se ofrecen
como pautas posibles de socialización. Encontramos entonces
jóvenes identificados con patrones culturales muy variados
y que organizan sus comportamientos en torno a subjetividades
divergentes. A la vez, adquieren mayor peso en la socialización,
las condiciones generadas por el aumento de la desigualdad,
el agravamiento de las situaciones de exclusión, que
incluso determinan muchas veces la imposibilidad de
la adolescencia en tanto tiempo de moratoria social.
Nos apoyaremos para intentar comprender en la conceptualización
de Arminda Aberastury acerca de la Crisis Adolescente:
pensaremos los avatares de la transformación del cuerpo,
la identidad y los vínculos familiares, en relación
con el contexto social en que acontecen.
LA
FAMILIA DE LOS ADOLESCENTES: LO VINCULAR.
Las familias de este comienzo de siglo no son ajenas
a la “subjetividad dominante” en la época. Nuevas configuraciones
familiares, donde los lugares, vínculos y roles son
diferentes, despliegan sus problemáticas. Y encontramos
entonces marcadas dificultades en el ejercicio de los
roles parentales. La tan mentada cuestión de los límites
es ámbito de expresión de las mismas. Las pautas en
que fueron socializados los padres de los adolescentes
de hoy, inciden sobre estos, generando muchas veces
la dificultad de limitar, en el sentido que equivaldría
a reprimir. Pero si las situaciones desbordan, se apela
al límite, generándose discursos muy confusos y ambiguos
que dejan al adolescente sumido en la inseguridad.
Cuando los límites no están o no funcionan adecuadamente
se sale a buscarlos. En estas situaciones el uso de
drogas, las transgresiones, los problemas de conducta
escolares, las conductas autoagresivas, por ejemplo,
pueden cobrar ese sentido. O bien para promover la preocupación
y el cuidado a nivel familiar, o buscando hacer aparecer
la ley (que intervenga la policía u otra autoridad),
o intentando encontrar un límite en los efectos de las
sustancias que opere como tal sobre el cuerpo, aún en
la propia muerte.
El descuido de la comunicación a nivel familiar como
consecuencia del stress diario, la adolescentización
de los adultos que no pueden envejecer y no se ofrecen
como modelos de los que diferenciarse, son otras expresiones
de las dificultades en relación al ejercicio de los
roles parentales.
EL CUERPO SOMETIDO. EL IMAGINARIO ESTÉTICO DE LA MODA.
Asistimos a un tiempo de omnipotencia cultural sobre
la capacidad de dominio del cuerpo, el envejecimiento
y la muerte. Cirugías y dietas, alimentan la ilusión
de que es posible alterar nuestra naturaleza, sustraer
al cuerpo de su fisiología y adecuarlo-someterlo a los
imperativos estéticos de la moda. Propio de esta época
es la inclusión de este fenómeno en la cultura del consumo.
En torno al logro de estos “cuerpos perfectos” se organiza
un marketing, que apunta a consolidar un “modelo – producto”
a adquirir a cualquier costo.
En la adolescencia el estatuto del cuerpo ocupa un lugar
central en el psiquismo. Los cambios que acontecen en
la pubertad son previos a la constitución de la nueva
imagen del cuerpo, tarea que se continua en la adolescencia,
indisolublemente ligada al logro de una identidad.
Desde esta óptica, podemos pensar en el papel que, junto
con aspectos individuales, juega este designio omnipotente
desde la cultura, en el surgimiento de las nuevas patologías
de la alimentación, bulimia y anorexia.
En esta etapa, de por sí conflictiva en lo que hace
a la imagen del cuerpo, la presión que supone la exigencia
de adaptación a los estereotipos dominantes, genera
mucha angustia, siendo que además, la pertenencia al
grupo de pares juega un rol importante en el proceso
de construcción de identidad, y esta se expresa también
en la forma de vestir, junto con otros códigos culturales,
entre los cuales podríamos incluir las conductas que
se tienen en relación al propio cuerpo.
EL USO DE DROGAS O "CUANDO LOS SENTIDOS SE ANESTESIAN".
El uso de drogas, posibilita sentirse dueño de las sensaciones
del cuerpo, y que estas pueden ser provocadas por el
deseo o la voluntad. Es así que algunos jóvenes
argumentan su consumo o el ejercicio de la violencia,
o las agresiones autoinfringidas, en la necesidad de
“poder sentir”. Expuestos a estímulos cada vez más intensos,
los umbrales de sensación se modifican.
Y a la vez las drogas para poder contactar con uno mismo
y con los otros, para poder dar cuenta de lo “a-dictum”,
lo no dicho y que pugna por expresarse, cuando no es
posible una circulación de la palabra que hable de lo
que se siente, de lo que se sufre.
MÁS TEMPRANO QUE TARDE...
Desde el mundo adulto, se promueve para niños y
adolescentes, una cierta “precocidad de las experiencias”,
entendiendo por tal aquellas experiencias a que nos
enfrentamos antes de que el aparato psíquico esté preparado
para tramitarlas adecuadamente, y que por esta razón
devienen traumáticas.
Telenovelas para niños y adolescentes, la oferta de
formas de recreación y uso del tiempo libre usualmente
propias de otras edades, estilos de vestirse, promueven
la precocidad en diferentes áreas de la vida. Y así
se ponen en juego montos de excitación que no siempre
los chicos pueden manejar.
En lo que hace al cuerpo, esto se traduce en una puesta
en juego del mismo en la relación con el otro a nivel
de la sexualidad, que muchas veces no es sin consecuencias.
Así encontramos luego adolescentes con cuerpos “devaluados”,
y tal vez por esto entre otras muchas razones, cuerpos
agredidos, dañados, puestos en riesgo. Cuerpos pinchados,
perforados, a los que se le meten “cosas” dentro, como
claramente las drogas - cosas - buscando tal vez llenar
vacíos de sentido.

LA
IDENTIDAD. SER ADOLESCENTE EN LOS ALBORES DEL 2000.
Más allá de los aspectos que, a nivel individual
y familiar hacen a este proceso de construcción de identidad,
nos resultan significativos algunos elementos de orden
social que estarían incidiendo.
Los soportes identitarios se vinculan a rasgos que se
proponen desde la cultura. En la postmodernidad han
cambiado: se propone como modelo ser juvenil, competitivo,
exitoso, y esto último medido sobretodo a través de
la capacidad de consumo.
Los padres se desdibujan como modelos de adulto, las
diferencias de género se atenúan, es difícil poder cumplir
con los requisitos de éxito, la masividad de los espacios
educativos da lugar a situaciones de anonimato, donde
un estudiante es sólo un número en la lista. Es entonces
que en este difícil proceso, el consumo de drogas o
los trastornos alimenticios u otros trastornos de conducta,
pueden asumir también el sentido de rasgo identitario
y de pertenencia a un grupo, a la vez que dar cuenta
del dolor del vacío que se genera en el adolescente
ante la pérdida de lo infantil y la dificultad de instalar
“lo nuevo” en su lugar.
A la vez estas problemáticas prestan al adolescente
una identidad. A través del síntoma se pasa a ser para
los otros un “alguien” diferente y reconocible, que
despierta en ellos preocupación y ocupación.
La situación de las jóvenes mujeres se complejiza aún
más por la indefinición de los estereotipos deseados,
las contradicciones en los mensajes como producto de
los cambios en el rol social de la mujer, que aún no
han sido metabolizados por el conjunto de la sociedad,
donde coexisten aún las imágenes de la mujer-madre,
tierna, referida a la casa y la familia; con los requerimientos
de emprendimiento, ejecutividad, competitividad. Es
así que las adolescentes transitan por esta etapa, mostrando
múltiples facetas. Tan pronto bebiendo alcohol por la
calle y de la botella, como en otros momentos colaborando
en la crianza de hermanos, o tal vez bailando danza
clásica o estudiando medicina.
EN TIEMPOS DE EXCLUSIÓN.
Las situaciones de pobreza y marginación, en que van
quedando sumidas muchas familias, van dejando a muchos
cada vez más “por fuera” de las posibilidades de acceso
a los servicios y bienes, en un contexto social de exaltación
del consumo, donde se vale más cuanto más se tiene,
sin importar cómo se acceda a ello. Se llega incluso
a definir la pertenencia o exclusión de determinadas
categorías en función de lo que se consume: “ser joven
y usar tal calzado deportivo”, y en tanto no es alcanzable
para todos genera frustración, y en tanto violento engendra
respuestas violentas, ligadas a la “rabia narcisista”
por la discriminación, al dolor por la no asignación,
al sufrimiento de la exclusión.
“¿No tenés tal cosa?”, pregunta el adolescente, “entonces
no existís”. La angustia por no poder es sustituída
por otra, de asignación, el temor de no ser.
El desempleo como exclusión del circuito de la actividad
y la productividad, y como consecuencia, del acceso
al salario, los despidos, el subempleo, la informalidad,
con las consecuencias materiales y emocionales que implica.
En el caso de los jóvenes, durante mucho tiempo preparándose
para ingresar en un espacio, el mundo del trabajo, que
luego resulta ser un “no lugar”. Y en quienes están
insertos, el miedo a quedar excluido, aumentando entonces
la presión por mantenerse dentro del circuito a costo
de pérdidas significativas de calidad de vida y muchas
veces de dignidad en el quehacer.
¿Cómo armar entonces proyectos de vida viables, más
allá de la ilusión de emigrar?
¿Cómo incluirse?
Desde el mercado se estimulan las conductas de consumo
de sustancias legales como signo de pertenencia. Así
el ser jóvenes, ser amigos, estar juntos, tener cosas
en común, aparece mediatizado por el alcohol o el tabaco.
Por otra parte las estrategias ilegales muchas veces
constituyen estrategias de sobrevivencia, que posibilitan
además la inclusión en tanto acceso al consumo.

Hasta aquí un mapeo parcial de situaciones que dificultan
el proceso de crecimiento en salud de los adolescentes
contemporáneos. No son “los problemas de los jóvenes
de ahora”. Debemos tomar conciencia que estas problemáticas
dan cuenta en términos generales de situaciones propias
del mundo adulto. Estamos implicados. En la medida que
no podamos enfrentar los desaciertos en la función y
responsabilidad del cuidado paterno, en tanto no podamos
enfrentar las profundas crisis sociales y culturales,
interpelar los discursos dominantes desde una mirada
ética, que recupere valores sustanciales, mientras no
revisemos las políticas sociales y educativas, seguiremos
presenciando el surgimiento de comportamientos disfuncionales,
de alteraciones de conducta, de diversas problemáticas
de salud mental.
En nuestras manos, como ciudadanos, padres, profesionales,
educadores, hombres y mujeres que apuestan por la vida,
están las posibilidades de prevenir y de transformar
esta realidad. (NA)
Ana
María Echeberría, uruguaya, Psicóloga, terapeuta de
adolescentes, especializada en Prevención y Asistencia
de los problemas vinculados al uso de drogas.
Domicilio: Juan Campisteguy 2779. Montevideo, Uruguay.
anamar@mail.chasque.net
Violencia
Juvenil y Protagonismo Comunitario
Diego
Chiara Bellido
Lima - Perú
La
violencia social en el Perú ha venido adoptando en los
últimos años un nuevo rostro, el mismo que ya habían
venido mostrando hace largos años atrás la pobreza,
el desempleo, la marginación y otros males propios de
un país donde algunos de sus estratos socioeconómicos
parecen diluirse dejando abierta la brecha que separa
a un lado a ese 54% de población en pobreza extrema.
De la información proporcionada por el Instituto Nacional
de Estadística e Informática (INEI), podemos afirmar
que el Perú es un país joven, teniendo una tasa de fecundidad
estimada para el 2002 de 2,89. El 22,8% de la población
peruana tiene menos de 10 años, el 10,9% entre 10 y
14 años y de cada 100 personas, 28 están comprendidas
entre los 15 a 29 años de edad[1].
Aproximadamente hace una década es cuando empiezan a
proliferar en las calles de Lima, y paulatinamente en
otras ciudades del país, grupos de adolescentes y jóvenes
que no encontraron otra forma de expresarse sino a través
de la violencia contra personas, grupos similares y
a bienes públicos y particulares. Desde entonces, las
“pandillas” en la capital del país, que alberga un 41,8%
de su población menor de 18 años en condición de pobreza,
han aportado considerablemente a la sensación de inseguridad
que ya vivía la población limeña bajo otras prácticas
delincuenciales. De aquí la referencia figurativa que
hacíamos al inicio cuando nos referíamos al nuevo rostro
de la violencia.
Es casi generalizado entre la ciudadanía y en los políticos
reducir la solución de esta problemática a un manejo
represivo a efecto de velar por el orden público y garantizar
la seguridad ciudadana, conceptos muy bien vendidos
por los medios de comunicación, no reparando que tras
cada uno de esos muchachos hay una historia compleja
donde actores como la familia, la comunidad y el Estado
no representaron necesariamente su mejor papel, ya sea
por acción u omisión.
Corresponde entonces que a partir de un reconocimiento
de la responsabilidad que le atañe a cada quien frente
a la problemática de la violencia juvenil, se tejan
consensos tendientes a formular y ejecutar políticas,
programas y/o estrategias integrales para la prevención
de este mal social del cual todos nos quejamos pero
no vemos la salida en nuestras propias manos. Experiencias
alternativas desde la sociedad civil y de los propios
gobiernos locales ya se han venido desarrollando en
pequeñas escalas y con buenos resultados, correspondiendo
entonces ser adecuadamente replicados.
Una de las instituciones que viene desarrollando un
Programa Integral de Atención y Prevención de la Violencia
Juvenil es el Centro de Estudios y Acción para la Paz
(CEAPAZ), programa que se asienta sobre tres fundamentos:
la aplicación de una metodología educativa desde un
enfoque de respeto de derechos; la intervención de profesionales
de distintas disciplinas en el trabajo tanto a nivel
individual como colectivo y la participación activa
de la comunidad y sus instituciones –sean estas públicas
o privadas- en la sostenibilidad de la propuesta.
Si bien esta iniciativa se centra en la atención de
adolescentes en situación de riesgo o involucrados ya
en la problemática de la violencia juvenil, el propósito
de la intervención es abrir los espacios del entorno
social donde ellos residen, a efecto de ser realmente
incluidos en el devenir de la comunidad, en hacerlos
partícipes de la construcción de los destinos de su
vecindad, en darles la oportunidad de ser considerados
también actores sociales en su medio.
En este quehacer nadie queda excluido, la familia, la
organización vecinal, la escuela, las iglesias, la delegación
policial, las ONGs, el gobierno local, entre otras instituciones,
siempre tienen mucho que aportar en esta red de compromiso
con los ciudadanos y líderes del mañana.
Diego Chiara Bellido
Responsable Área Jurídica Centro de Estudios y Acción
para la Paz
General Santa Cruz 635, Jesús María, Lima 11, Perú.
dchiara@ceapaz.org
Telefonos: (511)3306984 / 4337522
Telefax : (511)4230464
[1] En: Juventud peruana en cifras, CONAJU, Lima, 2003.
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