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Opinião
é um espaço aberto à expressão de diferentes pontos
de vista em torno de uma questão específica que inspira,
marca e até mesmo pode se constituir em pano de fundo
do tema principal em debate e análise. A Revista Novamerica
113 perguntou: o que significa passar da democracia
representativa para a democracia cidadã? Do Peru,
nas reflexões de Fabíola Luna Pinedo uma resposta
possível. Mas a Novamerica foi até seus leitores e
abriu espaço para as suas opiniões. Mergulhando nas
páginas dessa seção vamos poder conferir uma multiplicidade
de idéias sobre tão instigante pergunta.
Opinión es un espacio abierto a la expresión
de diferentes puntos de vista en torno a un aspecto
específico que inspira, marca e incluso puede constituirse
en escenario del tema principal en debate y análisis.
La Revista Novamerica 113 preguntó: ¿Qué significa
pasar de la democracia representativa a la democracia
ciudadana? De Perú, en las reflexiones de Fabiola
Luna Pineda, una respuesta posible. Pero Novamerica
fue hasta sus lectores y abrió espacio a sus opiniones.
Sumergiéndonos en las páginas de esta sección, vamos
a poder comprobar una multiplicidad de ideas sobre
esta tan instigante pregunta.
De
electores a ciudadanos
Fabiola
Luna Pineda
Directora del Centro Amazónico de Antropología y Aplicación
Práctica (CAAAP)
Perú
fabiolamoon@hotmail.com

A
democracia não pode se esgotar no encontro dos cidadãos
com as urnas. Mais do que eleitores, são necessários
cidadãos ativos que "votem e decidam". Democracia
de cidadãos significa a procura de maior igualdade
social; significa luta eficaz contra a pobreza e expansão
dos direitos humanos; significa a responsabilidade
dos cidadãos com a ação política. A função principal
da cidadania ativa é criar e/ou participar em sistemas
de controle dos poderes públicos, com a finalidade
de que os governantes respondam pelos seus atos e
suas políticas.
El Latinobarómetro 2006 recoge los resultados
de una encuesta de opinión que se aplica en los países
de Latinoamérica desde 1995. En la encuesta de 2006,
por primera vez, se cuenta con los datos de representación
nacional de los 18 países de la región, excepto Cuba.
Los 18 países de la región siguen tendencias similares.
Estos datos siguen dando muestra de la heterogeneidad
que caracteriza a Latinoamérica.
Existe un moderado optimismo de la región a causa
del buen momento macroeconómico y el destacado ascenso
de la democracia, un 7%; se ha pasado del 31% en 2005
al 38% en 2006 en la mayoría de los países. Pese a
esta realidad, la mayor parte de los países tienen
la percepción de que las élites gobiernan para el
provecho solo de unos cuantos y no de las mayorías.
Las 11 campañas presidenciales del 2006 han traído
consigo una presión de expectativas por las promesas
realizadas en ellas.
Si bien en la región la democracia es más resistente,
su consolidación es mucho más compleja y demanda más
tiempo. Se puede decir que "no existe malestar con
la democracia pero hay malestar en la democracia".
La causa de esto es que en la región existe mucha
desigualdad y altos grados de pobreza. Existe el denominado
triángulo de la democracia electoral, la pobreza y
la desigualdad.
El desafío de la democracia en nuestra región es pasar
de una democracia de electores a una democracia de
ciudadanos. Ello es posible por cuanto la democracia
es la única forma de organización política que tiene
capacidad de rectificarse a sí misma.
El concepto de ciudadanía está ligado a la noción
de la "esfera pública", por lo tanto, al ámbito de
la acción propiamente política. En general, aunque
no existe una explicación única sobre el origen del
concepto de ciudadanía, se considera que este reside
en el Estado- nación moderno, que impuso uniformidad
de lengua, de religión, de un solo sistema educativo
y un sistema de medidas, de pesos y monedas. Esta
tendencia uniformista y universalista se consolida
al descomponerse los órdenes estamentales y corporativos
del feudalismo. Desde esta perspectiva, la ciudadanía
es la pertenencia a un nuevo concepto de comunidad
de iguales, la del Estado-nación, en la que reside
la soberanía del poder estatal. De esta manera este
concepto de ciudadanía está asociado al origen de
la democracia moderna.
Pero el origen del concepto de ciudadanía es más antiguo,
se haya en la polis griega y la democracia ateniense.
Ciudadanía, vinculada a civitas, proviene de la polis
(ciudad-estado) griega. De este último concepto proviene
el concepto de "lo político". Así pues, la noción
de ciudadanía está histórica y etimológicamente unida
al ámbito de la política. Siguiendo a Hanna Arendt
se puede afirmar que la ciudadanía es una actividad
libre y en ella son esenciales dos aspectos: el recurso
del discurso (lexis), es decir, el uso de palabras
oportunas en momentos oportunos; y el recurso de un
espacio público, donde hombres y mujeres se reconocen
mutuamente como iguales y distintos a la vez. Lo público
para Arendt hace referencia a lo que es propio, común
a todos; pero no se trata de interacción entre iguales,
sino de un lugar en el que la igualdad pasa por la
posibilidad de expresar las diferencias. La idea arendtiana
de lo público se completa con el requisito de accesibilidad
y publicidad: lo que es político puede ser visto y
oído por todos, lo cual significa la existencia de
múltiples perspectivas, "de manera que quienes se
agrupan a su alrededor sepan que ven lo mismo en total
diversidad". Aparecen múltiples voces en el respeto
a la diferencia y a la dignidad (Bajtín).
Antes del surgimiento propiamente moderno del espacio
público y de la ciudadanía, nos dice Hanna Arendt,
va surgiendo la "esfera híbrida de lo social", inexistente
en el mundo griego. Se trata de que los asuntos económicos
(en los griegos lo propio del ámbito privado) devienen
asuntos de interés público. Entonces la Sociedad civil
se diferencia del Estado-nación, del poder político.
En ella se crean nuevos "espacios públicos" desde
donde se conquista un nuevo concepto de ciudadanía:
los miembros de la sociedad "negocian" sus derechos
con el poder estatal y conquistan su ciudadanía. Pero
la idea de "igualdad" asociada a la ciudadanía moderna,
nunca se ha conseguido a nivel de todos los estamentos
de la sociedad.

Aunque de manera abstracta, la noción de igualdad
es constitutiva del concepto de ciudadanía. En realidad
no han desaparecido las relaciones asimétricas, jerárquicas
y subordinadas. Entonces, ¿de qué igualdad se está
hablando? En la realidad la magnitud de las desigualdades
trasciende las fronteras de lo económico y se da en
ella diferencias de poder. Entonces, los ciudadanos
no son iguales. ¿Hasta qué desigualdad soporta la
democracia? ¿Cuál es el límite de lo soportable y
de lo insoportable? Para Paul Ricoeur en eso radica
el problema fundamental de la justicia. En un
contexto de globalización, donde no se ha globalizado
la solidaridad, "los que tienen" (hemisferio del norte),
se enfrentan a los que "no tienen" (hemisferio del
sur) y de allí surge la amenaza a la paz. A ello hay
que añadir la posibilidad del autoaniquilamiento del
mundo por el agotamiento de los recursos de la tierra.
Por ello, hay que re-volver a la ética. La ciudadanía
está unida el ejercicio de derechos y deberes, por
lo tanto, el concepto de ética es imprescindible.
Es importante rescatar en este contexto el punto de
la ciudadanía en vinculación con la noción de responsabilidad
de la acción política. El que tiene mayor poder tiene
mayor responsabilidad.
UNA RESPUESTA POSIBLE
Después de esta reflexión, se puede enfrentar el desafío
de responder cómo pasar de una democracia de electores
a una democracia de ciudadanos. Las sociedades latinoamericanas
se han acostumbrado a convivir con ciudadanos parciales
y nominales. ¿Votar, aunque no es poco, es suficiente
para ser democráticos? Definitivamente NO. Se trata
de reconstruir mediaciones institucionales capaces
de afrontar los problemas de la desigualdad. Así como
no hay democracias logradas, tampoco hay ciudadanías
acabadas. Pero hay que admitir que las realizaciones
sociales, son procesos interminables, de reconstrucciones
parciales de la democracia y la ciudadanía. Pero aunque
únicamente existan ciudadanías imperfectas, el problema
se produce cuando esas deficiencias adquieren tales
proporciones, que generan altos niveles de asimetría
y desaparece toda idea de ciudadanía.
Democracia de ciudadanos significa la búsqueda de
mayor igualdad social, significa lucha eficaz contra
la pobreza y expansión de los derechos humanos. En
tiempos de globalización neoliberal, cuando la democracia
liberal formal se convierte en estrategia de dominación,
hay que desconstruir el fetiche del neoliberalismo
y reconstruir el auténtico sentido de la participación
democrática teniendo como base ciudadanos y ciudadanas
libres e iguales, lo cual es utópico, lo que quiere
decir, normativamente más audaz.
Democracia de ciudadanos significa la responsabilidad
que los ciudadanos y ciudadanas tienen en cuanto a
la acción política. "El ciudadano y las organizaciones
de la sociedad civil desempeñan un rol central en
la construcción democrática, en el control de la gestión
gubernamental, en la expresión de demandas y en el
fortalecimiento del pluralismo que toda democracia
promueve y necesita. Ellos son actores relevantes
de la democracia de la ciudadanía. Su papel es complementario
al de los políticos tradicionales de la democracia
(…) la política no solo debe recuperar sus contenidos
centrales para que el pasaje a la democracia de ciudadanía
se viabilice, sino que, además, debe cuidadosamente
mirar su tarea incompleta, asumiendo las demandas
de la sociedad que se organizó para reclamar, controlar
y proponer"[1].

Es difícil el ejercicio de la ciudadanía plena.
El fondo del asunto es el de postular y fundamentar
un orden social justo, el saber cómo conectar poder
y justicia social en la práctica, en un mundo donde
no todos los "ciudadanos de derecho" son "ciudadanos
de hecho". Esto no se afronta con una democracia
mínima; una cosa es "tener democracia" y otra "gobernar
democráticamente". Por una parte, las políticas democráticas
de los gobiernos tienen que traducirse en distribuciones
equitativas, fundadas en el principio fundamental
de la justicia social. Por otra parte, la democracia
puede ser definida a partir de la capacidad crítica
de los ciudadanos y ciudadanas para juzgar la actuación
de sus representantes y, de esta manera, poder fiscalizar
el proceso de toma de decisiones y el resultado que
él mismo genera.
Por lo tanto, la función principal de la ciudadanía
activa es crear y/o participar en sistemas de control
de los poderes públicos, con la precisa finalidad
de que los gobernantes respondan por sus actos y sus
políticas. La democracia no puede agotarse en el encuentro
de los ciudadanos con las urnas. Ciudadanos electores,
sí, pero sobre todo ciudadanos-activos que "votan
y deciden". Ya no se puede seguir siendo irresponsables,
es decir, ser ciudadanos que delegan poder y responsabilidad
en sus gobernantes, pero que no retienen la responsabilidad
del control de las acciones públicas, por lo que se
constituyen permanentemente en ciudadanos parciales,
expuestos a la manipulación vitalicia.
(NA)
[1] La Democracia en América Latina. Hacia una democracia
de ciudadanas y ciudadanos. PNUD 2004.
NEOPENTECOSTALISMO:
UM ENTRAVE PARA A DEMOCRACIA?
Brenda Carranza
Doutora em Ciências Sociais, Professora universitária
na PUC Campinas
Brasil
brenda_poveda@terra.com.br
Por
todos é sabido que a democracia, enquanto ideal de governo
do povo, pelo povo e para o povo, requer, entre outras
coisas, de consensos mínimos de igualdade social, tanto
daqueles que exercem o poder quanto dos cidadãos que
por determinados mecanismos os elegem como seus representantes.
Com isso, os avanços na construção de uma sociedade
democrática medem-se nas práticas participativas dos
cidadãos. Práticas que se realizam em todas as instâncias,
desde o âmbito doméstico, educando na participação de
pequenas e grandes decisões que afetam a todos, até,
o âmbito eleitoral, no exercício do direito de escolha,
consumado no gesto político de máxima responsabilidade
cidadã: o voto.
O antropólogo francês Michel de Certeau sugere ficar
atento à força que a vida cotidiana tem nos processos
de transformação social nas nações democráticas. O dia
a dia, segundo o autor, configura não apenas hábitos
mas, também, mentalidades que a longo prazo estruturam
mudanças responsáveis por segurar, ou não, regimes democráticos.
Outro pensador francês, Edgar Morin, vai mais longe
e se questiona sobre o motor subjetivo que impulsiona
as práticas cotidianas individuais e/ou coletivas. Esse
motor, denominado por Morin de imaginário, é alimentado
continuamente de anseios, imagens, mitos, aspirações,
necessidades, angústias, temores e informações que visam
satisfazer todos os interesses e gestos do ser humano,
inclusive os religiosos.
Nessa direção, ao observar o campo religioso latino-americano,
em geral, e o brasileiro, em particular, chama a atenção
o crescimento incisivo que o neopentecostalismo vem
manifestando, arrebanhando milhares de fiéis, principalmente,
entre as camadas pobres da população que, abandonadas
pelo Estado, procuram prosperidade econômica e ascensão
social nas promessas das igrejas. Caracterizado pelo
uso intensivo da mídia, a ocupação da esfera política-partidária
e a teologia da prosperidade, o neopentecostalismo dissemina
um imaginário religioso cuja repercussão pode ser mensurada
politicamente.
Basta acompanhar a intensiva programação televisiva
que a Igreja Universal do Reino de Deus, fundada em
1977 no Brasil e presente em vários países da América
Latina, para perceber a maneira como é demonizada a
vida cotidiana, responsabilizando o Demônio, compreendido
como força sobrenatural ao serviço do mal, por todos
os problemas pessoais e sociais, ao mesmo tempo em que
é retirada qualquer noção de responsabilidade histórica.
Assim, a violência, o desemprego estrutural, a falência
do sistema educativo e de saúde tem sua origem em Satanás,
cuja manifestação se dá por meio de uma possessão pessoal
que deverá ser exorcizada para poder "vencer" na vida.
O discurso se estende ao mundo da política no qual é
necessário expulsar o mal dos espaços públicos, portanto,
o Congresso Nacional deverá ser ocupado por "homens
de Deus", escolhidos pelas lideranças da Igreja, promovidos
nos cultos dos templos e eleitos pelos fiéis nas urnas.
O êxito dessa estratégia contabiliza-se nos parlamentares
eleitos pela Igreja que, a cada eleição consegue aumentar
sua bancada. Num misto de ato democrático e de ato religioso,
votar torna-se num gesto "sagrado" que elimina a possibilidade
de se ter consciência crítica, perante a responsabilidade
de escolher legisladores.
Uma indesejada sobreposição é constatada. De um lado,
a mídia religiosa alimenta imaginários demoníacos que
contribuem na construção de subjetividades que orientam
determinadas opções políticas dos fiéis. Do outro lado,
a sacralização do voto, um dos mecanismos participativos
mais significativos das sociedades republicanas, convertese
na negação do próprio ato, alterando-o substancialmente
na sua laicidade. Ora se o neopentecostalismo amplia
seu escopo e firma suas raízes, como vem fazendo com
tanta competência, então está-se diante de um fenômeno
religioso que ultrapassa as fronteiras da mera concorrência
entre confissões cristãs, comprometendo seriamente os
mecanismos democráticos, tão fragilizados pelo estabelecimento
da "cultura de corrupção" que aflige a maioria dos países
do continente Americano.
Enfim, os desdobramentos das práticas cotidianas do
neopentecostalismo evocam uma reflexão: em que medida
esse fenômeno pode tornar a religião um empecilho, a
mais, para o avanço da democracia latino-americana?
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