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La Revista de la Pátria
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IDÉIAS
EM REDE / IDEAS EN RED
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Chile,
el camino de la verdad profunda
Ricardo Lagos
Presidente de Chile

Na noite do domingo 28 de novembro de 2004, o Presidente
do Chile, Ricardo Lagos, apresentou ao país o relatório
elaborado pela Comissão Nacional sobre Prisão Política
e Tortura a partir dos testemunhos de mais de 35 mil
chilenos que foram detidos e submetidos a agravos ilegítimos
após o dia 11 de setembro de 1973. Apesar da dor que
os relatos das vítimas provocam, o relatório é visto
como uma forma de contribuição com a verdade histórica
e como um momento inaugural do processo necessário e
fundamental de cicatrização das feridas do povo chileno.
Chile
es conocido, entre otras cosas, porque de tanto en tanto
algún terremoto hace estremecer nuestra alargada y heterogénea
geografía. Pero también hay veces en que el alma nacional,
el sentido colectivo de nación, vive conmociones mayores.
Y vemos como el mundo vuelve sus ojos hacia nosotros,
porque esas conmociones han sido tan o más fuertes que
aquellas que a veces sacuden nuestra tierra, entre la
cordillera y el mar.
Es lo que hemos vivido en estos días, desde que se hizo
público el Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión
Política y Tortura. En él, por primera vez, los chilenos
conocieron la verdad de una historia medio encubierta,
negada por algunos, silenciada por otros. En él está
escrito el testimonio de más de treinta y cinco mil
personas residentes en Chile y en el exterior. Veintiocho
mil de esos testimonios fueron aceptados como válidos
después de ser estudiados rigurosamente y algo más de
siete mil pasaron por un segundo análisis.
Creo no equivocarme al afirmar que este Informe constituye
una experiencia sin precedentes en el mundo. Permitió
que penetremos, después de tres décadas, en una dimensión
oscura de nuestra vida nacional, un abismo profundo
de sufrimientos y tormentos.
¿Por qué hicimos eso? Porque, en última instancia, toda
sociedad necesita encontrar el camino en el que las
verdades se encuentran con la Historia.
Es cierto que en 1988 el pueblo derrotó a la dictadura
con la expresión alegre de su fervor ciudadano. Y todo
el mundo vio como Chile decía «¡No!”, repudiando los
propósitos continuistas del régimen autoritario. Hace
exactamente quince años, otro diciembre, pudimos elegir
libremente un presidente y un parlamento para retomar
el rumbo de la democracia.
Desde entonces caminamos con madurez y ponderación,
pero sin nunca detenernos a mitad del trayecto para
derrumbar los muros detrás de los cuales se ocultaba
la verdad.
El primer muro cayó con el Informe Rettig, en cuya elaboración,
en 1991, se trató de establecer el cuadro más completo
posible sobre las más graves violaciones a los derechos
humanos, resultando en muertes y desapariciones, cometidas
por agentes del Estado o por particulares con intereses
políticos. Más de 3.200 nombres fueron recogidos, mostrando
de forma genérica lo que ocurrió en Chile y nunca antes
había sido reconocido.
Luego vinieron las medidas a favor de los que habían
vivido en el exilio y de los que habían perdido su trabajo
por razones políticas. En cada paso estuvieron en juego
tres conceptos fundamentales: verdad, justicia y reparación.
En 1999 se constituyó la Mesa de Diálogo, donde por
primera vez, representantes de las Fuerzas Armadas junto
a destacadas personalidades de los organismos de derechos
humanos y de diversas corrientes espirituales comenzaron
a asumir una verdad en común sobre lo que pasó en Chile.
Fue la primera vez que se habló en conjunto de cuerpos
enterrados clandestinamente y de prisioneros arrojados
al mar.
Esta dura marcha nos llevó, en 2003, a penetrar en un
terreno más difícil: crear una comisión donde aquellos
que seguían por la vida cargando con sus memorias, dolores
y silencios, pudiesen ser escuchados para contribuir
con su testimonio a la verdad de Chile y a la cicatrización
de las heridas.
Quedé conmovido frente a esos miles de relatos; las
palabras de las víctimas estremecen. Sentí muy de cerca
la magnitud del sufrimiento, la locura de la crueldad
extrema, la inmensidad del dolor.
Sin embargo, pienso que le hace bien a Chile y a su
solidez atreverse a encarar la verdad. El informe nos
pone frente a una realidad inocultable: la prisión política
y las torturas fueron una práctica institucional de
Estado, lo que es absolutamente inaceptable y ajeno
a la tradición histórica de nuestro país.

Algunas de las democracias sólidas, paradigmáticas en
el respeto a los derechos humanos y las libertades individuales
que hoy tanto admiramos en los países desarrollados
atravesaron, no muchas décadas atrás, situaciones históricas
similares con violaciones terribles y masivas de los
derechos humanos.
Tales democracias lograron, con mayor o menor dificultad,
curar sus heridas y construir un presente de libertad
y prosperidad. En ninguna de ellas la memoria fue borrada,
y sí, fue transformada en parte de una historia compartida.
Para las nuevas generaciones, el desafío es cuidar el
respeto por los derechos humanos como un patrimonio
común de la sociedad.
El trabajo de esta Comisión en Chile, y la publicación
de su informe, fue mucho más allá de lo que muchos imaginaron.
El testimonio de cada hombre y mujer quedó guardado
en una carpeta individual, ocupando un lugar en los
archivos permanentes de la nación.
Tal vez sea este el acto más importante de aliento a
las víctimas en su dolor. Se acabó el silencio, se desterró
el olvido, se rescató la dignidad de cada uno de ellos.
Por cierto, habrá reparaciones. Serán modestas, pero
corresponden a la obligación del Estado de reconocer
su responsabilidad. El Parlamento estudiará los detalles.
Pero lo importante está mucho más allá. Está en cierta
luz que cruza ahora la convivencia de todos los chilenos.
Porque fuimos capaces de encarar toda la verdad de frente,
podemos empezar a superar el dolor, a regenerar las
heridas.
He hablado a mi país sobre una dimensión ética de la
política. En este siglo XXI, ella debería estar en los
cimientos básicos de las relaciones en cada sociedad
y en el orden de la comunidad internacional.
Como hemos dicho en Chile, si no queremos vivirlo nunca
más, nunca más debemos negarlo. (NA)
Traduzido por Jorge Davidson
Publicado en el Jornal Globo (02/12/2004) |
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